Antes que las tácticas, mucho antes que los cronistas deportivos y los entrenadores, desde luego primero que la televisión y el negocio nació la pasión por el fútbol. Está junto al juego desde que el juego empezó. En el mismo instante en que se formaron dos bandos para confrontar con una pelota de por medio, ya hubo hinchas de un lado y del otro. De modo que hagamos una reverencia al personaje que, junto con el futbolista, representa la casta más antigua de esta cultura: el hincha.
Después de 25 años de estar en esta cuerda del periodismo, tengo un orgullo invicto: sigo siendo tan amante de Independiente como el primer día. Es decir, tan hincha del fútbol como puedo serlo. Con rubor, debo confesarlo: es posible que, ni como esposo, ni como padre, ni como hijo, ni como ciudadano, ni como periodista haya tenido la nobleza que sí he observado en mi carácter de hincha. En ello, mi foja es inmaculada: nunca un doblez, jamás un renuncio, broncas pasajeras, amor eterno.
El 10 de noviembre de 1963 asistí por primera vez a la cancha de Independiente, un estadio viejo y feo que para mí es un templo. Entré a un mundo fascinante que desde esa tarde me atrapó por completo. Al volver a casa mi mamá nos preguntó: “¿Y...cómo les fue?” Ganamos 2 a 1, dije, soliviantado. Ya era hincha. Y todo lo que había hecho en el estadio era juntar tapitas de Coca-Cola, mirar los carteles publicitarios, ver por primera vez de cerca la multitud.
Cuando me fui de El Gráfico redescubrí el domingo y la incomparable sensación de ir al estadio nuevamente como un aficionado. No la cambio nunca más. Fue como el preso que reconquista la libertad: cuando sale de la cárcel, mira al cielo, da tres pasos, se para, cierra los ojos y respira profundo.
Uno tiene el orgullo inmenso de ser hincha de fútbol (también “del” fútbol; son tópicos diferentes), blasón que no pueden esgrimir –por supuestos decoros, recatos e hipocresías– dirigentes, periodistas, entrenadores, futbolistas y otros sectores “serios” o culturosos de la sociedad.
Un altísimo dirigente del fútbol mundial frecuenta el hábito, convertido en latiguillo, de decir despectivamente y con notorio desprecio: “Fulano actúa como un hincha”. ¡Perdónalo, señor! No sabe lo que dice. Ignora que no hay condición más noble. Ni cuenta se da que en su intención de menoscabar, alaba.
Los hinchas no funden clubes. Todo lo bueno que hace un dirigente de fútbol es por el hincha que lleva adentro. Lo demás lo perpetra el individuo contaminado, el hombre de negocios, el sujeto inescrupuloso que habita en él.
Jamás le robaría un centavo a Independiente. Ni compraría un tronco en dos millones de dólares para quedarme con uno y medio, lo cual es el último grito de la moda. Lo que dicen después es sencillo: “Uuuy, me equivoqué, no servía”. De modo que si un día se enteran de que Independiente quebró no me miren a mí: yo soy hincha.

Naturalmente, el hincha dice barbaridades futbolísticas. Algunos van a insultar, otros entienden muy poco. Pero es absolutamente lógico: es un consumidor, compra el producto y lo bebe o lo come aunque no sabe con certeza de qué está hecho ni cómo. Por otra parte, no le sirve de mucho saberlo. Es el único estamento que no es consultado para nada. Nadie le pregunta si está de acuerdo con el precio de las entradas ni con el entrenador que contrataron (con su plata) ni con el número nueve, ni con el horario de los partidos. El socio de cualquier club que desea un cambio en su institución tiene dos caminos: comprar el paquete accionario en el caso de los privados o formar una agrupación y ganar las elecciones en una sociedad civil. Es muy complicado.
Siempre queda la ilusión, desde luego. La esperanza de que un hincha de verdad, esto es un individuo a corazón abierto, se haga cargo de nuestro club y nos permita soñar y ser futbolísticamente felices.

Desde el ángulo material del tema, el hincha es el único estamento del fútbol que no cobra por estar: paga.
Eso para empezar. Hay, naturalmente, otros valores, menos mercantiles, más románticos, donde el hincha saca ventajas abismales sobre los demás gremios vinculados a la pelota. En el amor, en la fe, en la pasión, en la fidelidad, en esa consecuencia por los colores que no admite renuncios. En todos estos rubros, el hincha corre con la Ferrari, los otros van en un Minardi tres vueltas menos.

Éramos recién casados. En cierta ocasión, Independiente perdía oprobiosamente y mi esposa creyó tener el derecho de deslizar una crítica del tipo de “¡Ay... siempre pierden estos pataduras!” Me vi en la perentoria obligación de frenarla. Porque el matrimonio es muy bonito, pero el cuadro de fútbol es asunto delicado. ¡Momento!, señora, está invadiendo terrenos sacros. Usted no puede hablar así. “¿Por qué no? Si vos te la pasás criticando a Independiente...” Sí, pero con una diferencia sustancial: yo lo amo. Me asiste el derecho moral.

Se ha escrito centenares de veces que un hombre cambia de profesión, de diario (que no es fácil), de mujer, de religión, de país y hasta de sexo. (Michael Jackson fue más lejos, varió de color...). Lo que no cambia es su club de fútbol. Eso se va con él hasta el otro mundo. No se ha dicho, sin embargo, que el secreto estriba en que el del fútbol es un amor de amianto, inoxidable, irrompible e inmarchitable. Conserva su juventud, lozanía y ardor para toda la vida. Es algo contra lo cual no pueden luchar ni la mujer, ni el diario, ni el país.

Es posible ver jugar muy mal al equipo querido; incluso verlo perder domingo tras domingo; y es lógico que el corazón afloje. Pero llega el partido siguiente y el mero suceso de ver brotar del túnel la camiseta amada nos hace olvidar todo lo anterior. Reaparecen, flamantes, la ilusión, la verde esperanza, el amor incondicional, el orgullo pleno. Sucede que en apenas un instante –medido en segundos– nos atropella el pasado, lo que somos. Se nos vienen encima la niñez, las raíces, el Viejo, los amigos, el barrio, el sentido de pertenencia, las genialidades de Bochini, las trabadas machazas de Navarro, las salvadas milagrosas de Pavoni, los goles de Yazalde, las siete Copas de América, ¡Aquel campeonato que ganamos con ocho hombres! La paternidad eterna sobre Boca, el “hijos nuestros” que le cantamos a Racing desde que empezó el mundo... Aquel 6 a 0 al famoso Real Madrid del año 53 que nosotros no vimos, pero que con asombro oímos relatar a los mayores.

Toda la gloria centenaria resumida en esa salida al campo. Toda la historia personal compactada en un film de 30 segundos; el ayer restaurando mágicamente el hoy, maquillándolo hasta dejarlo hermoso. El tiempo ido devolviendo la fe, reavivando la llama votiva.
Es el insondable misterio del hincha y su club.

El destino –paradójico y burlón– designó a los ingleses, justo esos flemáticos sujetos, para inventar semejante pasión.
En los cincuenta y los sesenta en Rosario Central jugó Juan Carlos Biagioli, ‘Pancita’. Se lo recuerda siempre como un zaguero técnico, velocísimo y con garra. Según César Luis Menotti, quien llegó a ser su compañero, “‘Pancita’ era capaz de parar él solo a la célebre delantera de Independiente, de Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz”. Pero buenos hubo muchos. El mérito de Biagioli es que jugaba por amor. Amaba a Central. Tanto que en una gira por Europa hasta ofició de utilero porque no alcanzaba el dinero para llevar al encargado de la ropa y los zapatos. Se lo pidieron a él porque sabían que su pasión centralista nunca diría que no.

En 1957, cuando lo convocaron a la Selección nacional, comenzó a sentir los dolores en la pierna derecha, que fueron el calvario de su vida. Viajó a Italia, se sometió a diversos tratamientos y operaciones, le hicieron colectas populares. Hasta ver tronchada su carrera y la propia pierna. Así, en muletas, iba todos los domingos a ver a Central. Mezclado entre miles de hinchas, acompañó a su equipo amado a Córdoba a la final de 1980. Fueron campeones. Biagioli hombre, el atleta que se cargaba a Walter Gómez, era un pingajo, envejecido y mutilado. A Biagioli hincha se lo veía entero, feliz, pletórico.
Nunca vi jugar a Biagioli, me fue referida su leyenda y está en el pedestal de mis afectos futboleros.
El aporte de la palabra ‘hincha’ a la terminología futbolera tiene origen difuso. Algunos historiadores uruguayos la adjudican –tímidamente– a la patria de Obdulio Varela. Impuesta en todo el mundo, otros piensan que ‘hincha’ y su derivación ‘hinchada’ son palabras de origen argentino. Y no hay que descartar totalmente ninguna de las dos. Hermanadas geográficamente, con extraordinarias similitudes en su gente, sus orígenes, sus costumbres, Buenos Aires y Montevideo llegan a un punto en que se funden en una sola y es difícil establecer si esto o aquello se dio primero en la orilla de allá o en la margen de acá. En todo caso se trata de una creación rioplatense.

Pero hay un punto, también, en el que la historia finalmente adjudica autorías a unos o a otros. Por antecedentes o porque alguien reclama el derecho. Por ello nos inclinamos a pensar que ‘hincha’ es un invento uruguayo. A comienzos de siglo, en los albores del fútbol, Nacional tenía un muchacho que acompañaba al equipo y hacía las veces de utilero, masajista, aguatero... Todo. No como ahora que sobran los auxiliares técnicos. Aquél era el encargado de lavar las camisetas, limpiar los botines y de poner en condiciones la pelota. El que la inflaba. Entonces se decía “el que la hinchaba”. Los futbolistas, probando el balón , si lo veían flojo le decían: “Hinchala, hinchala más”. Era, por eso, el “hincha-pelotas”.
Su función no terminaba allí. En el juego, se ponía al borde de la cancha y animaba con sus gritos a los jugadores de Nacional. Les hinchaba el corazón a garganta limpia, los inflaba de coraje al tiempo que molestaba a los rivales.

Un día de 1910, durante un clásico con Pefiarol, Nacional fue más allá y organizó en la tribuna un coro de “hincha-pelotas”, denominados así por la función que ocupaba el utilero. A la semana siguiente, los diarios de Montevideo comentaron que Peñarol había sucumbido ante los “hinchas” (suprimieron el resto) de Nacional.

Sin pretenderlo, estaban dando nacimiento no solo a la palabra ‘hincha’, que recorrería el mundo, también acababan de inventar la ‘hinchada’ como método de aliento y barra organizada. Lingüísticamente, antes de eso era público, más o menos entusiasta, más o menos aficionado a una divisa, pero público apenas. Incorporada por la Real Academia Española de la Lengua, ‘hincha’ dejó de ser ‘término’ para convertirse en vocablo y hasta para erigirse en verbo. Yo hincho, tu hinchas, nosotros hinchamos, vosotros hincháis...
El máximo espectáculo de la última Copa del Mundo, en Francia, no estuvo a cargo de Zidane o de Ronaldo; lo dio el público. Parciales de todos los países que armaron una fiesta multirracial, policromática y pacífica. Cada estadio, cada ciudad, fue una maravilla que llevó al plano de la realidad la vieja cantinela utilizada políticamente de que “el fútbol hermana a los pueblos”.
En ese ambiente de luz, de animación y paz espectamos una fantástica escena, totalmente inverosímil y de gracia singular. En aquel choque tan temido entre Irán y Estados Unidos (Alá contra el Demonio, según el fundamentalismo islámico) se impuso con bravura el equipo asiático por 2 a 1. Marcador inesperado, que nadie suponía.

Por la noche, una muchedumbre de iraníes, enloquecida por la victoria, se juntó a festejar en la avenida Champs Elysées, a dos calles del Arco del Triunfo. Tan insospechado había resultado el triunfo que carecían de estandartes o camisetas. Entonces devino lo increíble: llegó un individuo con una maquinita y en medio de la calle se puso a fabricar banderitas de Irán. Ahí mismo le ponían el palito y las vendían. ¡A un franco! Se las sacaban de las manos. En la locura general, se las arrebataban sin palito y sin nada, con la pintura fresca. Muchos daban cinco o diez francos y dejaban el vuelto. ¡Un pandemónium! Varias veces al oportunísimo vendedor se le hizo un emplasto en la máquina y tuvo que detener la producción. Pero ya había escupido unas tres mil banderitas.

Los iraníes se mancharon hasta el rostro y quedaron con las manos engomadas. En tamaño tumulto, habrán terminado exhaustos, borrachos y tirados por las veredas, pero no deben haber sido nunca tan felices. ¡Qué cuadro tan bello! Era la alegría en su estado de máxima pureza, la del hincha.

Estábamos en la redacción de Crónica un viernes a la tarde. Por la noche jugaba Boca. Había amenaza de lluvia y se avecinaba un temporal. Comenté en voz alta que podría suspenderse el partido. El ‘Gordo’ Pérez, magnífico redactor, furioso hincha auriazul, ya estaba invadido de la expectación previa. Sin parpadear, deslizó:
—Primero que juegue Boca, después que venga el fin del mundo.

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