Casado muchas veces en diversos juzgados e iglesias, con indistinta fe, con flores y lluvias de arroz, y en austeridad clandestina; con los formalismos del rigor canónico y civil y por la simple, mutua aquiescencia del amancebamiento; y separado otras tantas en saludable equilibrio y en justa compensación, debo decir con orgullo que amé hasta donde dice amén. Y que fui traicionado en idéntica medida.
A pesar de todo no podría definírseme, ni siquiera contando con cierta etapa gloriosa de mi pasado, no sé si reprochable pero irrecuperable sí, como un Rubirosa de buseta.
Entre otras cosas porque hace muchos años no me encaramo en una buseta, por espanto de la promiscuidad, por asco del tropel humano, porque soy un demócrata de dientes para afuera, y porque no cabría en ninguno de estos humeantes instrumentos de desplazamiento masivo la ostentación de la realeza, no simbólica, que en lenguaje figurado me asimila a los ciervos y los grandes renos favorecidos por el afecto y la volubilidad de las hembras, que suelen venir juntos como los ensopamientos y los niños.
Me refiero, ya saben, al ancho ramaje de mis cuernos arbóreos, alegres testigos de que no perdí mi tiempo, ni mis ariscas novias tampoco, y llevados a conciencia, con transparente decoro y con fría gratitud: peor el tedio sacramental de la costumbre. Me dije siempre a modo de dulce consuelo cuando advertí la sombra de la presencia en mi frente.
Además descubrí, a través de mis, primero gozosas y después desastradas experiencias románticas y eróticas o sexuosentimentales como le gustaba llamarlas al poeta León de Greiff y perder aprendiendo no es perder, que los cuernos solo constituyen una molestia mientras revientan en sus tiernos alveólos como segunda dentición.
Después, uno puede dejar que se desparramen encima, y alrededor, a lo largo y lo ancho, y seguir leyendo el despreocupado periódico hasta el alba, o viendo la insulsa televisión de siempre hasta el anochecer, sin desesperar ni perder la compostura, aunque sin omitir de vez en cuando una humana, furtiva, sudorosa mirada al reloj artero, tan baboso y tan lento en estas sufrientes circunstancias, preámbulos casi siempre del abandono definitivo y final, mientras regresa al nido nuestra Julieta de vuelta de sus dulces aventuras con espurios, desconocidos o sospechados y feroces romeos, despeinada pero poniendo cara de inocencia con la nueva mentira de haber sufrido un simple pinchazo en un neumático. Cuando uno sabe bien en el fondo de su vapuleado corazón que la herida fue más honda y gravosa.
Los cuernos gozan en nuestra cultura cristiana de una mala fama aterradora. Y sin embargo, entre los cuernos que le endilgó Helena a Menelao y que condujeron dos pueblos a la infame guerra de Troya, y la melancólica cornamenta del resignado señor Bloom, protagonista del Ulises de Joyce, la más destacable de nuestras novelas modernas, los cuernos han sido una ferviente recurrencia. La literatura occidental parece a estas alturas del camino un intrincado hospital de pacientes de estos apéndices de negro prestigio, de estas insobornables excrecencias que recuerdan a veces a las algas.
La deshonra de los cuernos no es más que otro prejuicio de la civilización occidental. Algunos grupos humanos de hábitos más higiénicos que los nuestros al parecer, como los tibetanos y los esquimales, por ejemplo, suelen ofrecer a los huéspedes las esposas en un gesto de hospitalidad sin que nadie en el vecindario reprima una sonrisa a la mañana siguiente, como sucede en nuestra sociedad monógama, machista y masoquista, que marchitó en mala hora el amor verdadero al convertirlo en cárcel y obligación.
Por lo pronto, mientras sigan siendo considerados como una mancha del honor estos duros aditamentos de uso cada vez menos restringido en nuestras sociedades desleales, deberíamos aprovecharlos como ocasiones para aprender la humildad que tanta falta nos hace. Y para aguzar el instinto filosófico que enseña que de nada sirve la fidelidad de la carne cuando la del espíritu es imposible, como dijo el escritor inglés Lawrence Durrel, autor de El Cuarteto de Alejandría, la más hermosa y prolija de las novelas de amor de nuestro tiempo, y la más afinada colección de historias de cuernos de todos los estilos y sensibilidades y géneros recogida hasta hoy.
Si algo hay desfavorable en los cuernos es la falta de dignidad con que los portan algunos de sus irrisorios usuarios. Ellos son quienes los han hecho tan feos y deplorables, al cometer la torpeza de sentirse victimizados, ofendidos y engañados, y al tratar de ocultar la punzante evidencia de la libertad del otro, agravando los hechos y haciendo más ostentoso el supuesto ridículo. En vez de recibir las prendas con la debida resignación, sin ansias ni aspavientos.

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