El Presidente de la República, Carlos Hidalgo Arango, miró el reloj y recordó que tenía apenas unos minutos para salir de la Casa de Nariño a su cita de las seis y treinta, la misma que había sostenido casi sin excepciones todos los lunes desde el inicio de su mandato y que, a pesar de la tensión derivada del escándalo por los sobornos del consorcio español, o justamente por ella, estaba en esta ocasión menos dispuesto que nunca a cancelar.
Con un ligero retraso llegó al apartamento de su médico, el doctor Armando Beltrán, un cirujano dicharachero, simpático y solterón, un poco menor que él, que se había echado al hombro la salud de Hidalgo desde hacía más de 25 años, pero que por encima de sus responsabilidades como galeno de cabecera del líder oficialista primero, del candidato luego y finalmente del Jefe del Estado, era el depositario único y leal de sus más sagrados secretos de alcoba. La relación se había estrechado de manera considerable desde la llegada del paciente a la Primera Magistratura, por la muy mundana necesidad de Hidalgo de encontrar un refugio seguro para echarse sus polvos.
El apartamento de Beltrán tenía todas las condiciones para ello. Se trataba de un penthouse dúplex de cierto lujo, en un edificio de ladrillo amparado por uno de los cerros nororientales de la ciudad, que remataba una calle cerrada. Rodeada de enormes eucaliptos, la torre de siete pisos contaba con una ventaja que Hidalgo valoraba de modo particular: un ascensor privado que daba, desde el garaje, acceso directo al penthouse. Como era sabido que allí vivía el médico del Presidente, las visitas de Hidalgo eran interpretadas por los vecinos como meras consultas, aunque los más observadores comenzaron a reparar en el hecho de que a veces el mandatario permanecía un par de horas o incluso más, lapso bastante más largo del acostumbrado para una visita al médico. Las sospechas crecieron cuando los rumores sobre las infidelidades presidenciales se salieron de madre y alcanzaron a inundar los predios de uno que otro columnista de oposición que aventuraba en sus escritos frases de doble sentido al respecto, celebradas con carcajadas en los cocteles.
En cualquier caso, el apartamento de Beltrán resultaba mucho más seguro y discreto que las visitas que Hidalgo había prodigado con excesiva frecuencia en tiempos de la campaña y durante las primeras semanas del mandato al apartamento de la ex embajadora Gertrude Heiniger. La esbelta diplomática había dejado su cargo meses antes de la elección de Hidalgo, cuando su hasta entonces secreta historia de amor fue filtrada por un funcionario de la Embajada a la Cancillería de su país. Semanas después de retirarse, Tru -como la llamaban sus amigos, que por cierto no habían sido pocos- alquiló un pequeño apartamento en un edificio de cinco pisos en Chapinero alto, al que Hidalgo ingresaba por una puerta que daba a la muy concurrida carrera quinta.
Fue Beltrán quien convenció al Presidente de que mudara su nido de amor, no porque los medios colombianos se atrevieran a destapar el asunto, pues a diferencia de la prensa del primer mundo, la criolla no se había atrevido nunca a pasar ese Rubicón. El argumento que le hizo mella a Hidalgo fue el descubrimiento de que un nido de paparazzi enviado desde las tierras de Tru estaba detrás de la historia, pues una revista de su país había ofrecido varios miles de dólares por las fotos que expusieran las verdaderas causas del retiro de la diplomática. Beltrán y el Presidente habían concluido que los medios colombianos guardarían silencio mientras en el extranjero sucediera lo mismo, pero que se sentirían autorizados a mencionar el delicado asunto si una publicación europea destapaba la historia.
Desde entonces y durante casi un año, Hidalgo y Tru se encontraban tres o cuatro veces al mes, casi siempre los lunes al caer la noche, en casa del médico presidencial. Beltrán había ido bastante lejos en su condición de anfitrión al aprovechar el diseño dúplex de su apartamento para acondicionar una alcoba de huéspedes con chimenea, baño y un pequeño bar, en lo que inicialmente había sido un estudio al final del corredor del primer piso. De ese modo, cuando el mandatario llegaba, conversaba un rato con Beltrán hasta que un carro blindado y con vidrios polarizados, de la flota de vehículos de la Secretaría de Seguridad de la Presidencia, debidamente previsto por el jefe de ese despacho y edecán por cerca de 12 años de Hidalgo, el coronel de la Policía Watson Zuluaga, ingresaba al parqueadero del edificio y dejaba a Tru a las puertas del ascensor privado. Entonces Beltrán se esfumaba como por encanto, y el Presidente y Tru se encerraban en su habitación, para entregarse a la tarea que dominaban como si se conocieran, en el sentido bíblico, de toda la vida.
Hidalgo, que había cultivado por décadas el arte de hacer el amor sin afanes hasta rozar la perfección instrumental y que demoraba su descarga por más de una hora mientras desencadenaba en la amante de turno un orgasmo tras otro, se había venido con precocidad de colegial apenas segundos después de haber penetrado a Tru en el primer encuentro amoroso que tuvieron, cuando la campaña electoral apenas calentaba motores. El candidato se reventó como un dique mal construido ante la primera arremetida de las aguas, entre el abismo abierto en lo más alto de las largas piernas de la entonces embajadora, tras seducirla sin mayores esfuerzos en el Hotel Hilton de Cartagena al final de un foro de candidatos presidenciales sobre el proceso de paz, patrocinado por la Unión Europea. Pasadas las siete de la noche y poco después de terminado el evento, coincidieron en el bar que flanquea el enorme lobby del hotel, en un cara a cara que tuvo un principio tormentoso por cuenta de la intervención con la que Hidalgo había cerrado el debate.
-Quedé muy triste con lo que dijo -le reclamó la embajadora con un español impecable al que apenas se le quedaban colgadas unas erres que parecían manar de lo más profundo de su garganta-. Me temo que si gana, se va a esforzar poquito por preservar el proceso de paz.
-Nunca le crea a un candidato presidencial, y menos cuando parece estar diciendo la verdad -le respondió Hidalgo con los ojos clavados en el blanco cuello de garza de la diplomática.
-Pero en cambio me gustó su propuesta de incluir en la Constitución un parágrafo para aumentar gradualmente y durante diez años la inversión social.
-Ésa créamela mucho menos -ripostó Hidalgo deseoso de evitar a cualquier precio una conversación seria sobre la guerra y la pobreza-. No imaginaba yo que en su país las mujeres hermosas fueran tan ingenuas.
A pesar de cierta obviedad en el piropo, una sonrisa se hizo ancha bajo la nariz larga y fina de la centroeuropea. Él la tomó como una señal de aprobación, a tal punto que se animó a dar un paso adelante.
-Y usted, señora Embajadora, ¿qué hace en su tiempo libre?
-Daño -contestó ella, ganándole el round por amplio margen.
Pasaron semanas antes de que volvieran a hablar de política. Cuarenta minutos y dos whiskys más tarde, se revolcaban en el sofá de la suite del candidato, el primer mueble que encontraron al cerrar la puerta y mientras se robaban el aliento boca a boca, en un beso francés por cuenta del cual casi se derrumban como borrachos perdidos sobre la mesa de centro de la sala a oscuras.
Mientras ella trataba de arrancarle la hebilla de la correa, él le atravesó la entrepierna con su mano firme, y sus dedos alargados y diestros se abrieron paso hasta las humedades más profundas de la recién conocida, que se reía con un soplido ronco y ahogado que él confundió torpemente con la inminencia del éxtasis. Sería injusto decir que eso lo indujo al error de venirse a los pocos segundos de haberla penetrado. La verdad es que este maestro de la retención en la fuente -como él mismo se había apodado alguna tarde contándole a Beltrán sobre su última aventura- no habría sido capaz esa noche de contenerse ni medio minuto, como pudo descubrirlo al sentir la primera arcada pélvica antes incluso de completar la penetración.
El resultado fue un polvo de quinceañero que en cualquier otra circunstancia lo habría llenado de vergüenza. Pero, a diferencia de muchas mujeres que pierden el control de las relaciones nacientes una vez que lo dan, la Embajadora sabía que su dominio apenas estaba comenzando y recibió al eyaculador precoz con una carcajada teutónica que desconcertó a Hidalgo. El candidato recuperó la confianza y, para dejarlo en claro, fue el primero en atreverse a abrir la boca, con el aliento aún entrecortado.
-Dicen que del afán no queda sino el cansancio -atinó a musitar como quien aventura una excusa.
-Esta primera vez sólo podía ser de afán -contestó ella sin importarle dejar por sentado que habría otras veces.
Y las hubo. Antes de que ella dejara la Embajada, se encontraban en cualquier lugar donde los atrapara la urgencia. Lo mismo en el baño de una fiesta diplomática aprovechando el descuido de tanto embajador y tanto funcionario medio absorto en sus propias elaboraciones seudo-intelectuales, que en un hotel de tres estrellas en la ciudad que él estuviese visitando en campaña, mientras los caciques locales se aglomeraban en el lobby, con sus capitanes de barrio sobándoles el lomo y entregándoles las hojas de vida arrugadas de la clientela electoral.
Alguna vez, incluso, se atrevieron a tirar en la biblioteca de la residencia de la Embajada sólo porque ella se empeñó en que los rayos magenta del sol de atardecer que invadían el salón debían ser testigos de su encoñe desenfrenado. Apenas habían alcanzado a ponerse las ropas sobre sus pieles sudorosas, cuando apareció el marido de la diplomática, un español vividor y desenfadado que jamás en su existencia había trabajado, y quien al ver a Hidalgo con su camisa blanca de algodón arrugada como un papel retorcido recién sacado de la caneca, se dirigió a él mientras el candidato fracasaba en un nuevo intento de hacerse el nudo de la corbata.
-Es la primera vez que me pone los cuernos con alguien medianamente decente.
(...)
Cuando la puerta del ascensor se abrió, Beltrán ya estaba en el segundo piso y el Presidente pudo abrazar a Tru por varios minutos en absoluto silencio. Casi se le desbarata el alma cuando retrocedió un poco su rostro y la miró a los ojos en busca de un refugio seguro. No pronunció palabra para evitar que ella descubriera, en la voz quebrada que inevitablemente le saldría de la boca, que estaba pasando una temporada en el infierno. Por primera vez en casi un año de encuentros en el apartamento de Beltrán, no se dirigieron de inmediato a la alcoba al fondo del corredor, sino que hicieron una escala en el sofá de la sala.
-¿Qué es esa cara? -preguntó Hidalgo-. Parece que hubieras visto un fantasma.
-Te equivocas, no vi un fantasma, lo estoy viendo.
-¿Así de mal estoy?
-¿Así de mal están las cosas?
El Presidente volvió a escoger el camino del silencio. Le dio un beso largo que trató de prolongar para espantarle a ella las ganas de interrogarlo. Tru se dejó llevar, pero aplicó el freno minutos después para retomar la palabra.
-Sólo dime una cosa -lo miró de frente, le tomó las manos y él volvió a sentir que lo estaban examinando-: ¿Sabías del negociado? ¿Estás metido?
A pesar de que estaba acostumbrado a su franqueza teutónica, Hidalgo se quedó helado. En el día y medio transcurrido desde la devastadora llamada del ministro de Transportes el domingo en la mañana, el secretario general Ayala, su hijo Carlos Andrés, el ministro del Interior y hasta Beltrán, habían tratado de indagar por los laditos en busca de una respuesta sobre lo que Hidalgo sabía del negociado. El Presidente había lidiado con tan sutiles interrogatorios, pero no estaba preparado para un acorralamiento como el que le planteaba Tru.
-Yo he hecho muchas pendejadas en mi carrera, y cuando te digo muchas es porque son muchas. Pero nunca me he robado un centavo del Estado.
-Ésta no es plata del Estado, sino de los españoles -contestó ella cerrándole el paso.
-Claro que es plata del Estado, porque al principio la ponen ellos, pero luego se la chupan toda y mucha más en la ejecución del contrato.
-Yo sólo quiero saber si vamos a tener que escapar a Australia, a escondernos dentro de un canguro -intervino Tru, con un dejo de humor y ternura para tratar de relajarlo.
La verdad es que a ella no le importaba mucho si Hidalgo era culpable o no. Había visto tantas cosas como funcionaria en su país y como diplomática en el mundo, las había vivido tan de cerca, que tenía frente al tema de la corrupción una actitud a la vez resignada y displicente. Estaba convencida, y se lo había dicho a su amante varias veces, de que, al igual que la prostitución, era una costumbre nacida con la civilización con la cual era inevitable convivir. Su interrogatorio no era, a pesar de las apariencias, inquisitivo. Sólo quería dejar en claro que en su condición de amante establecida y permanente, tenía derecho a hacer esas preguntas y a involucrarse con opiniones y consejos. Hidalgo estaba más dispuesto a lo primero que a lo segundo.
-Pregúntame lo que quieras...
-Por hoy, ya me dijiste bastante. Además yo no soy la Corte Suprema -contestó ella sacándose la blusa de la falda, antes de levantarse y caminar por el corredor hacia la alcoba.
El Presidente la siguió. Pero a medio camino descubrió con horror que no estaba excitado. Asumió que tenía que concentrarse en lo que venía y que una buena tanda de caricias atrevidas y frases inconfesables en el oído de su amante lo pondrían en el partidor. Volvió a besarla pero esta vez con suavidad, mientras le mordía ligeramente el labio superior y se quedaba allí, como sostenido en el aire. Ella trató de ir directo al grano desatándole la correa, pero Hidalgo la apartó, le dio vuelta y la empujó boca abajo hacia la cama. Se recostó a su lado y le metió la mano bajo la apretada falda de cuero para acariciarle las nalgas.
Amasó los glúteos firmes y bajó la media pantalón para comprobar que, como siempre que ella usaba prendas de cuero ceñidas, no llevaba ropa interior. Contempló un rato la doble curvatura blanca, bronceada por los costados y con la huella triangular mucho más clara en el centro, recuerdo de una semana en las islas del Rosario. Las mordió por unos segundos y luego recorrió con su lengua la raya que las separaba.
-¿El señor desea hacerlo por detrás? -le preguntó Tru, a sabiendas de que la sola posibilidad lo excitaba más que nada.
-Ya veremos -respondió él mientras terminaba de sacarle las medias.
Ella ya se había quitado la blusa y el sostén, de modo que su cuerpo estaba casi desnudo, salvo por la falda de cuero que, recogida sobre las caderas, parecía más bien un cinturón. Tru quiso incorporarse para tratar de sacársela, pero él se lo impidió con una suave presión sobre su espalda seguida del ruego para que se mantuviera boca abajo. El se quitó la correa, la dobló por la mitad y le azotó suavemente las nalgas en un ritual repetido muchas veces desde el principio de su romance cuando ella, aún Embajadora, se acurrucó como un bebé y lo invitó a zurrarla de mentiras mientras hundía su cabeza bajo la almohada.
Por fin se sintió capaz de asaltarla y para no perder la limitada erección que había conseguido, imaginó que la iba a penetrar por detrás. Se desnudó a las volandas esperanzado en que aumentaba el impulso que traía y por un instante creyó que las agobiantes tensiones de las últimas horas no podrían arrebatarle lo que nada ni nadie había podido robarle en las duras y en las maduras de su accidentada carrera. Se recostó sobre ella de tal manera que su media erección encontró acomodo entre las nalgas todavía juveniles de esta cuarentona que, incapaz de quedar embarazada por una limitación congénita, conservaba buena parte del tono muscular de sus veinte años.
Hidalgo reparó en esa firmeza justo antes de comprender que no se correspondía con la suya. Decepcionado pero aún no derrotado, deslizó su boca por la espalda y las nalgas, y le dio vuelta para hacerla venir sin penetrarla. "No siempre tienes que entrar", le había dicho ella alguna vez cuando las limitaciones del lugar donde los había cogido el afán les impidieron devorarse como Dios manda. Y esta vez lo repitió, o al menos Hidalgo así creyó escucharlo mientras intentaba con la lengua la maniobra que el resto de su dotación había sido incapaz de realizar.

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