En los campos pobres, el árbitro suele protagonizar el juego. No cuenta con asistentes y su justicia es absoluta. Los futbolistas consideran su presencia como un lujo comparable a que las porterías tengan redes. Aunque se equivoque, confirma que ese potrero es una cancha y recuerda que es peor jugar en campos del carajo, donde no hay quien sople un silbato.

La vanidad del árbitro pobre suele ser inmensa. Por gastadas que estén sus ropas, rara vez mostrarán la ofensa del remiendo. Todos se fijan en él. No pocas veces busca congraciarse con el público y las chicas que verá en el baile de esa noche, inventando un penalti con una fantasía estimulada por el abuso de autoridad. En las canchas donde hay que imaginar líneas de cal, los árbitros ligan más que los jugadores.

Una de las grandes paradojas de esta ocupación es que la mejoría trae ofensas. Ni siquiera es seguro que los réferis profesionales ganen más que los amateurs. En las provincias sin ley, el hombre de negro puede traficar con penaltis y expulsiones. Osvaldo Soriano contaba la historia de un hábil negociador de jugadas que cobraba por marcar un córner. A no ser que se vea beneficiado por la sofisticada ilegalidad de la liga italiana, el silbante avalado por la Fifa debe cuidar de dónde viene su dinero. Los esforzados impartidores de justicia necesitan otros trabajos para pagarse la pomada contra los calambres. Suelen ser veterinarios, contadores, ingenieros. Rara vez desempeñan funciones en la ciencia pura o las humanidades. Gente práctica, que vive para las molestias útiles y vacuna un gato como quien saca tarjeta amarilla.

A diferencia de los jueces de llano, los árbitros de estadio tienen el privilegio de ser abucheados por la tribu, puestos en entredicho por los comentaristas, los entrenadores y los directivos, vigilados por la Comisión de Arbitraje. Cuando un locutor desea elogiarlos, dice: "El árbitro estuvo tan bien que no se notó". No hay mejor recompensa para él que la invisibilidad.

El salario más constante del réferi es el ultraje. ¿Por qué entonces pone dos tarjetas en el bolsillo para salir al campo? ¿Qué compensación lo anima a estar ahí? Es sabido que algunos son narcisistas de cabeza rapada o blonda melena de beach boy, pero casi todos aspiran con humildad a no ser notados. Esta tarea probadamente ingrata depende de un inaudito amor al juego. El árbitro es el fan más raro. Aunque su condición física sea buena, la ausencia de otras facultades lo condena a ser juez de un deporte que preferiría jugar. Su pasión por intervenir, así sea como villano, comprueba que estamos ante el más enrevesado hincha del fútbol. Las horrorosas acusaciones que pesarán sobre su madre son poco para este mártir, capaz de sudar tras un balón intangible y sacrificar su honra a cambio de contribuir a la gesta con su trémulo pitido.

El árbitro cuenta con dos auxiliares atenuados provistos de banderas. Al borde del campo, está el más tenue de los jueces: el cuarto árbitro. Voyeur acreditado por la Fifa, mira con concentrada atención, en espera del accidente que le permita intervenir.

Para un jugador de calidad no hay peor calvario que el banquillo. El árbitro asistente vive en estado de suplencia. Aunque de vez en cuando el titular es alcanzado por un rayo, cortesía de los dioses hartos de su miopía, es raro que deje su sitio al cuarto árbitro. El asistente no tiene otra ocupación que las menudas actividades fuera del campo: el comportamiento de las bancas, el registro de los cambios, los minutos que deben agregarse.

El cuarto árbitro no interviene en lo que se decide dentro de la cancha, pero es responsabilizado de la mala leche de su colega. Cuando el estadio abuchea una decisión, se produce un momento de rara gestualidad: el entrenador abandona su área y se dirige al árbitro asistente por ser el único que le queda cerca. Los frenéticos ademanes tienen por objeto demostrarles a los hinchas que la táctica del equipo es estupenda pero ha sido arruinada por la injusticia. Se han dado casos de directores técnicos que salvan su trabajo por estos histriónicos berrinches. El cuarto árbitro sirve para el desfogue como los patos para el tiro al blanco.

Juez aplazado, el asistente revisa a los jugadores de recambio para que no entren a la cancha con clavos en los botines o aretes puntiagudos. Los más rigoristas retiran del pecho del atleta un escapulario afilado. La verdad sea dicha, esto no le interesa a nadie. Ni siquiera la amenaza terrorista ha prestigiado la revisión en pos de cutters o navajas.

Solo hay un instante de notoriedad para el asistente, cuando alza un número que representa los minutos que se agregarán al juego. El monumento al cuarto árbitro tendría que captarlo en esa posición. Se trata, por supuesto, de una conjetura irrealizable: ni acribillado en cumplimiento de su deber tendría su estatua.

El box decidió relacionar la aritmética y el erotismo a través de las chicas que pasean en bikini por el cuadrilátero portando un cartel con el número del round. En esa zona donde todo es primario resulta lógico que el disfrute de los golpes sea relevado por las nalgas. Aunque no se trata de un placer sofisticado, es fácil constatar que existe.

La arraigada tradición erótico-deportiva de las chicas con números revela lo poco sexy que luce el cuarto árbitro con sus minutos de compensación. No ha nacido el Harrison Ford que brinde estilo a esa tarea.

Hay que reverenciar al más inmóvil de la gesta, el menos advertido. Ni siquiera sabemos si hizo bien o mal lo poco que tuvo que hacer. En un territorio donde todo amerita comentarios, el asistente opera en el vacío. Nada le permite añadirse a la epopeya al modo del "quinto Beatle" o el "octavo pasajero". Debe esperar, abrir los ojos, tener fe en el paraíso al revés que le depara el fútbol: el jardín donde será injuriado.

Hecho de anhelo sin realización, el cuarto árbitro no es otra cosa que un creyente. ¿Cruzará algún día la línea de cal? Ignorado, al margen del acontecer, el protagonista secreto del fútbol aguarda su destino.

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