El mundo de los toros es una pirámide jerárquica en apariencia inconmovible, en cuya cúspide está el matador. De ahí para abajo, en orden decreciente de importancia, saltando de escalón en escalón, de subalterno en subalterno (pues no hay ahí hipócritas pretensiones demagógicas y políticamente correctas de igualdad democrática, y los subalternos se llaman con cruda franqueza subalternos), se llega al fondo: al mozo de espadas.

En el pináculo de la pirámide está el matador de toros. Pero ¿cuál? Suele haber uno —que a veces son dos— que es "el que manda en el toreo". O sea, el que impone su voluntad sobre todos los demás estamentos de la fiesta de los toros: sobre los empresarios, sobre los apoderados, sobre los ganaderos, sobre los demás toreros. Cobra lo que quiere, torea donde quiere, o no torea si no quiere. Escoge los toros que quiere torear y rechaza los que no le gustan, aprueba o veta a sus compañeros de terna, y, generalmente hablando, y para resumir, hace lo que le da la gana. Si, por ejemplo, no le gusta el cuarto de un hotel, hace que le cambien el cuarto, o el hotel. Y se lo cambian. Manda incluso sobre el público. Es decir, lo obliga a ir a los toros: no va por ver los toros, sino por verlo a él.

Pero cuando el público, voluble, se aburre de ir a verlo, como por ensalmo ocurre que el que manda en el toreo deja de mandar. Lo abandona su apoderado, su mujer se va con otro, sus compañeros lo vetan a él, los empresarios de las plazas dejan de contratarlo, y ya no le hacen caso ni siquiera los camareros de los hoteles taurinos. Solo le queda un ser en el mundo: su mozo de espadas.

Porque en realidad la mole inmensa del toreo es una pirámide invertida: su vértice está abajo. Y sobre ese vértice, que es el mozo de espadas, reposa en equilibrio todo el peso de la fiesta, desde la fama y la gloria hasta la boletería.

El mozo de espadas está por debajo de todo, y sobre él mandan todos. En primer lugar su matador, desde luego: el maestro. Pero también los demás: el apoderado del matador, el padre del matador, la novia del matador, el peón de confianza del matador, los hermanos del matador. Muchas veces sucede que el mozo de espadas es hermano del matador, y en ese caso, por ser el mozo de espadas, mandan sobre él hasta los sobrinos del matador: sus propios hijos. La estructura jerárquica del mundo de la fiesta de los toros es inflexible. Y su punto más modesto lo ocupa el mozo de espadas, a quien también se conoce como mozo de estoques debido al hecho de que la espada del torero también se llama estoque: nada puede subrayar mejor la profundísima humildad del papel de ese mozo, que muchas veces es un viejo, que el hecho de que su nombre mismo no sea su nombre propio sino que se derive de un instrumento, de un trasto, que además es ajeno. Pues las espadas no son suyas, sino de su matador: él es de las espadas.

Su oficio consiste, como tal vez haya ya adivinado el lector, en cargar las espadas del matador y pasárselas por sobre la barrera cuando las necesita para matar al toro.

No solo las espadas: por extensión, todos los trastos de torear. Las muletas, los capotes, la rasqueta metálica para limpiar de los capotes las manchas de sangre seca, el botijo de barro lleno de agua fresquita para entrapar la muleta en las tardes de viento, hilo y aguja para remendar el traje de luces rasgado por el pitón de un toro, o, si el matador es pobre y el incidente ha tenido lugar en un pueblo perdido, para suturar el escroto a la arteria safena. Y cargar al hombro el esportón de capotes en que se guarda todo eso. Al terminar la corrida ve uno al mozo de espadas correr por el callejón de la plaza doblado bajo el peso del esportón, que es un sólido baúl de cuero repujado, con goznes y flejes de hierro forjado, y sin rueditas como las que tienen las maletas de aeropuerto. Es un oficio duro, el del mozo de espadas.

Y comporta otras obligaciones. El mozo se ocupa, además, de vestir al torero antes de la corrida; de ajustarle el corbatín y amarrarle los machos, que son los cordones que atan la taleguilla a la pantorrilla; de distribuir en el hotel esos sobres llamados por antonomasia "sobres" donde van los pases de favor o, si es el caso, los billetes destinados a los periodistas llamados "sobrecogedores" que más tarde hablarán bien, o por lo menos no hablarán mal, del maestro. Al mozo le corresponde también felicitarlo cuando está bien ante el toro, o incluso cuando está muy mal: y desde detrás de la barrera gritar en voz baja, con acento de convicción profunda "¡Bien, torero, bieeen...!". Animarlo. Consolarlo. Aguantarle los llantos de angustia. Dormir con él, abrazándolo, la víspera de las corridas de responsabilidad: "¿Estás ahí, Paco? (pues aunque dije que el mozo no tiene nombre, casi todos se llaman Paco). "Aquí estoy, maestro". "Quién soy, Paco, quién soy?". "Eres el mejó".

Para su maestro, el mozo de espadas tiene que ser a la vez enfermero, confidente, sicoterapeuta, madre, chulo de putas, trapo de fregar y pañito de lágrimas.

Si el matador es rico, el mozo de espadas tiene a su vez un mozo llamado "ayuda" que es, por decirlo así, el mozo de espadas del mozo de espadas.

Y al final de la tarde, al final de la historia, cuando el maestro muere desangrado en la enfermería de la plaza, quien de verdad llora no es la novia del torero, como afirman falazmente los pasodobles de tema taurino. Ni la madre, que siempre se queda en casa. Ni siquiera el poeta de turno, el cual, como Federico García Lorca en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, no quiere ni ver la sangre:

"¡Que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena!".

El que sí la ve, y además tiene que limpiarla es el mozo de espadas. Los demás —el apoderado, la novia, la otra, el cirujano, el alcalde del pueblo— se atropellan a codazos en torno a la camilla mortuoria y posan para el fotógrafo.

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