Este no es un artículo enológico. No voy a cantar las virtudes del vino, ni sus sabores, ni sus aromas, ni me voy a poner denso hablando eruditamente de añades y de cepas y de vinos redondos o empireumáticos. Voy a ir al fondo del vino, a su esencia, a su razón de ser. Esa que, según las Escrituras, descubrió por casualidad nuestro padre Noé: la borrachera.

Aconsejan los médicos que no hay que exagerar. Se equivocan. Se trata precisamente de exagerar, de llegar al exceso, de salirse de sí mismo, de violentar y desarreglar la propia naturaleza. Como escribió Rimbaud: "Hace tiempo, si me acuerdo bien, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y corrían todos los vinos". Léase bien: todos los vinos. No es cosa de beber dos o tres copas, y ya. Hay que beberlas todas, y cada una hasta las heces, como recomienda también la Escritura (aunque en otro contexto, en otro sentido). "Tómate esta botella conmigo, y en el último trago nos vamos", canta, medio borracho, José Alfredo Jiménez. Otro poeta, Alfredo de Musset, lo explicó escuetamente:

Qu'importe le flacon
pourvu qu'on ait l'ivresse.


Qué importa cuál sea el frasco si nos da la embriaguez. Botella de vino, de todos los vinos como propone Rimbaud, o frasca de aguardiente, o mágnum de champaña, o totuma de chicha, o barrilito de ron, o flask de whisky de plata forrado en cuero de nutria para llevar en el bolsillo. Lo que importa no es el frasco, sino lo que lleva dentro. Hay que evitar en lo posible, sin embargo, los frascos y botellas que tienen una forma demasiado alambicada, con adornos de vidrio soplado y largos cuellos enroscados de cisne. (A veces, ojo, llegan a imitar la forma completa de un cisne). Porque lo que tienen dentro suele ser un licor dulzón y perfumado, penetrante, oloroso a vela de ambiente con aroma de frambuesa para citas galantes, que antes que traernos la ivresse del poeta lo que nos provoca son náuseas. Y la vomitona sin borrachera previa no tiene ninguna gracia.

Con esa salvedad de los que vienen en frasco rococó, en términos generales todos los tragos son buenos. Exceptuando quizás (pues esto de la borrachera, que suena tan fácil, tan suelto, tan espontáneo, es en realidad un tema de alta precisión conceptual y tecnológica), exceptuando, digo, quizás, los tragos demasiado desvergonzadamente típicos. Un canelazo en el barrio La Candelaria en Bogotá, pongamos por caso, o un vino dulce amontillado en el Puerto de Santamaría, o un sake hirviente en Kyoto, o un ajenjo amargo y verde en un bar de turistas gringos en Montmartre, o un pisco sour en un hotel de Lima. Un canelazo, bueno, vaya y pase. Un pisco sour, bien. Pero ¿dos piscos sours? Es como el viejo chiste sobre los dry martinis y las tetas de las mujeres: una no basta, tres son demasiadas.

Hay que tener en cuenta además si se está en tierra fría o en tierra caliente. O si se va en avión. O en flota.

Y hay que guardar también ojo avizor ante esos licores inverosímiles que dan en ciertos estados del más hondo México y en algunas islas del Mediterráneo: líquidos legamosos con hierbas putrefactas o con lagartos muertos. Hay que desconfiar del anís. Y del regaliz. Y del bejuco de yagé. No. El trago bueno es el trago trago, transparente (o más o menos transparente), el vino o la cerveza, el aguardiente, el vodka dentro de ciertos límites, la ginebra (inglesa, no holandesa), el kvass de Escandinavia, y en caso extremo el ouzo griego o el ron Viejo de Caldas. ¿Guarapo bien fermentado? Sí, pero bbhff… ¿Cachaza brasileña? Con tiento. Hay que cuidarse también de los digestivos. Amaretto no, por ejemplo. Ni, en general, los jarabes para la tos, los pegamentos de carpintería, la trementina pura, y, muy especialmente, el kirsh de cereza.

No quiero terminar este paréntesis sobre los tragos de los cuales uno solo es ya uno de más sin contar una anécdota. Esto del alcohol, desde los tiempos de Noé y el Diluvio, se presta mucho para contar anécdotas, siempre ejemplarizantes y siempre contradictorias. A una tía abuela mía, ya bien entrada en años, su médico le aconsejó que se tomara todas las tardes una copita de brandy. No un copón como esos de vajilla de catedral en que sirven ahora los vinos en todos los restaurantes de Bogotá (y de Miami, supongo, porque si no no me explico de dónde puede venir esa moda arrasadora y bárbara). Una copita de vidrio oscuro, o tal vez de plata martillada, como para oporto. Mi vieja tía tenía entre sus cosas media docena de copitas de esas, que no había usado nunca, ni siquiera para tomar agua bendita. En un principio se negó a tomarse la copita vespertina: temía convertirse en alcohólica, y en consecuencia se la daba a beber a su jardinero. Pero sus síntomas —inapetencia, fatiga general, insomnio— no mejoraban, y al jardinero una sola copita de brandy le empezó a parecer insuficiente, hasta el punto de que llegó a faltarle al respeto a la vieja señora. El médico acabó por descubrir la trampa, y obligó a mi tía a beberse la copita de brandy en su presencia. Bebió un sorbito, dos. Parecía que le estaba gustando. El facultativo la acompañaba con una ancha sonrisa de ánimo. Al tercer sorbo, mi tía se quedó dulcemente muerta en su sillón, y la copita de plata rodó por el piso.

Opinó el jardinero:

—Como fuerte el remedio, ¿no, doctor?

Pero claro, esto del trago está lleno de anécdotas que sirven para probar cualquier cosa y la contraria, para demostrar sus bondades o para poner en guardia contra sus peligros. Que los tiene, sin duda. Porque todo es dañino. La vida misma mata. El agua, tan pura, tan limpia, tan necesaria, produce también un envenenamiento muy grave cuando se bebe en exceso. Una intoxicación llamada hiperhidratación que provoca edemas en el cerebro e inclusive la muerte, y aqueja a muchos deportistas que al desenfreno del deporte le agregan (y "lo malo es mezclar", dicen los borrachos experimentados) la costumbre malsana de beber agua pura. Curiosamente, un sedentario como Andy Warhol murió de eso. Puro vicio.

Pero no quiero elogiar el trago desde el punto de vista de la salud física, sino desde el de la salud mental. La ebriedad es necesaria. No tiene por qué ser obligatoriamente una borrachera apocalíptica, de esas que se llaman en Bogotá "de cosaco". (¿Hubo cosacos por aquí? A lo mejor formaban parte del elenco de visiones del delírium trémens). Puede bastar con ir a medio palo por la vida. Tuve un amigo así, que fue feliz hasta que se lo llevó la cirrosis. A través del alcohol las cosas se ven de otra manera. Y se comunican también de otra manera. In vino veritas, en el vino está la verdad, se decía ya en tiempos de Plinio el Viejo. De ahí que tantos poetas hayan sido inclinados a la bebida. El propio Homero, padre de todos ellos, andaba siempre tan ciego de vino que llegó a asegurar en sus versos que el mar era color de vino. Quería beberse todo el mar, con todo y sus sirenas.

El problema viene después. Lo menciona Rimbaud en su Temporada en el Infierno, unas pocas frases más adelante de lo de los vinos que corrían por su vida:

"La primavera me trajo la risa horrenda del idiota".

El guayabo, que en otras partes llaman la cruda o la resaca. La resaca del mar que devuelve naufragios. ¿La cruda suerte? ¿La cruda realidad?

Oscar Wilde, que en la Belle Époque fue gran aficionado del ajenjo, escribía: "Después del primer vaso se ven las cosas como a uno le gustaría que fuesen. Después del segundo se ven cosas que no existen. Finalmente se acaba viendo las cosas tal como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir".

Ahora bien: es importante dejar bien claro que todas estas consideraciones que vengo haciendo en elogio de la borrachera se refieren a la borrachera propia, y no a la de los demás. Porque no hay nada más inaguantable que un borracho.

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