Quisiera dedicar este texto a la memoria de R.H. Moreno Durán, que habría disfrutado escribiéndolo.

Este escrito podría ser, parafraseando a García Márquez, un "elogio de mis putas tristes", pero intentaré que no sea así, pues la verdad es que la palabra "puta", que en el lenguaje corriente puede ser un insulto o su contrario, algo inusualmente bueno ("del putas"), siempre me pareció dura y algo cruel para definir a esas mujeres que tanto bien le hacen al mundo por vía de calmar y adormecer los ánimos del contingente masculino, que es el que más problemas y tragedias le causa a este frágil planeta, sobre todo si se trata de varones golpeados por el síndrome de abstinencia palomera y bajos de enzima intrapiernosa, cuando todo los irrita y cualquier percance es bueno para sacar el arma, que en el fondo, según psicólogos del comportamiento, no es más que el deseo reprimido de empuñar un falo y descargar la metralla sobre el universo, la gran vulva cósmica, y por lo tanto quien muy rápido martillea y exhibe grueso rifle revela poca confianza en la presteza y tamaño de su propio utensilio. Pero volviendo al tema, hay muchos nombres para estas bellas nínfulas. A las "jineteras" cubanas, el poeta y cantautor Frank Delgado las llama "embajadoras del sexo", "proletarias del deseo", y a las hordas de jovencitas que pululan por Malecón y Quinta Avenida, en La Habana, las clasifica como G.A.T.I., Grupo de Apoyo al Turismo Internacional. El novelista Camilo José Cela tiene un libro bastante curioso y casi inencontrable llamado Izas, rabizas y colipoterras, purgamanderas y putarazanas, todos nombres de féminas dedicadas al noble oficio, donde nos anuncia que la tradición hispana tiene repertoriados 1.111 sinónimos para referirse a estas aguerridas mujeres (casi un número cabalístico), a las cuales, por cierto, no se accede con ninguna de las 41 formas de seducir teorizadas por el Kamasutra, ya que a ellas lo que las lleva al huerto no es el verso apasionado ni la aliteración rimada en "luna", sino el argumento crematístico, el vil y vulgar denario, el fajo de papel moneda, ojalá rimado en cien o en mil. Con él las faldas ruedan, los calzones resbalan al tobillo, las piernas se abren, los muslos se humedecen y separan y una voz que proviene de la más profunda entrepierna canta el viejo adagio popular:

¡Ay, salero! ¡Ay, salero! ¡Ay, salero!
 ¡Con el coño se gana el dinero!

Según la literatura clásica hay doce tipos de mujeres con las cuales, antes de lanzarse a las sábanas, es necesario hacer lavajes preventivos que eviten la proliferación de liendres, piojos, pulguillas y otros bichos afectos a las pilosidades inguinales. Entre estas se incluye la viuda del actor, la celosa, la enana, la casada con joyero y la mensajera. Pero cuando se trata de hetairas, furcias, daifas, cortesanas o meretrices, la necesidad del lavado testicular con palangana, esponja y estropajo va ligada al mucho placer, al anonimato de duchas vaporosas y sensuales, al bamboleo de camas orientales y lechos prostibularios donde tantos secretos se han contado y tantas lágrimas han caído, e incluso no pocos versos, pues el mundo de la milicia venusina también tiene sus metáforas, su prosodia, que puede ser ditirámbica o crítica. Escuchen este verso de Sor Juana Inés de la Cruz, la monja mexicana autora de Inundación castálida, que dice:

¿O cuál es más de culpar
Aunque cualquiera mal haga:
La que peca por la paga,
O el que paga por peca?


En respuesta, el veneciano Pietro Aretino, muerto en 1556, supongo que de gonorrea, dialoga en sus poemas eróticos con La Enana, una prostituta iniciada en un convento entre frailes y monjas. Escúchenlo:?

Separa bien los muslos, alma mía
que quiero muy de cerca ver tu rosa
¡Oh, suavísimo vello! ¡Oh, rica cosa!
¡Puerta de mi ilusión! ¡Miel! ¡Ambrosía!
Un capricho me llena de alegría;
voy a comerme fruta tan golosa;
me volveré y seré treta graciosa
pues a tu boca irá mi mercancía.

François Villon, Baudelaire, Verlaine, Bukowski, León de Greiff, es difícil dar con un poeta que no haya sido putañero o burdelesco, embriagado de sexo anónimo y cuya obra no pase, aunque sea de lejos, por un Monte de Venus de alquiler. Y es que sin las meretrices, valga decirlo, tendríamos que suprimir como el cuarenta por ciento de la poesía y del arte. ¿Se imaginan en qué quedaba un Van Gogh, un Gauguin, un Balthus o un Egon Schiele, por no citar más que cuatro casos al azar, sin el aporte de las bellas y sensuales daifas? ¿Y el tango? ¿Y el cine, desde Anna Magnanni, la Marilyn, Catherine Deneuve en Belle de jour, Sofía Loren o, más recientemente, mi prima Julia Roberts en Pretty woman? ¿Qué quedaría de todo eso? Se lo digo yo: no quedaría nada, absolutamente nada distinto de la gélida realidad con sus deberes y languideces; quedaría señoreando el tiempo, que todo lo joroba incluyéndonos a nosotros, y la vida sería sólo el positivo de la película, su lado visible, la luna sin cara oculta, la noche sin la promesa de un encuentro fugaz, la noche sin magia o sin poesía.

Para salir a retar a los astros y a Júpiter y a ese Polifemo que es la desabrida realidad se crearon los lupanares o burdeles, hoy llamados whiskerías, y aunque tengan nombres tan cursis como Porky's o Ladie's Night o Cupido's, con un niño ángel de icopor rosado a la entrada, siguen siendo ese punto en donde Andrómeda y Orión y otras constelaciones menores se levantan a nuestros pies.

Además hoy, con la aldea global, el universo prostibulario también se ha globalizado y en las grandes capitales, del mismo modo que se puede saborear la cocina de los massai, la olla de arroz en leche de cabra y carne de cordero de los beduinos del Wadi Ram y el curry picante de Madagascar, sin moverse del barrio, también las furcias han decidido pasarse el planeta y las fronteras por el forro y ya se puede disfrutar del puntillismo oriental de hongkonitas y malayas, de la precisión sublingual de las daifas eslavas, muy dispuestas a la glasnost si de sus postrimerías se trata, o del frondoso y especiado origen del mundo de las colipoterras de Senegal o Malí, todo en el mismo lugar, con el mismo trago de daiquiri mezclado por un eunuco bangladesí. Ah, el mundo, qué pequeño es, pues cabe entre los muslos de cualquier pálida oriental, al decir de De Greiff, "simiesca mulata o hiperbórea rubia". Por eso el elogio de las putas es, en realidad, innecesario. Nadie debe decir nada, estimados varones, pues la historia y la verdad están ahí, delante de nuestros ojos. Basta con ponerse una mano en el corazón y mirar hacia lo alto en señal de recogimiento y mucha gratitud.

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