Una de mis grandes tragedias personales ha sido reconocer que me gusta la comida de avión. Y decir, por ejemplo, que últimamente es la única comida que una chica linda y de vestidito me ha traído en bandeja y sonriendo. Esas cosas, lamentablemente, ya solo me suceden en las nubes: la vida en tierra está muy diferente.
Por lo mismo es que no olvido aquel terrible viaje en avión, cuando me sentí más discriminado que ni en mis peores días de extranjero:
-No puedo creer que le guste la comida de avión -me dijo una pasajera, con el rostro bastante desordenado, y de la que he preferido olvidar su nombre.
Nos había tocado viajar juntos en un vuelo interno de Cartagena a Bogotá, y mientras yo bajaba con hambriento entusiasmo mi mesilla del respaldo delantero, ella me dijo:
-Camilo José Cela decía que él jamás podría ser amigo de alguien a quien le gustara la comida de avión.
-A mí me encanta -le dije, como pidiendo disculpas.
Hubiera preferido recordarle que los libros de Cela los tragaba con más dificultad que el habitual pollo deshuesado con papas secas de un vuelo regular.
-La comida de avión es asquerosa y aburrida. Es como una hamburguesa de McDonald's -remató, y en su cara de asco se reflejaba la militancia de una mujer que jamás le llevaría la comida en bandeja a su pareja.
Recuerdo todo eso justo ahora, que voy arriba de un avión con destino a Buenos Aires. Hace unos minutos la azafata de Aerolíneas Argentinas, una rubia de sonrisa larga y culito parado, ha atravesado por el pasillo con el carrito de comida. Y eso, siempre será para mí una buena noticia cuando vuelo.

No es malo que alguien deteste cierto tipo de comida, pero sentenciar a alguien por sus tendencias culinarias me parece un exceso. ¿Por qué algunos odian a los que nos gusta la comida de avión? En una época viví tres meses comiendo todos los días hamburguesas en un Burger King y no por ello (o solo por ello) me convertí en un potencial turista de crucero por el Caribe. Es más: hasta bajé de peso con la dieta esa. Tampoco soy un arribista exquisito por confesar (o solo por ello) que en alguna época comí más sushi que pan, y le metía wasabi hasta al café. Pienso en ese vegetariano furioso que te insulta cuando le hablas de lo rico que sabe un gallo de pelea recién muerto. O en el carnívoro expansivo, que no soporta ver a un naturista que disfruta igual la vida sin colmarse la panza de bifes de chorizo. Por una extraña razón, el mundo de la gastronomía tiene esa cosa de cacería de brujas que lo empequeñece. Parece ser que la tendencia es perseguir al que no tiene paladar. No el de ellos, claro.
Si hay un mundillo de intransigentes, los gastronómicos deben ser de los primeros. Quisiera ser más tolerante con los intolerantes, la verdad. Por demasiado tiempo sus sentencias fascistas me obligaron a mantenerlo oculto, por eso permítanme una confesión sincera, casi emotiva: me gusta mucho la comida de los aviones.
Sí, claro. La disfruto, quizá por las mismas razones que tanto se le critican: porque es aburrida, sin identidad y porque siempre sabe a lo mismo, a nada. De todas formas tengo pruebas concretas para decir que esa generalización es mañosa y maniquea. No todo es igual. Recuerdo un vuelo entre Nairobi y Mombasa, en el que adentro de la cabina de Air Kenia las azafatas iban asando unas brochetas de carne de cerdo: riquísimas, aunque tan ahumadas como luego quedaría toda la cabina. Me cuentan que en el viaje de Londres a Nueva Delhi, si se hace en la aerolínea ThaiAir, te sirven comida india muy condimentada y casi todos los pasajeros (indios en su mayoría) se van comiendo con la mano, felices de volver a casa y dejando atrás esos fríos y occidentales tenedores y cuchillos londinenses.
Si viajas entre Miami y Boston, en United, lo más seguro es que lo único que te sirvan sea un maní y un vaso de bebida, aunque si tienes suerte te puede tocar una hamburguesa de queso y un jugo en caja o un yogur. La última vez que me subí a un Delta, entre Atlanta y Kentucky, lo único que me sirvieron para las tres horas de viaje fueron unas galletas circulares rellenas de aire. Las quise acompañar con una cerveza, y la azafata me la cobró aparte. Era una nueva medida de la empresa: pagar por beber. Y aquí me quisiera detener un momento: creo que me gusta hoy más la comida de avión porque está comenzando a morir, y por alguna absurda razón genética soy de los que abrazan causas perdidas. Sí, claro, está muriendo. Cada vez hay más compañías aéreas que dejaron de regalar la comida en los vuelos internos de Europa. Dentro de Estados Unidos rara vez se pasa del maní y el jugo. Y la tendencia no se detiene, sino que se fortalece. Muere la comida de avión y eso me entristece y espero que entristezca a esos ejércitos de atontados críticos de la comida de avión. Hordas repetidoras y sin sentido que llevan reclamando contra estas bandejas que nos entregan lindas chicas a la vez que preguntan: pollo o pastas. Reclaman, porque no saben lo que tienen. Pero bueno, ya lo sabrán. Y como siempre, será tarde.
La azafata de vestidito ajustado y piernas brillantes ya casi llega a mi asiento. En estos momentos está preguntándoles a los de adelante qué quieren para beber. Todos los de mi fila hacemos como que no escuchamos, pero estamos con la oreja en plan antena parabólica, para saber qué viene de menú. Desde que investigo el negocio del catering, como se conoce técnicamente el servicio de comida abordo, a todo el que se me cruza por delante le pregunto por su experiencia de comensal aéreo. De este ocioso interrogatorio puedo aventurar una tipología del gourmet de comida de avión:
1. El que comprensiblemente la detesta. Aquel que tiene que viajar por trabajo, un par de veces por semana, y siempre en la misma ruta.
2. El que la disfruta como entretenimiento. Alguien que no sabe qué hacer con el tiempo y le sobra el alma infantil. Se entretiene fabricando historias con los contenidos de la bandeja como un niño con un Lego.
3. El que la odia porque hay que odiarla. Generalmente el mismo individuo que odia la televisión y el fútbol. Hay también en esta categoría excepcionales profesionales del odio a la culinaria aérea, como Manuel Vázquez Montalbán, a quien le gustaba el fútbol.
4. El que se incomoda porque no la conoce. Aquella persona que casi nunca viaja, y quien a menudo tiene un respeto reverencial por el gusto de la comida de avión. Un caso doloroso fue el de los campesinos chilenos que Pinochet mandó al exilio en sus primeros años de dictadura. Viajaron hasta Europa chupando las servilletas, sin probar nada de los platos por temor a que les cobraran la comida. Acababan de salir de la cárcel y llegaron a Europa sin un peso.
5. El que le gusta porque le gusta todo. El que goza, porque está vivo para disfrutar, igual como si estuviera comiendo langostas en Isla de Pascua, ratones fritos en Tacna o panchos con mostaza en México D.F.
6. El que la mira en menos porque es poco contundente. Generalmente, un tipo de gran tonelaje a quien lo que realmente le molesta es tener que comer arriba de esa mesita tan estrecha y amariconada. Además, con los codos pegaditos al cuerpo y sujetando los cubiertos con dos dedos.
7. El que le gusta para robar. El menú es lo menos importante para quienes disfrutan una comida con buenos cubiertos, potecillos de loza y vasos que quepan en la cartera o los bolsillos de la chaqueta.
8. El que la odia por engreimiento. Persona que se ha transformado en insufrible para su entorno más cercano porque le gustan muy pocas comidas, y que la única manera de subirse a un avión es avisar dos semanas antes a la línea aérea que le tengan un menú especial. La mayoría de las empresas tiene un menú para estos casos, pero debe pedirse varios días antes de subir a la nave.
9. El que le gusta para conocer gente. La comida es el momento en que los galanes y las coquetas salen a la pista durante el vuelo. Un "gracias por destaparme la botellita de vino" o un "qué rico que está" con la vecina de asiento pueden ser la puerta de entrada para seguir con un "¿De dónde vienes?" o el ya clásico "¿De vacaciones o por trabajo?".
10. El que le resulta indiferente. Generalmente es un neurótico con terror a volar y que apenas despega el avión se empastilla, es decir, se traga un par de válium con el agua del vaso plástico que fue a buscar donde las azafatas.
11. El que la disfruta porque ya está de viaje. Después de todo, la comida de avión significa que estás arriba de un avión. Que vas a alguna parte o regresas a otra. Da lo mismo la dirección, pero sí importa que estás en el aire. Y ahí no estás llevando tu vida normal, la situación es diferente, tanto que sería un crimen gastar energía en discutir por lo que tienes que comer.
12. El que la desprecia por su cultura culinaria. En esta categoría priman los peruanos y mexicanos, para quienes una comida sin picante, verdaderamente picante, equivale a un café sin cafeína para un colombiano o a un almuerzo sin vino tinto para un argentino. Pero ellos deben saber -dicen en las líneas aéreas- que una comida con mucho condimento y ají podría transformar el vuelo en una pequeña bomba de gases fétidos.
13. Los que la disfrutan para emborracharse. Aquí llevan la delantera las aerolíneas europeas, en las que el bar abierto y a discreción es parte de la política de la empresa. Un amigo que cruzó el Atlántico en KLM me contó que se bebió tres whiskies, dos gin tonic y una botella entera de vino durante el viaje. En mitad de la tomadera viajera recuerda que la comida sabía riquísim0.

A Douglas Coupland, ese escritor con acné de la novela Generación X, no le gusta la comida de avión. La declara como "pequeños bocados sin alegría" (joyless little snacks), por decir un eufemismo. Esa tristeza de la que escribe el autor de Planeta champú es la que me alegra en el fondo. ¿Acaso prefiere esos platos con dos huevos fritos en forma de ojos y una salchicha curva como señal de sonrisa? ¿Hay algo más patético que la pretensión de un plato alegre? Lo que más me gusta de la comida de avión es que no te pone a prueba, no te pide nada a cambio: ni erudición de gourmet ni destreza con los cubiertos ni agilidad estomacal ni malabares con la boca ni muelas a toda prueba ni luz de velas. En estos tiempos de charlatanes que solo saben manejar bien las formas, y con eso les basta, la comida de avión te complace sin mayores ambiciones. Si de verdad existe comunicación entre el comensal y el plato, cosa en la que creo al igual que el fallecido y recordado chef argentino Gato Dumas, con la comida de avión la conversación se reduce a nada. No tienes que explicarle gran cosa. La bandeja sabe que estás ahí, frente a ella, por una anécdota de viaje y no porque quisiste ir a su encuentro. Uno sabe que ese mismo plato está repetido miles de veces en otros vuelos. Cada uno en lo suyo y basta: la comida alimentándote y tú comiendo. Se trata de esa cosa acogedora de los productos en serie, de ese estado entrañablemente impersonal que también puedes encontrar yéndote a vivir a un hotel.
Aquí me gustaría dejar la bandeja de lado y pensar en por qué algunos nos sentimos en familia con las cosas impersonales. ¿Será acaso que consumir productos en serie es nuestra manera de homenajear robóticamente a las viejas huestes del socialismo? ¿Tendrá que ver con que nuestro egoísmo individualista de la modernidad nos trastornó y uno se encariña con una cama de hotel con la misma ingenuidad como un perro de departamento le coquetea al muñeco de peluche del apartamento de enfrente? ¿O quizás tenga algo que ver esto de llevar una vida de cronista free-lance para que yo termine andando por el mundo, aferrándome a cualquier conducta que me haga actuar rutinariamente? ¿Tendrá algo que ver en todo esto mi desarraigo?
Si hay una comida desarraigada es la de los aviones. Esa falta de nacionalidad, de acento, de sabor, de color que la estereotipe. Esa falta de rasgos sea quizás mi principal complicidad con ella. Nunca hay un sabor que me recuerde a mi madre pidiéndome que me coma todo-todo y dejándome tres horas frente al plato frío sin poder pararme de la mesa hasta terminarlo. Tampoco me rememora los caldillos de congrio de mi abuela María, plato que Neruda receta también en su Oda al caldillo de congrio, pero que para mí fueron terroríficos desde que vi el ojo de un congrio flotando en mi cuchara. Menos me recuerda esa jalea roja que me dieron mañana, tarde y noche, mientras estuve internado por una apendicitis a los diez años. Ni el olor a mariscos esa tarde con puesta de sol cuando junto a la mujer que creía perfecta abríamos almejas junto al mar, felices, sin pensar que todo terminaría pésimo. En la comida de avión no encontraré los sabores de los países donde he vivido, ni con ellos sus recuerdos buenos y malos. Recuerdo un tour gastronómico por el interior de España en el que subí cinco kilos y comí tanto jamón crudo que casi entro en coma de Alzheimer. Como pocas cosas, la comida rememora situaciones y momentos en la vida de uno. Y cuando uno viaja quiere mentirse diciendo que llega al destino con la hoja en blanco. Mentira. Y para ese momento de ficticios no-recuerdos, la comida del avión es una buena cómplice.

Ya era hora. Por fin llega mi turno de comida. Por la ventanilla del avión se ve una alfombra infinita de nubes. La inmensidad que está detrás del vidrio plástico puede hacerte sentir insignificante. El infinito es incalculable, pero los números no. Cuando estoy frente a la bandeja, en las alturas, recuerdo un dato que puede ser demoledor para cualquier autoestima, pero a mí me enternece: la bandeja que tengo enfrente es una de las dos mil millones de bandejas de comida de avión que según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo se servirán durante los próximos dos años. La azafata me pasa del único plato que le queda: pastas.
Son unos raviolis un poco secos que saben a pollo, acompañados por una salsa tibia con aspiraciones de boloñesa. Antes que empezar a comer me quedo contemplando todos los platos al mismo tiempo: el postre, la taza del café, la ensalada, el pan, el plato fuerte, el vaso de vino. Me gusta poder elegir por dónde empezar y qué destapar primero. Históricamente, sentarse a comer es vivir una progresión dramática. Una en la que el inicio es la entrada, el cuerpo es el plato de fondo y el final es el postre (dulce, porque la progresión dramática es tan obvia que sólo acepta un sabor azucarado al final de este guión). A la vez pueden ir historias laterales independientes, como el vino, que atraviesa toda la historia. O el café, que vendría a ser un epílogo con moraleja. Toda esa obviedad progresiva se anula en el avión. Y eso también se agradece. Una parte por donde quiere y termina por donde se le antoje: una libertad que el consumidor cada vez tiene menos en el mundo del consumo.
La comida finalmente termina entregándome ese sabor nostálgico de saber a lo mismo de siempre. Me gustaría decir que las pastas de hoy me han traído a la mente sabores exóticos de Italia y con ello rememoran una experiencia vivida en un viaje europeo romántico, o decir que la ensalada me ha llenado el paladar de aromas que me retrotraen a los paseos familiares cuando todavía la vida asomaba como esa cosa increíble que les pasaba a los amigos de mis papás. Pero nada de eso ocurre. Todo sabe a lo mismo de siempre y, afortunada o lamentablemente, los recuerdos y añoranzas recién aparecerán cuando esté caminando solo, oliendo y comiendo en Buenos Aires. Gracias a la comida de avión, hoy he tenido un viaje placentero que no me ha hecho recordar nada. Ni a nadie.

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