Su negocio no tiene temporada baja ni depende del clima o del comportamiento de las acciones en la bolsa. No necesita programar un mes de saldos ni pensar en ofertas navideñas. Mujeres, hombres y niños de todas las edades son sus clientes e incluso lo buscan en la madrugada para hacer uso de sus servicios. Es dueño de una funeraria de Milford, Michigan. La muerte es su materia prima, su monopolio. Cada año entierra a doscientos vecinos en promedio y entrega al fuego otras tres docenas. Ofrece bóvedas, féretros y osarios, vende lápidas y monumentos, flores por comisión, tiene varios coches fúnebres y todos los rincones de su pueblo le recuerdan un muerto. Pero, además, ha escrito tres libros de poemas y su compilación de ensayos El enterrador (1996) ganó el American Book Award y fue finalista del National Book Award. Veinticinco años trabajando con cuerpos y otro tanto con palabras son suficientes para que Thomas Lynch, un hombre que preparó el cadáver de su padre y luego lo enterró, pueda decir sin temor a equivocarse a qué sabe la muerte. Nos lo contó en esta entrevista.

¿Qué detalle recuerda a la perfección del día en que preparó y enterró a su padre?
Recuerdo una fuerte sensación de compromiso y deber, y la certeza de que la mejor manera de lidiar con la Muerte (en el gran sentido de la palabra) era lidiar con la otra muerte (en el sentido corporal). Por eso, al encargarme del cuerpo de mi padre -su preparación, traerlo de regreso a casa, el velorio y el entierro- estaba de hecho lidiando con la muerte de mi padre en el gran sentido existencial.

Además de un estómago fuerte, ¿qué se necesita para ser un enterrador?
Buen oído para escuchar, buena espalda para cargar y buen ojo para ver las cosas como son.

¿Su trabajo es solitario? ¿A veces se deprime?
Escribir es una tarea mucho más solitaria, se realiza enteramente solo. En cambio, los funerales son eventos muy sociables. Por cada persona muerta hay cien o doscientas personas a las que esa muerte les incumbe.

¿Sueña a menudo con la gente que entierra?
No. Aunque he tenido sueños con mi madre y mi padre y mis abuelos y otros a los que he amado y están muertos.

¿Hay algo parecido a un funeral exitoso? ¿Cómo describiría un buen funeral?
Un buen funeral lleva a los muertos y a los vivos a donde tienen que ir. Para los muertos, eso significa ir a un sepulcro, a una tumba o al fuego, de manera que demuestre que fueron importantes para nosotros. Para los vivos significa llegar hasta esa esquina de la vida en que tienen que aprender a vivir sin la persona que murió. Nosotros 'procesamos' a los vivos y a los muertos a través de esas realidades cambiantes. Por eso creo que son tan importantes las procesiones y los cortejos fúnebres.

¿Hay cadáveres más tranquilos que otros, muertos que facilitan su trabajo?
Es cierto, hay cuerpos que son más fáciles de embalsamar que otros. Pero de otro lado los muertos son moral y funcionalmente neutrales.

¿Hay muertos hermosos y muertos feos?
Nuestros seres queridos siempre serán preciosos para nosotros, nuestros hijos siempre serán preciosos para nosotros, nuestros padres siempre amados. La muerte no cambia nada de eso.

¿Cuál ha sido la mujer más bonita que ha visto muerta?
Mi madre fue hermosa viva y muerta .

¿Cuál es el muerto ajeno que le ha dolido más?
Cuando los niños mueren. No siento un dolor personal, pero sí me crea una pena existencial profunda.

En la película Harold and Maude hay un hombre muy joven y una mujer muy vieja que sienten un extraño placer al asistir a funerales. En uno de ellos se conocen y se enamoran. ¿Alguna vez una pareja ha encontrado el amor mientras usted hacía su trabajo?
El amor y el dolor son casi gemelos, y los funerales, una especie de amor al revés, así que, sí, a veces la gente se enamora en medio de su pesar. No sin cierta frecuencia he visto una gran comprensión entre la gente viuda, que le da a su nueva pareja un respeto especial por haber sobrevivido a la pérdida.

¿En qué se parece el trabajo con las palabras al trabajo con cadáveres?
No veo mucha conexión entre cuerpos y frases, pero sí la veo entre los funerales y la buena
escritura (el poder de una metáfora, los símbolos, los rituales, los íconos, la narrativa, los personajes). Las buenas historias, los buenos ensayos, los buenos poemas y los buenos funerales, cada uno requiere una disposición, un orden, un esfuerzo para que salgan bien.

Su padre estaba limpio y bien afeitado, recién salido del baño. Como en la escenal final del Doctor Zhivago, murió corriendo tras el amor. Una mujer lo esperaba en la cama pero no llegó, un infarto lo dejó tirado en toalla sobre la alfombra de un hotel en Florida. Su hijo pasó los controles aeroportuarios con un maletín lleno de instrumentos para embalsamar y dispuso su cuerpo. Le masajeó las piernas y brazos pensando en distribuir mejor los líquidos que utiliza para preservar los cuerpos, reconoció la medalla de Alcóholicos Anónimos sobre el pecho, el anillo de sello que nunca se quitó, su calvicie. Después lo lloró y le llegó una oleada de dolor.

¿Hasta qué punto la fe en las palabras, fe que usted tiene, puede curar el dolor de una pérdida como la de su padre?
No creo que proporcionen tanto una cura, como sí un consuelo. He visto cómo el "tener la historia" de la muerte de alguien en palabras es una forma de catarsis, de contener la pérdida y el dolor. Nombrando y proclamando con palabras -lo que ha sucedido, lo que se siente, lo que significa- hace que sea posible soportar su peso.

¿Qué poema sobre la muerte lo sigue emocionando?
En algún grado todos los poemas contienen pequeñas muertes y pequeños nacimientos, por lo tanto es imposible escoger un favorito. Me encanta el de Emily Dickinson After great pain a formal feeling comes, y las elegías de Seamus Heaney, especialmente las de Audenesque. Los salmos también son muy buenos en el tema.

¿Qué poema le gustaría que leyeran en su funeral?
Bajo la premisa de que no estaré ahí, no hará mucha diferencia para mí en escoger alguno. Cualquier cosa en la que esté trabajando en el momento de mi muerte podrá darles pistas.

¿La muerte es necesariamente el tema que pesa más en su trabajo literario?
No es la muerte, creo que es la vida. La muerte es una especie de punto final y pasará con nuestro consentimiento o sin él. Pero la vida es un acto constante de moldear, escoger y hacer en el día a día. Si escribiendo sobre la mortalidad le doy ciertas luces a la vida, mucho mejor.

¿Cuál es la diferencia entre una convención de directores funerarios y un congreso de poesía?
Muy poca, la verdad. Los directores de funerarias, como los poetas, tienden a vestir de negro, hablan metafóricamente, disfrutan los tragos gratis y los pasabocas. Es casi lo mismo, como con los sacerdotes, supongo. Y, bueno, todos tenemos cierta afición por los cuerpos horizontales.

¿Alguna vez un muerto le ha dictado un verso?
No, pero las memorias de los muertos sí lo han hecho.

¿Le ha perdido el miedo a la muerte? ¿Cree en una suerte de vida después de estar muerto?
No. Como todos, estoy igual de asustado por saber si allá afuera hay una bomba o un cáncer con mi nombre. Pero sí he dejado atrás un poco las preocupaciones innecesarias. En cuanto a lo otro, tengo mis esperanzas y una sensación de que tal vez permanecemos presentes para aquellos que amamos solo a través de la memoria, pero de todas formas presentes. Pero no tengo ni idea de cómo van a repartir los cuartos en el cielo o si nos van a dar a todos alas o ese tipo de cosas.

¿Cuál es la mejor forma de morir?
En compañía de los que se ama.

¿Y la peor?
En compañía de los que se ama.

En caso de ir al cielo, ¿cómo sería su cielo? ¿y si va al infierno, cómo imagina el suyo?
En mi cielo deberían estar todas mis personas favoritas, debería haber buen café y buenas revistas. También poetas y violinistas. Y mi infierno estaría repleto de dentistas y proctólogos.

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