¡SANTOS INTERROGANTES! La idea —el síndrome— de Robin existe desde mucho antes que el Joven Maravilla. Robins hubo y habrá siempre: Moisés es el Robin de Jehová; Mercuccio, el de Romeo; Sancho Panza, el del Quijote; Boswell, el de Johnson; Renfield, el de Drácula; Watson, el de Holmes; Garfunkel, el de Simon… Pero es Robin el que rarifica la ecuación y son su ingenio (más que genio) y su figura los que enrarecen el misterio del segundón. Porque Robin, también, difumina límites y propone inquietudes: ¿cuándo se deja de ser Robin para ascender a Batman? ¿Fue Dean Martin el Robin de Jerry Lewis? ¿Alguien se atreve a afirmar que Bioy Casares era tan solo el ayudante de Borges? Quién manda en realidad: ¿Laurel o Hardy? ¿Castro era, en principio, el Robin del Che? ¿Quién era Batman: JFK o Robert Kennedy? Y acaso lo más importante de todo: ¿Es Robin un héroe o un pobre tipo siempre al borde de un colapso nervioso?

¡SANTA DISYUNTIVA! Robin aparece en el cómic en 1940, un año después del nacimiento de Batman y su función está clara: captar al lector más joven del mismo modo en que Batichica —años después— iría por el público hembra. Robin se llama Dick Grayson (Ricardo Tapia para nosotros) y es adoptado por el multimillonario Bruce Wayne (Bruno Díaz) y es el único sobreviviente de una masacrada familia de trapecistas y… ya saben cómo sigue. Y ahí está ese trajecito francamente ridículo que Batman le obliga a ponerse y que —por primera vez, en 1953, en el libro del psicólogo Fredric Wertham titulado Seduction of the Innocent— lo convierte en sospechosa víctima de abusos sexuales por parte de su adinerado benefactor. Exactamente ahí comienza, sospecho, su rencor sin fin.

¡SANTOS TUBOS CATÓDICOS! Nuestra principal y más fuerte percepción de Robin será, siempre, la radiación recibida frente al televisor emitiendo esa gloriosa kitsch-camp-gay adaptación de Batman que el mediocre director de cine Joel Schumacher intentó en vano emular en los largometrajes Batman Forever y Batman and Robin (posteriormente George Clooney habría dicho haber actuado un Batman 'homo') hundiendo a la franchise en un coma de años del que la despertó Christopher Nolan (sin Robin) con Batman Begins. Recuerden porque nunca la olvidaron: villanos invitados, estética pop (¡CRASH, KAPOW!), los innumerables y siempre oportunos bati-gadgets, el Hombre Murciélago bailando ¡¡el batusi!! y ese gran tema de apertura que grabaron tanto The Who como The Kinks. Y, por supuesto, esa versión casi S&M de Gatúbela. Y Robin lanzando a diestra y siniestra sus "¡santos!" y "¡santas!" metido en el cuerpo del entonces joven actor Burt Ward. Tipo raro y complejo y así lo atestigua el mockumentary de culto Return to the Batcave: The Misadventures of Adam and Burt (2003) y sus autopublicadas memorias bastante resentidas con el actor Adam West (igual de chiflado, pero benéfico) y con el mundo en general tituladas  Boy Wonder: My Life in Tights (1995). Allí nos enteramos —o eso nos asegura Ward— que a los dos años ya era patinador profesional sobre hielo, que fue un experto en artes marciales a la altura de Bruce Lee, que era un genio sexual especialmente celebrado por su cunnilingus, que era un ajedrecista genial y lector hiperveloz, que grabó un disco producido por Frank Zappa (Boy Wonder, I Love You), que le habían ofrecido el protagónico en el film El graduado, pero que no pudo aceptarlo "por mi contrato con Batman" y que la producción le obligó a tomar "un medicamento" para que el "gran tamaño" de sus genitales no fuera tan evidente bajo el slip de Robin. Y al leerlas uno se pregunta si Ward (quien en realidad se presentó al casting para el personaje de Batman) está loco, uno se pregunta si Robin no estará loco. Para complicar las cosas, además, hay demasiados Robins dando vueltas por ahí…

¡SANTAS CLONACIONES! Los problemas empezaron en los ochenta, cuando los cómics se autopromovieron a la categoría de "novelas gráficas de autor", en la que cada uno de los responsables se permitía el lujo de reescribirlo todo. Así, hubo un Robin samurai, otro en la Revolución Francesa, otro en la Independencia Norteamericana. Hubo Robins femeninos, hubo un Robin al que Batman echó de la baticueva por mala conducta y otro adoptado por un archienemigo del paladín y uno más asesinado a pedido del público, que llamaba a un teléfono para votar si el pobre y servil huérfano casi dickensiano debía vivir o morir. Hubo un Robin promovido a superhéroe con el nombre de Nightwing, un Robin que ocupa el puesto de Batman cuando este se retira (y el puesto vacante de Robin es tomado por un hijo del encapuchado), un Robin de ascendencia nativa-americana llamado Redbird, un Robin que mediante una alteración genética se convierte en un implacable nuevo Joker, un Robin que lucha contra aliens y, ay, el insulto definitivo: en un Batman del futuro, Robin es apenas y nada más y nada menos que un simio inteligente.



¡SANTA VENDETTA! Solo queda por explorar una trama, claro, y me temo que el hecho de que jamás haya sido propuesta tiene que ver con que se trata de la verdad, de lo definitivo, de lo inevitable. Al final, Robin —cansado de años en la sombra— asesina a Batman. Y, por supuesto, culpan y condenan al pobre Alfred. Porque ya saben: el mayordomo lo hizo.

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