Eran casi las seis de la tarde, cuando del otro lado del teléfono Aurora decía: "Te espera en diez minutos". El maestro estaba dispuesto a hablar. Un cuarto de hora más tarde, la corpulenta ama de llaves, que antes me entregó el mensaje, abría la puerta del departamento. Don Augusto Roa Bastos (87) esperaba tranquilo en el sofá de la sala. Simulaba un aire distraído, mientras hojeaba un libro. El premio Cervantes 1989 dio un lacónico "buenas tardes" antes de abrir fuego, ametrallando con metáforas incomprensibles cada pregunta consignada en el libreto de las improvisaciones.
Al entrar en el mundo cotidiano de Roa no hay dudas de que su fascinación por las mujeres lo ha llevado a ser casi un dominado. En su departamento, ubicado en un barrio residencial de Asunción, lo gobiernan Aurora y Lisa, encargadas de la casa y de todo lo que concierne al escritor. Ellas supervisan quiénes lo visitan, qué comerá, a dónde irá, con quiénes hablará.

"La mujer es el universo andando, tiene el privilegio de parir hijos", dice. Lamenta que en su vida no tuvo muchas oportunidades de conocer esos "universos andantes y profundos". Roa dialoga y en ese plan lo oigo, tratando de adivinar qué está queriendo decir con sus metáforas.

Buenas tardes, maestro.
No me digas maestro, yo soy solo un aprendiz.

Entonces, si le digo nene, ¿está bien?

Está bien, vos me podés decir lo que quieras, me podés llamar como quieras. (Con esa licencia, la conversación toma un tono más personal, como de grandes amigos).

Entonces, ¿no tuvo suerte con las mujeres?

En qué sentido... ¿sexual?

Sexual, mental, amoroso...

Sexual, poco. Yo siempre creí que el sexo era negativo.

¿Cuánto es poco?

Poco serían unas 237 mujeres, pero me falta todavía conocer más (el escritor estuvo casado en tres ocasiones. La primera esposa fue Muñeca Duarte Rodi y la última, la española Iris Giménez).
Del otro lado de la sala, Aurora y Lisa van y vienen a la cocina; don Augusto observa esa puerta entreabierta, como temiendo que las mujeres aparezcan para hacer algún tipo de comentario.

¿Por qué lo negativo del sexo?

No sé qué fenómeno me ocurrió. La verdad es que la mujer me interesa muchísimo, pero viví siempre despreciándola. Es un contrasentido que nadie puede explicar; porque si a uno le interesa el mundo profundo de la mujer, el mundo íntimo, tratará de conocerlo. No tratará de apropiarse de él, sino entregarse como una presa.

¿En el amor cómo le fue?

Me fue mal, ahí no hay duda posible. Nadie me quiso. No sé, ese es mi misterio.

Nadie me conoce
Roa nació en Asunción el 13 de junio de 1917, pero él insiste que vio la primera luz en Iturbe. Su infancia la vivió en ese pueblito distante a 210 kilómetros de la capital, donde su padre, Lucio Roa, trabajó como administrador de un ingenio azucarero. Sus primeros contactos con la literatura se dieron a instancias de su progenitor, quien lo obligaba a leer libros antes que entretenerse con otros niños de su edad. Pero a esta altura de su vida, como diría David, un amigo, Roa se da el lujo de crear su propio pasado. "Yo fui boyero durante mi niñez y mi juventud; llevaba la caña de azúcar a la fábrica", comenta contradiciendo su propia versión oficial que consta en algunos libros biográficos.

De grande, participó como voluntario en la Guerra del Chaco, trabajó como periodista de radio y diario y llegó a ser jefe de redacción del diario El País, de Asunción. Su oficio periodístico lo llevó a Inglaterra y Francia. En 1947 estalló en Asunción un movimiento revolucionario en el cual Roa fue involucrado y, en consecuencia, exiliado a Buenos Aires. Ahí conoció a la crema literaria argentina que influyó en la difusión de sus obras. Roa también fue profesor en la Universidad de Toulouse (Francia) donde enseñó guaraní y literatura hispanoamericana. Sus obras más conocidas son Yo el Supremo e Hijo de hombre.

El repaso por su vida se interrumpe con un silencio pesado. Roa parece buscar el punto focal de sus ideas, como hilvanando cada frase que irá a decir: "Podría tenerte dos años contándote mis cosas y vos tomando apuntes. Pero hasta ahora no se me conoce, nadie me conoce".

¿Qué es lo que le gustaría se conozca de usted?

No sé. Eso ya depende de quién viene a buscar algo en mí. Yo no sé quién soy. Creo que soy un mendigo disfrazado de hombre civil, pero en el fondo soy un pobre hombre, un farsante.

¿Por qué?

Porque la grandeza es de poca gente, no es una cosa que se pueda heredar ni comprar en el mercado. La grandeza se construye; cada uno es dueño de esa construcción secreta.

Cero en tecnología
Roa se fue construyendo a través de sus años de profesor en Europa y ahora lo sigue haciendo con la poca gente que tiene el privilegio de hablar con él personalmente. Las horas propicias para el encuentro son las tardes, cuando el sol dispara sus últimos rayos a través del ventanal. Desde ahí se lo ve inmaculado, casi irreal; sus palabras aparecen desde el fondo de sus entrañas. Roa escupe sus sueños y alimenta sus ganas de seguir trabajando. "Ahora sigo escribiendo, mis notas son para dos libros que estoy haciendo. Uno es sobre la vida cultural del Paraguay y el otro es un volumen de aforismos".

Esas ansias laborales lo llevaron a adaptarse, a regañadientes, a la tecnología. Abandonó su vieja máquina de escribir, la sustituyó por una computadora, aclarando que solamente la usa para escribir sus textos, "y no para las otras cosas que se hacen con la computadora".

¿Qué tal se lleva con internet?

No conozco, no puedo opinar. Habrá de ser una gran cosa, mucha gente se sirve de internet. Me encanta oír esos relatos sobre las cosas que yo no conozco, pero hasta ahí no más.

Internet tiene mucha información, ¿cómo se entera de las últimas noticias, por tele tal vez?

Veo poco la tele. Me disgusta ese asunto de superficialidad de los programas de televisión. Creo que vivimos en un mundo muy complejo en el que cada cosa es un asunto para meditarlo mucho, para vivirlo, no es leyenda solamente. La literatura para mí es vivir un texto, no leerlo solamente.

¿Cómo vive lo que lee?

No solo imaginando a los personajes, sino imaginando que son seres vivos, como nosotros los vivientes, pero de otra especie, de otros mundos, de un porvenir lejano todavía que no conocemos. Son del futuro que se va haciendo y a medida que nos acercamos, ese mundo se aleja y siempre está fuera de nuestro alcance. Esto es bueno porque o si no, nos hubiéramos vuelto muy orgullosos. Pero puedo decirte que veo en tu rostro una humildad profunda. ¡No me desmientas!
Nadie se atrevería a desmentirlo, al menos yo no, más aún cuando todas esas palabras recitadas con ese tonito poético son bellísimamente incomprensibles, metáforas que le dicen.

Tengo dos vidas
Por momentos, Roa habla demasiado pausado; toma aire, se cansa rápido. Hace poco salió del hospital y el doctor le recomendó el mínimo de contacto posible con gente extraña; Aurora y Lisa se encargan de cumplir a rajatabla la indicación médica. El escritor piensa que los hospitales son muy fríos y es muy bueno estar de vuelta en casa para dedicarse a sus escritos y contemplar las cosas aparentemente pequeñitas y sin importancia.
"Todo el tiempo estoy como esas plantas que absorben, que van recibiendo cosas que ni sé qué son, pero que se van integrando; se incorporan a mi vida real y a mi vida irreal también. Porque yo tengo una vida real que es la más pobre y la irreal que no sé si es la más rica, pero por lo menos más variada".

¿Cómo es esa vida irreal?

Es tratar de conocerme. Yo no puedo conocerme a mí mismo de otra forma que no sea a través de otros. Y resulta que mi poder de captación del otro es muy débil... (dice inclinándose hacia adelante, como lo hacen los que van a confesarse), me acabo siempre enamorando, sobre todo si es una mujer.

¿De mí, por ejemplo?

No sé, eso es cosa del destino. Ojalá. En eso no quiero adelantar nada porque se desvía el concepto que tiene de la vida un ser humano. La mujer es un ser muy sensible al que todavía no se le ha dado el lugar que le corresponde y al que todavía los hombres no conocen. El hombre es muy orgulloso, cree que él es el principio y fin de una especie de historia fantástica.

Veneno para hormigas
Las dos mujeres de la casa irrumpen en la sala, toman asiento silenciosamente como espectadoras que llegan tardíamente a una función. Por si acaso, tomo la irrupción como una sutil invitación a retirarme. Trato de confirmarlo preguntando de una vez; las mujeres responden con una carcajada y Roa lanza un comentario conciliador: "Podés quedarte todo el tiempo que quieras". Dado el diálogo con público incluido, ensaya un tono más formal y sobre todo enigmático en sus respuestas.

¿Cuál fue el mejor libro que leyó?

¿Yo?... todos los libros que leí son los mejores. De los que me falta leer son los que yo no conozco y me encantaría conocerlos.

A su edad ¿usted lee los libros o se los leen?

Nooo... Si te los leen no se entiende nada. Yo los leo.
¿Cuántas horas al día dedica a la lectura?
Las que puedo. A veces me paso 24 horas leyendo y después sigo. A veces ese tiempo no me alcanza para poner sobre la mesa el conocimiento general de los grandes temas.

¿Cuál fue su obra cumbre?

Un veneno para las hormigas que no acabó con la especie. Me comían todas las plantas y yo les dije: "O yo, o ustedes". Movieron negativamente la cabeza y les encajé el veneno. Entonces comenzaron a florecer como promesas estas realidades que yo manejo ahora y de las cuales podríamos hablar, horas, meses, años.

¿Qué es lo que le preocupa?

No me preocupa nada, me ocupan muchas cosas.

¿Qué cosas lo ocupan?

Por ejemplo, el sentido del amor, el sentido de la traición. Yo acabo de tapar una especie de huesa que era toda una especie de montaje de una traición en mi contra, pero no tiene ninguna importancia.
Si no la tuviera no la hubiera mencionado.
Bueno, vamos a decir que sí.
¿Quién lo quiso traicionar?
Y, unos desconocidos. Con eso te digo que no puedo contar.

Todos somos libros
Otra vez el silencio se apodera de la sala entera. Afuera se escuchan algunos autos apresurados que parecen jugar una carrera por llegar primeros a algún lugar. La incomodidad de estar callados parece durar horas, pero solo se trata de unos segundos. Roa arregla la situación con un comentario trivial. Cuenta que se levanta temprano, porque gusta del olor de las plantas. No sale mucho, pero cuando lo hace va a otros pueblos. "No hay pueblo chico, todos tienen una sustancia profunda que me fascina". Le siguen otras trivialidades que terminan en un comentario sobre comidas. El premio Cervantes 1989 se autocalifica de excelente cocinero.
Así que sabe cocinar.
Algunas cosas sí.

¿Qué por ejemplo?

Si te digo huevo frito, no ganamos nada. Sé hacer algo más que eso, muuuchas cosas, pero en especial, pescado hervido. Ay, ay, ay. ¿No estás molesta por mi manera de hablar? Te pregunto para que seas sincera.

¿Usted está molesto con mis preguntas?

Jamás. A mí las preguntas me encantan, me fascinan.

A propósito, el cliché viene al pelo, ¿qué fue lo que siempre quiso responder y nunca le preguntaron?

(Silencio) ... y vos tampoco me lo estás preguntando lo que yo considero como lo más grande.

¿Y qué es lo más grande?

Y es tan grande que no cabe en la imaginación de un ser humano.

¿Alguna aproximación?

Una aproximación sí, pero eso a través del contacto directo de la... de una... hay también una lectura diaria de los seres humanos.

¿Cómo es?

A través de un contacto personal. Todos somos libros, solamente que nos faltan lectores. Lo cual es una lástima, porque habiendo tanto que leer y no habiendo lectores hay una evidente desproporción del universo. Esta desproporción genera una terrible descomposición en la sociedad. Uno se vuelve orgulloso, pretencioso; cree que es el dueño de todo y lo único que es cierto es que a medida que uno avanza en esa especie de carrera loca del poder, uno va decreciendo en su verdadera dimensión, en su real dimensión. Todos esos son temas de ejercicios, de lecturas profundas, de conversaciones como la que estamos haciendo nosotros. Yo no pretendo enseñarte nada, pero vos me estás enseñando mucho con tu silencio.

Lecturas carnales
Sin saber que lo hacemos por penúltima vez antes de abandonar el diálogo metafórico con Roa, quedamos nuevamente en silencio. Aurora me indica que ya es hora de marcharme. Me despido de ella y de Lisa, primero, y por último, de él.
Entonces el escritor toma mi mano largamente y dice: "Yo querría saber un poco más y mientras no sepa un poco más soy un pobre ignorante. No siempre se aprende de una cosa nueva, es difícil sacar una especie de prolongación, proyección de esas lecturas. Y las lecturas no solamente pueden ser visuales también pueden ser carnales. Yo confío en la lectura real de las cosas; el que pone sus manos en el cuerpo de una persona y palpa sus latidos, esa persona sabe más que quien lee. Ese latido tiene un lenguaje secreto que te conduce a la aproximación de lo absoluto".
Por el momento, lo absoluto en su sentido más práctico me muestra la puerta de salida. Aurora se despide con una sonrisa enlatada. "Si tengo alguna duda, me gustaría volver a hablar con él", le digo a modo de despedida. De cumplido, me dice que puedo volver cuando quiera.

*Esta entrevista salió publicada en la Revista Dominical del diario ABC Color, el 23 de enero de 2005.

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