La foto mental que todos tenemos de la escuela del Profesor Jirafales nos presenta una primera fila de protagonistas inolvidables. A la derecha, Quico —o Ñoño, dependiendo si el capítulo es posterior a la salida de Carlos Villagrán, en 1978—; en el centro, El Chavo del Ocho, y a la izquierda, La Chilindrina. A veces esta formación variaba, incluyendo además una segunda fila donde se encontraban bien la Popis; bien Elizabeth, la niña que solía contestar bien a todas las preguntas; bien Patti, la eterna adoración de los niños de la Vecindad.

Allí, en las narices del Maistro Longaniza, se desataban las barahúndas más bestiales: los señalamientos a la gordura de unos, los cachetes de otros y la fealdad de otras terminaban en rifirrafe y en la subsiguiente captura en flagrancia del niño del barril, que siempre se excusaba con su típico "se me chispotió...".

Atrás, en la última fila y entre extras vestidos de niños que quién sabe de dónde diablos salían, había un compañero poco interesado en lo que ocurría adelante. Godínez prefería distraerse haciendo dibujos, mirándose las uñas o tocando la armónica. Era algo así como el soñador con inclinaciones artísticas del salón. Ya en algún capítulo los demás compañeros se habían mostrado maravillados por su entonación al silbar una tonada. Y como buen artista, prefería el resguardo de la soledad que le concedía su prudente distancia del resto del grupo.

Los biógrafos ocasionales de Internet arriesgan que Godínez tal vez vive en la Vecindad del Chavo, en un tercer patio. Sin embargo, las poquísimas apariciones del niño de la cachucha verde en el lugar hacen difícil creer esa

posibilidad. Más allá de eso, otras pistas hacen pensar que es el único que no le teme a que "se la rajen" o a que "le toque el ocho", como suele amenazar el Chavo. "Al que nunca le pego es a Godínez. Porque Godínez responde pegando más fuerte", dice El diario del Chavo del Ocho (Ediciones Diana, 2001), un libro cuya ganancia mayor es haberle podido dar una voz callejera a un arquetipo tan de la niñez desamparada como el Chavo. O que lo diga la prosaica descripción de esta pelea: "Una vez sí me enojé mucho con Godínez y nos dimos una buena entrada de madrazos. Yo acabé con sangre en las narices; pero Godínez no se fue limpio, porque lo salpiqué de sangre".

Un par de menciones hablan de su interés por ser futbolista profesional y, por supuesto, otras recuerdan su más logrado aporte al día a día de la escuela: la salida en falso. Como aquella vez que Jirafales le preguntó qué son ángulos y él respondió: "sonángulos son los señores que caminan dormidos". O cuando contestó que "ratón" en inglés es "ratoneishon" (¿ratonation

) o cuando levantó la mano para preguntar, ávido de conocimiento: "Profesor... ¿puedo ir al baño?".

Lo cierto es que no por segundón, Godínez es menos inolvidable. Bastará saber que buena parte del éxito de Roberto Gómez Bolaños se le debe a la buena labor de Horacio Gómez (1930 -1999), quien de manera tardía le dio vida al compañero de clases de la fila de atrás. Tal vez el programa no hubiera llegado a ser lo que fue sin el apoyo del hermano menor de Chespirito, que se dedicó por años a la supervisión de Mercadeo de la popular serie.

Sus dotes histriónicas las exploró por primera vez como Godínez, y su genial desempeño descorazonando a su profesor lo llevó después a ser, entre otros papeles menores, vecino de los Chifladitos, policía en la cinta El Chanfle (1980), gángster en El Chanfle II (1982), esposo de Aftadolfa en Don Ratón y Don Ratero (1983) y, en fin, un ramillete más de caracterizaciones como delincuente, tabernero, director de cine, oficinista, cliente insatisfecho, charro, científico, guardia, dueño de casa, plomero, cartero, anfitrión, transeúnte desprevenido, lechero, vendedor puerta a puerta y loco de manicomio.

Podrá decirse que Godínez fue un personaje de escaso desarrollo en tanto lo poco que se conoce sobre su vida. Para contradecir aquello bastará recordar que es el único niño de la serie del que se conoce a ciencia cierta su apellido. Que Ñoño se apellida Barriga y Quico, de la Reguera, son detalles que se averiguan atando cabos. En ese sentido, Godínez nos dejó más fácil la tarea.

Más allá de lo formal, hay que estar seguros de que la identificación del público con Horacio Gómez y su eterno personaje secundario de pantalones cortos es mayor de lo que podría pensarse: todos aquellos que divagaron en clase por andar soñando con volar alto algún día, entenderán esa pequeña cuota de cinismo de Godínez cuando, al sentirse acorralado por una pregunta del profesor, levanta la cara con sorpresa e inquiere en legítima defensa: "¿Y yo por qué? ¿Yo qué hice?".

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