Rosario Tijeras, el gran suceso literario de 1999 en Colombia, lanzó a la fama a Jorge Franco, un escritor paisa más bien tímido y de pocas palabras que combina en sus libros técnicas literarias y cinematográficas para contar sus historias. La razón es muy simple. Franco estudió Dirección y Realización de Cine en The London International Film School pero también adelantó estudios de Literatura en la Universidad Javeriana (no los terminó ) y formó parte del Taller de Escritores, con Manuel Mejía Vallejo, que se llevó a cabo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, y del Taller de Escritores de la Universidad Central. Franco ya ha escrito cuatro libros. Uno de cuentos (Maldito amor) y las novelas Mala noche, Rosario Tijeras y Paraíso Travel. Recientemente publicada por Planeta, esta última cuenta la historia de una pareja de colombianos (paisas, para más señas) que viajan a Nueva York en busca del sueño americano y terminan perdidos en los laberintos de la gran manzana. Jorge Franco vive desde hace diez años en Bogotá. Casado, a Franco no le gustan los perros ni los gatos y le tiene mucho miedo a los aviones y a la gente con gripa.
¿De dónde nacen esos personajes femeninos suyos que dominan sus novelas Rosario Tijeras y Paraíso Travel?
Del convencimiento de que los hombres pertenecemos al sexo débil. Las mujeres son las que finalmente terminan imponiendo su voluntad. Ellas nos llevan una ventaja enorme al poder mostrar sin recato sus sentimientos. Las mujeres son el centro del afecto y eso les da el derecho para que todo gire alrededor de ellas.
¿Cree que esa fortaleza de la mujer podría traducirse en un mundo mejor si ellas gobernaran?
No me cabe la menor duda, el problema es que en política las mujeres se parecen mucho a los hombres.
¿Votaría por Noemí o Ingrid Betancourt?
Voy a echar mi voto en blanco en las próximas elecciones.
Usted es un maestro para crear personajes femeninos. ¿Cómo le va en la vida real cuando aborda a las mujeres de carne y hueso?
Con la única que me va bien es con mi esposa, para fortuna de ella. Pero anteriormente y en general recuerdo que siempre me fue mal.
¿Usted es seductor o prefiere que lo seduzcan?
Creo que por eso siempre me fue mal, porque siempre esperé a que me sedujeran.
¿Tiene en mente alguna fantasía que quisiera realizar?
Actuar en una película de porno.
¿Al lado de alguna actriz porno en particular?
Ninguna en particular. Lo importante es que esté sana.
¿Cómo explicarle a un joven de hoy, metido en el frenesí del zapping e Internet, que un experto en cine e imágenes, como lo es usted, le apueste a la palabra escrita?
Pienso que ningún arte se acerca tanto al conocimiento de la condición humana como la literatura. Que la palabra escrita es la más precisa de todas. Que la escritura no subestima la imaginación como los medios audiovisuales, donde todo está dado. La escritura no le da espacio a la pereza mental, más bien deja el espacio libre para imaginar a nuestro antojo, para que el lector redondee a su criterio lo que el escritor quiso insinuar. Y, sobre todo, le apuesto a la literatura porque es el mejor antídoto contra la imbecilidad.
¿De dónde nació su pasión por la escritura?
Conservo el deseo infantil de imaginar y contar historias. Eso me llevó al cine y el cine me llevó a la escritura. Afortunadamente tenía el único requisito para ser escritor: ser buen lector.
¿Tuvo algún maestro o familiar o amigo que lo iniciara o fue un descubrimiento suyo?
Un día me vi escribiendo guiones, cuando estudiaba cine, y descubrí que no era tan miedoso escribir. Le cogí el gusto a la palabra escrita y una noche, la menos pensada, me vi escribiendo un cuento.
¿Qué seduce más como oficio, el cine o la literatura?
El cine puede dar más reconocimiento y más fama y tiene la ventaja de que la responsabilidad va compartida, pero como oficio prefiero la literatura, así a uno le toque asumir solo toda la carga. Lo prefiero porque es un oficio más íntimo, más de búsqueda, más maldito.
Si por algún motivo tuviera que hacer una película, ¿le gustaría dirigirla o preferiría escribir el guion?
Por mis costumbres sedentarias prefiero escribir guiones.
Usted tiene una gran facilidad para seducir con frases muy cortas y contundentes. ¿No ha hecho, o le gustaría, hacer publicidad?
Tuve una agencia que se llamó Iguana Publicidad. Yo la fundé y a los dos años yo mismo la quebré.
¿Y grafiti?
Nunca he tenido ese placer, pero a toda hora mantengo ganas de escribir en todos los muros que el Estado es un ladrón.
¿Cuáles son sus escritores favoritos?
Juan Rulfo, William Faulkner, Juan Marsé y Juan Carlos Onetti.
¿Siente alguna deuda o influencia directa de alguno de estos autores?
Eso se lo dejo a los críticos que les gusta escarbar.
¿Por qué escogió a Nueva York como el paraíso que buscaban los protagonistas de su novela?
Necesitaba de un sitio que fuera un laberinto donde cualquiera pudiera perderse y que simbolizara la magnitud y la opulencia del sueño americano. Una imagen de Manhattan (incluso después del 11 de septiembre) muestra mejor que nada la magnitud del sueño.
¿Es usted rumbero o prefiere quedarse en casa?
Fui rumbero, ahora prefiero quedarme en casa.
¿Cómo es su relación con el fútbol?
No tengo una buena relación con el fútbol, y empeoró desde que nos dejamos engatusar con el cuento chimbo de la Copa América. La no clasificación al Mundial mostró la verdadera cara del fútbol colombiano y su íntima relación con la política.
¿Practica algún deporte?
Practico squash y spinning, pero no por amor al deporte, sino por vanidad.
Hablemos un poco de cine… ¿Cuáles son sus directores favoritos?
Me gustan Fellini, Woody Allen, Almodóvar y Kieslowski.
¿Tiene algún actor o actriz en especial?
Entre los de antes me gustaban Ingrid Bergman, Jane Fonda y Elizabeth Taylor. Entre los actuales, Isabel Adjani, Johnny Depp, John Malkovich y Uma Thurman.
¿Qué clase de música le gusta oír?
La mejor de todas, la música para ‘planchar’.
¿Alguna canción, intérprete o tendencia en especial?
Me gustan desde Juan Gabriel hasta La Ley, pasando, obviamente, por Paloma San Basilio.
¿Prefiere el estilo dramático de Leonardo Favio o Sandro, o el festivo de Palito Ortega?
Eso depende del estado de ánimo. A veces prefiero el estilo provocativo de Paulina Rubio o el estilo ‘escamoso’ de Marco Antonio Solís.
¿Cómo va el proyecto de llevar al cine Rosario Tijeras?
Va muy bien. Estoy trabajando la adaptación del libro con Juana Uribe y Mauricio Reina. Algunos mexicanos nos han manifestado su interés en el proyecto. Espero que el guion esté terminado a comienzos de 2002.
¿Cuál actriz le gustaría que contrataran para interpretar a Rosario Tijeras?
Si Salma Hayek tuviera 15 años menos...
¿A cuál director le soltaría el proyecto sin pensarlo dos veces?
Me gustan los directores mexicanos de moda, como Alejandro González (Amores perros) o Alfonso Cuarón (Y tu mamá también).
¿Cómo le definiría usted el innegable encanto que tiene Medellín a un extranjero, a un extraterrestre?
Como una mujer con la mezcla deliciosa de ser puta y santa a la vez.
¿Qué le falta a Medellín para ser el paraíso?
Solamente le sobra la violencia.
¿Qué opinión le merece la radiografía que hace Fernando Vallejo de Medellín?
Es descarnada pero real, una de las tantas imágenes que proyecta Medellín. Es una de las ciudades más contradictorias que tiene el planeta.
¿Cómo se imagina usted una ciudad, un país, un planeta ideal?
Sin enfermedades, sin religiones, sin violencia, sin aviones que se caigan, sin corrupción, sin bancos, sin peajes, sin visas, sin perros, sin vejez, sin gripa, mejor dicho, todo lo contrario al mundo que tenemos hoy.
Por último, ¿cuál es su próximo proyecto?
Terminar el guión de Rosario Tijeras, matar un comentarista de libros y escribir otra novela.

(Fragmento de Paraíso Travel)
En mi colección de malos recuerdos está el trayecto de la frontera con Guatemala hasta Ciudad de México. Fue el único momento en que le dije a Reina: yo me devuelvo. Devolvete si querés, me dijo ella, se cruzó de brazos y añadió: yo sigo sola. Reina sola y cruzada de brazos, sucia, agotada, inerme en aquel escenario feroz. Entendeme, Reina, le dije y ella me preguntó irritada: ¿qué es lo que hay que entender?
Ya no llevábamos la cuenta de las horas en ese bus, hablando justo lo necesario para que nadie se enterara por nuestro acento que éramos colombianos. No se puede ser colombiano por fuera de Colombia, y hasta en el propio país es complicado serlo, como si a toda hora uno se sintiera enfermo. Pero no fue necesario hablar para admitir que ya estábamos derrotados, que nada tenía qué ver lo que nos sucedía con lo que nos prometieron.
— Yo sigo sola—, repitió Reina. Estaba sentada y yo iba de pie porque sólo logramos un asiento y nos lo turnábamos entre los dos. Pero me acuclillé y recosté mi cabeza en sus piernas. No puedo más, le susurré. Y ella, pegada a mi oído, me dijo: —cuando terminemos se nos va a olvidar todo esto—. Le besé los muslos a pesar de que sabía que a mí me enterrarían con ese mal recuerdo.
En esas sentí que de arriba había caído algo. Fue la maleta que habíamos puesto en el portaequipajes, un poco más atrás de nuestro asiento, porque encima ya estaba lleno. Pero no había caído sola sino que alguien la había tirado y en su lugar pusieron otra.
—¿Qué es lo que pasa?— se volteó Reina desafiante.
—Ese equipaje estaba en mi lugar— vociferó una india vieja con cara de hombre.
La que se armó. Reina alegó que ni los asientos ni el portaequipajes estaban numerados, y la otra dijo que, por lógica, a cada uno le correspondía el que estaba encima. Reina tiró la bolsa de la otra al piso y subió la nuestra, y la otra la quitó de nuevo para poner la suya y así hasta que todos tomamos parte en la disputa. Los que iban con nosotros se nos unieron, y cuando la Reina y la india se iban a dar puños, el chofer frenó en seco y llegó gritando por encima de todos hasta el epicentro, no para calmarnos sino para jodernos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.