Defensa de la vida unplugged
Por Julián Arango


Confieso que detesto la tecnología porque se parece a la típica muchacha de servicio que pide permiso para ver la novela en el cuarto mientras uno no está, y cuando uno llega la encuentra metida entre las cobijas, tomándose el último sorbo de Milo, con la cama llena de boronas de Oreo y diciendo: “siempre es que está
haciendo friecito, ¿no, doctor?”
Detesto la tecnología. El otro día vi a una niña berreando porque se le había perdido el celular, y eso sí dan ganas de llorar. Como también dan ganas de llorar ver a uno de estos tipos que le gritan un nombre al aparatejo ese para que marque por sí solo. Digo: ¿se han visto en un espejo? ¿Creen que eso de andar
gritándole a un teléfono se ve bien?
Me aburre la tecnología y defiendo la vida verdadera. Y no es que quiera crear una comunidad hippie y dedicarme a fumar marihuana todo el día, cultivar el alimento propio, y vivir con muchas mujeres en un clima templadito, dentro de baños de lodo y aguas termales. Lo que quiero es que la gente no siga creyendo que los aparatos toman decisiones solos, porque donde sigamos dándoles confianza, el contestador decidirá qué razones darme y le dirá a alguna amiga:
–No lo llames más, que él está encarretadísimo con Lina.
Estoy seguro de que detrás de los aparatos hay algo o alguien que nos ve. Nos examina. Nos espía. De lo contrario es inexplicable el que tengamos que depender de ellos todo el día. Estoy seguro de que hay una gran central que coordina todos los aparatos del mundo y que los supuestos técnicos que uno llama para que arreglen los aparatos –llamémoslos “enchufadores”–, entran en nuestras casas con un dependómetro para verificar si nos estamos embruteciendo del todo.
Porque tanta tecnología nos embrutece. ¿Qué tal el Play Station? ¿Qué tal esa diabólica creación del hombre en la que basta espichar dos botones del control y la tecla X con el meñique para ver que un monacho puede hacer una chilena?
Defiendo la vida de verdad. Defiendo la vida que no es virtual. Delante de los editores de esta revista, que tiene grandes secciones sobre la tecnología y los aparatos y los juegos electrónicos que nos taran, me permito defender la vida en su estado desconectado. Sin cables y sin alambres. Y pedir que nunca se acabe el picado; y que nunca se acabe el placer de jugar lloviendo, de pisar para escoger equipos, de hacer arcos con los sacos, de sentir un codazo, de escupir en el campo y la nada más espiritual sensación de meter un gol. Mejor dicho: apague y vámonos.

Defensa de los deportes tranquilos
Por Antonio Sanint


Seamos francos: matarse es jartísimo. Está bien que el ser humano conozca sus límites, y que lo haga a través de los deportes que hoy en día, en revistas como SoHo, llaman extreme. En ellos, y en las personas que los practican, el conocido refrán toma una variación: “cuerpo sano en mente con problemas”.
Y no es que no me guste el deporte. Que la gente lo haga está bien. Es saludable. Eso dicen. Que salgan los domingos a la ciclovía, sin vergüenza alguna de la sudadera motoseada y la bandana Rexona de trenza tricolor, vale. También es bienvenido el gordito que sale a jugar micro luciendo orgulloso su camiseta de Colombia y que a punta de codazo y canillazo limpio desenguayabe los aguardientes de la noche anterior. Todo es aceptable porque, aunque no se den cuenta, están haciendo deporte y se mantienen saludables.
Pero, ¿que salgan a hacer deporte con la clara intención de matarse?
Sin duda hay algo dañado en la cabeza de aquella persona que se tira por una montaña en una bicicleta sin saber dónde está el poste con alambre de púas contra el que siempre termina estampada. Se le puede notar un desequilibrio a aquel que se mete en una canoíta donde solo le cabe una pierna encima de la otra y a pesar de tener un palo de escoba con dos aletas en cada extremo, es vapuleado como zanahoria en licuadora a máxima velocidad. Al final de la faena, este “cuerdo” expresa su única recompensa con un grito eufórico: “¡¡¡No me ahogué!!!”
Sí. Hay un problema mental claro en un individuo que yendo a ciento veinte kilómetros por hora sobre su moto se eleva por medio de una rampa a más de treinta metros de altura y le da por soltarse del dichoso aparato para retomarlo pero con las uñas clavadas en el sudado y resbaladizo asiento, culminando con una heroica estirada de piernas hacia atrás que emula el vuelo de Supermán. Tampoco eso es deporte. Aquí lo que hay es una enorme necesidad clínica de llamar la atención.
Digo, ¿a estos señores nunca les dijeron, cuando eran niños, “bájate de ahí”, “no toques eso que te quemas”, “no metas la lengua en el enchufe que quedas achicharrado”? ¿A estos niños nunca les inculcaron el sentido de preservación?
¿Y qué pretenden? ¿Se trata de mover la adrenalina, o es una competencia para ver cuál es el primero que luego de un totazo quede bobo? ¿Es que están cansados del reino animal y quieren pertenecer al vegetal?
A un niño se le pueden dar toda clase de avisos de precaución. ¿Pero cómo se le dice a un señor de treinta años que no se encarame en esa montaña sin un lazo porque hay una seria posibilidad de que el cráneo se le reviente contra una roca como una patilla tirada desde un edificio?
No oyen. Estos niños no oyen. Está comprobado: todo golpe a más de 500 km/hora produce sordera.
Ahora bien: yo entiendo que en países como Finlandia o Suiza, en los que la aburrición es tan aplastante, haya gente que busque actividades de riesgo para desfogar toda la adrenalina guardada.
Yo lo entiendo. ¡¡¡¿¿¿ Pero en Colombia???!!!
¡Qué más adrenalina que la que uno produce saliendo a rumbear cualquier noche, mientras se expone a carros bombas en la Zona Rosa, gamines malgeniados dispuestos a clavarle a uno un botellazo si no les da limosna; embazucados gritándole piropos a la novia de uno y traquetos que a través de sus mujeres medio desnudas buscan pelea para que quede claro su liderazgo dentro la jauría! ¡Eso sí es extreme!
Se conoce la historia de un alemán amigo de un primo que se fue a practicar canotaje a Colombia. Para llegar al lugar tuvo que pasar un retén de la guerrilla; un bus compitiendo con otro bus casi lo borra de la carretera y un campesino borracho que voleaba machete en una tienda casi le taja un cachete. Cuando llegó a practicar el canotaje, ya nada le producía vértigo ni emoción.
Hoy en día hay un lugar en Alemania donde por cincuenta euros a uno lo atracan, le echan burundanga, lo violan, lo torturan y le hacen el paseo millonario. De souvenir le dan un collar bomba. El negocio está forrado en plata.
¿Deportes extremos? ¿En Colombia? A mí me perdonan. Vivimos en un país de riesgo. Más bien gocemos la ciclovía. Mostremos orgullosos nuestros gorditos. Y no jodamos más con nuestras vidas.

Defensa de las mujeres feas
Por Mauricio Quintero

Me perdonan los editores de esta revista, que siempre publican fotos de mujeres bonitas, pero yo me quedo con las feas. Yo me quedo con las feas, porque las mujeres bonitas siempre andan haciendo jetas por todo y uno tiene que estar preguntándoles cada quince minutos si están de mal genio y si se quieren ir ya para la casa. Las feas, en cambio, se apuntan a cualquier plan hasta la hora que sea. Son buenísimas para trasnochar y llamar taxi para irse a su casa después de una noche de facturación. Si amanecen con uno, se ofrecen a preparar el
desayuno y, mucha veces, dejan la loza lavada.
Las mujeres bonitas tienen complejo de radiador, se la pasan tomando agua todo el día. En los restaurantes piden los platos más simplones pero los más caros y cuando traen la cuenta, se van para el baño. Las feas en cambio, salen con plata entre el bolsillo para colaborar con el tramacazo. Y lo más lindo: son cómplices de la empanadita con ají, la lechona de San Andresito, la mazorca de carretera y otras delicias que hacen la vida del hombre más hermosa.
Las mujeres agraciadas son malísimas para empujar un Renault 4 en una noche lluviosa. Mientras que una fea es capaz de desarmar un motor con un corta uñas mientras uno les colabora sosteniendo la linterna.
Las feas no ponen problema por nada. Les caen bien a los amigos de uno porque son consideradas un miembro más del equipo. No arrugan la cara cuando se echan un guaro, fuman a la par. Y hacen pipí en cualquier baño.
Las bonitas miran el identificador de llamadas antes de contestar, mientras que las feas siempre dicen: “¿dónde hago la raya?, ¡qué milagrazo!” Uno las puede recoger a cualquier hora y arman “conversa” así uno las llame borracho a las tres de la mañana.
Cuando uno tiene una novia bonita, debe hacer curso de escolta, porque los amigos se la pasan mirándole los cucos y los enemigos tratando de quitárselos.
Las novias bonitas lo cogen a uno de caddie para que le cargue el morral de la universidad o esas bolsas llenas de ropa que uno mismo pagó en un centro comercial. Las feas en cambio, lo acompañan a uno a hacer mercado (así, en la plaza) y ayudan a subir las bolsas sin pedir ni un jabón a cambio.
Las novias feas jamás lo olvidan a uno y siempre se les puede hacer “repasis”. En cambio las bonitas son ingratas, terminan cambiándolo a uno por cualquier traqueto porque esas, las más hembras, con sus trasparencias, sus siliconas, sus cinturones de piel de culebra, sus carteras enanas, sus pantalones descaderados, sus gafas de colores y sus botas puntudas, están dejando asomar una loba que por ahí tienen bien escondida.
Las bonitas nos ponen nerviosos. Suelen hacerle casting a todo el mundo. Les gastamos y nos desgastan. Nos ponen de mal genio, nos trasnochan, nos envejecen más rápido.
Las feas, en cambio, aportan, son buena compañía, charlan rico, son bastante caseras, son inmejorables compañeras de
trabajo y muchas tienen un excelente sentido del humor.
Así que cambio a mil mujeres lindas, de las que salen en SoHo, por una fea. A lo mejor no luzca muy bien. Pero cuando quiera tener algo que despierte la envidia de los demás hombres, cambio el llavero de mi Renault 4 por el de un Audi A4.

Defensa del mal polvo
Por José Agustín González

Quiero decir, en nombre de quienes somos malos polvos, que ya es tiempo de que nos respeten. Por eso declaramos que solemos dejarnos las medias puestas; que lo hacemos sin apagar la televisión; que somos torpes; que detestamos los jueguitos preparativos y vamos a lo que vamos; que lo nuestro es una cosa impulsiva y breve, que no quita mucho tiempo ni gasta muchas energías; y que para nosotros tener sexo es una responsabilidad menor, lateral, a la que no le vemos mucho futuro. ¿Hay algún problema con eso?
Ya no nos vamos a dejar aplacar por la presión de esta revista, que constantemente nos insiste en que seamos elásticos y eróticos: somos malos polvos, y lo disfrutamos. No queremos cambiar. Nos parecen insoportables libros como el Kamasutra; nos aburren profundamente los masajes, la piel y las babas. Y don Juan Tenorio nos parece un tipo inmaduro y cursi que acude al sexo por inseguridad más que por destreza.
No es que no nos gusten las mujeres: claro que nos gustan. De hecho, deseamos fervientemente estar con Carolina Cruz. Pero no porque queramos tenerla en un cuarto lleno de velas, vestida con una piyamita de seda negra para empezar a respirarle y jadearle en la clavícula lentamente, con la insoportable responsabilidad de quedar bien. Más bien para hacer una cosa poco elaborada, que no dure mucho, y quedarse en la cama con ella mientras pasan las ingeniosas cámaras ocultas de No me lo cambie hasta que nos recuperemos. Porque siempre necesitamos recuperarnos.
Si nos movemos mucho nos da bazo. Detestamos sudar. Y el sexo en nosotros es algo que tiene mucho de deporte, poco de inteligencia y algo de depresión.
Lo hacemos para matar el tiempo: mientras se llega la hora de que empiece una película, por ejemplo; o en el intermedio de los partidos de fútbol. Pero el momento perfecto es antes de que empiece el noticiero, durante El minuto de Dios. Aunque a veces no sepamos qué hacer con los treinta segundos que nos sobran.
Creemos que el amor está en el postpolvo, porque solo con amor uno soporta tanto desaliento. Pero solo hay una cosa peor que el sexo y es, justamente, el amor. Porque aunque el sexo no obliga el amor, el amor sí obliga el sexo.
Amamos la rutina. El polvo que es idéntico al último y que será igual al siguiente. Amamos la misma posición, la misma hora. Y la misma mujer.
¿Hay algún problema con eso? ¿Alguien nos quiere mirar mal? Yo sé que somos muchos; que somos casi todos. Sino que nadie se atreve a decirlo. El sexo es para nosotros una especie de sensación dominical: perezosa, reposada, pacífica. Detestamos bailar. Odiamos andar empelotos. Creemos en el sexo rápido y en las camas confortables. Jamás el mar ni la ducha. Nunca los sitios públicos. Hacemos lo mejor que podemos. No nos interesa mejorar. Y no nos importa si hay algún problema con eso.

Defensa de la grasa

Las chicas lindas se antojan de sushi. Es bajo en grasa y no parece comida. Ellas tienen algo que nosotros queremos. Pequeños sacrificios, pequeñas porciones. Nos volvemos expertos. Lo gozamos gracias a la autosugestión. Hacemos reservación. Decimos arigato y comemos wasabi. Somos fanfarrones por naturaleza. Lo exótico es atractivo. Hace 25 años un atún de aleta azul valía un centavo la libra: hoy vale cincuenta dólares. Un pez grande puede costar más de cincuenta mil dólares. Agradecimientos especiales al auge del sushi y el sashimi, comida que se originó en el Japón en casa de pescadores pobres.
Comida de japonés pobre que ahora es comida de colombiano rico. Cualquier pescador japonés prefiere un pescado frito… un pargo rojo, un bocachico. Hasta el emperador Hirohito se lame sus palitos. Y vamos al tempura: vegetales y mariscos freídos a altas temperaturas. ¿Qué de diferente con el cartagenero y decembrino festival de las frituras? Al otro extremo de Bocagrande, la arepa de huevo, carimañolas, buñuelos de maíz con cualquier agente patógeno freído hasta morir. Lo que falta es un avispado que las sirva sobre una cama de pétalos en Park Avenue. Pronto veríamos el precio de la yuca explotar. Así tal vez los precios del sushi bajen y me alcance el bolsillo para disfrutarlo.
Porque, de hecho, no tengo nada personal contra el sushi. Lo que sí me perturba son los hábitos alimenticios de mis contemporáneos. Cuando se sienten gordos dejan de comer o solo toman gaseosas light y postres con endulzantes artificiales. Eso es ser saludable hoy en día. Mientras tanto se van amargando por andar privándose de la comida de verdad, la comida que nos consuela y nos recuerda
de mejores momentos. Porque antes, cuando uno quería consentir la barriga, era la grasa la que nos hacía sonreír.
Comerse una morcilla no es tentar a la muerte, si se acompaña de una buena ensalada. La gente debería pensar más en lo que come y por qué. Colombia es el país que más gaseosas consume en el mundo, per capita, a pesar de tantas frutas deliciosas (en Nueva York una pitahaya se consigue por cinco dólares). El problema es de actitud, no de colesterol. En Boyacá hay campesinos que viven hasta ciento setenta años a punta de longaniza y chicha acompañados de cubios, mazorca y tallos. Hay que comer localmente y pensar globalmente. Hasta que no entendamos eso el país seguirá pegándose a la olla. Por Alain de Beaufort

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