Día uno, A las siete y media de la mañana timbran en la casa. Afuera, un carro blanco. Me saluda el instructor desde el puesto del copiloto. Supongo que se vaa a correr. Pero no. Me dice que me suba al puesto del conductor. Miro el timón. Tiene una H como torcida. Un Hyundai. Me dice que arranque. Que entre al trancón de la hora pico de la 127 con 19, ahí no más, a media cuadra de distancia.
El pánico es total. Por la radio suena un vallenato llorón. Le pido el favor de que lo apague. Si estoy condenado a morir no quiero hacerlo con semejante banda sonora tan patética.
-¿A uno no le enseñan a manejar en un parque?
El instructor se ríe. "Eso es en las películas".
Bueno, esa platica se perdió. Me quiero bajar ya del carro y se lo digo. El instructor se apiada y me lleva a Tierralinda y al Spring, esa zona entre la Autopista Norte y la Avenida Suba al norte de la 127. El paisaje es hostil. Edificios como cajas de bocadillo, potreros. Pero las calles son muy anchas, casi sin tráfico. Solo se ven taxis. Uno que otro taxi. El instructor se llama Óscar.
08:02 a.m. Alcanzo los 20 kilómetros por hora. Mi mayor récord de velocidad, supongo, son tal vez 25 ó 30 kilómetros por hora que alguna vez habré alcanzado en una bicicleta, aunque de pronto, bajando de Patios, es probable que haya llegado a 40. El pánico ha desaparecido por completo. Siento de pronto que esto lo he hecho toda la vida. El lío, lo sé, es que uno no puede manejar así, pensando todo el tiempo en todo: meta clutch, saque acelerador, meta segunda, para poner direccional a la derecha se mueve la palanquita hacia arriba (¿o es hacia abajo?). En algún momento me siento como Kurt Russell, el protagonista de una película de terrorismo en el aire que intenta aterrizar un 747 en un aeropuerto para avionetas de Washington y se dice de todo en voz alta: "¡Tren de aterrizaje!". "¡Agregar potencia!". "¡Flaps!".
08:11 a.m. Alcanzo los 40 kilómetros por hora. Ya estoy acercándome a Eddy Merckx cuando batió el récord mundial de la hora. El carro se apaga todo el tiempo. Saco el clutch demasiado pronto. La culpa es del pie izquierdo. El derecho, desde décadas acostumbrado a meterle pedal a un piano, fluye sin problema entre el freno y el acelerador. Pero el izquierdo en términos prácticos es poco más que una pesada y torpe prótesis que no logro controlar.
En algún momento miro a Óscar y descubro con horror que sus pies están muy lejos de los pedales auxiliares que él opera. En otro momento busco su aprobación con la mirada por alguna maniobra pulcra que acabo de hacer y lo veo muy concentrado en la lectura de un folleto con ofertas de electrodomésticos. Me le mido a la calle 129, que tiene busetas, hago una U, esto ya es demasiado... ¡En un solo día! Todavía soy incapaz de mirar bien por el espejo.
09 23 a.m. El momento es histórico. Acabo se superar los 60 kilómetros por hora. Este sí es un récord de velocidad absoluto. Ya va siendo hora de regresar, así que Óscar me lleva a un conjunto de edificios donde recogerá a su siguiente alumno. Mientras baja, me pone a encender el carro, acelerar y frenar. Baja el alumno, como 30 años menos que yo, y se sienta atrás.
Ahora sí, la gran ciudad. Debo regresar por la Paralela. Descubro que no les tengo miedo a los camiones ni a las busetas, a tener que frenar de improviso. Algo queda en mi disco duro de los tiempos en los que me metía en bicicleta por la Caracas, la séptima, la 13. Una vieja de un Skoda me pita porque sí. Me da una furia infinita, la alcanzo cuando frena un par de cuadras más adelante y me pongo a pitarle frenético. Llevo apenas dos horas y media de clase y ya comienzo a adquirir los pésimos hábitos del típico conductor bogotano. "No les pare bolas a los que pitan", me dice Óscar. "Déjelos que piten": "La consigna", agrega, "es aprender a manejar a la defensiva".
Logro hacer algo que consideraba imposible: tomar la oreja del puente de la 100 y subirlo sin que se apague el carro. Han sido demasiadas emociones para un solo día. Me quedo en la 100 arriba de la 15 y camino feliz hasta la calle 93B.

Día dos
Llegan a recogerme a la 93B. Esta vez en un jeep. Un Vitara, creo, y un nuevo instructor. Nada que ver con Óscar. Comienza con una detallada lección teórica. Que antes de arrancar hay que revisar estado de las llantas, que el líquido del extinguidor no haya caducado, a qué distancia debe quedar la silla del timón. Que se debe tomar el volante en la posición 10 y 10. Que uno debe revisar antes de salir aceite, líquido de frenos, agua... Me enseña a poner en su sitio los espejos y un cuarto de hora después arrancamos hacia el Coliseo El Campín. El clutch del jeep es más duro, así que se me apaga cada media cuadra. Otra vez el concierto de pitos detrás de mí. Otra vez me entra el atafago, con la muñeca me la paso prendiendo los limpiaparabrisas pero por fin logro entrar en la 92 y la 30 y el tráfico fluido mejora la cosa.
Estoy en la zona de acceso del Coliseo El Campín. Me van a enseñar a parquear. Eso sí que no lo puedo creer. Para mí, parquear era todo un misterio incomprensible pero Roberto (ya le pregunté el nombre al nuevo instructor) me dice cómo agarrar el timón cuando se echa reversa, cómo mirar y logro parquearlo en mi primer intento. Igual, ni me imagino intentando lo mismo, no entre dos astas de banderas sino en uno de esos parqueaderos con columnas de concreto y espacios donde apenas cabe un Mini Morris y en los que los arquitectos pretenden que quepa una Cherokee.
Es hora de regresar pero antes, aprender a arrancar en subida. Nos vamos por los lados de la 63 arriba de la Circunvalar, donde hay un retorno con una curva tan cerrada que parece inspirada en el Gran Premio de Mónaco. Logro tomarla sin despistarme. Luego, por la Circunvalar hasta la 92, por la séptima hasta la 134, regresar por la novena y la 106, otra vez la séptima y nada, así acaba el día del jeep.
Mentiras, dos cuadras antes de entregar las llaves, en el cruce de la 94 con 13 que está en rojo, un traqueto con placas de Bogotá pero pinta de Envigado se mete en segunda fila y se me cierra. El tipo arma un trancón de la Madonna. Me dan ganas de echarle el carro encima, de estrellarlo. ¿Manejar será eso, sentir ganas de asesinar a todo el mundo?

Tan pronto lo recogen para su primera clase, el instructor le ordena tomar el volante y coger la 127 con 19 en plena hora pico. El pánico de Arias es total. Su maestro se apiada y lo lleva a un lugar más tranquilo: Tierralinda y el Spring, justo entre la Autopista Norte y la Suba con 127.
No Se La cree. Ha superado su límite de velocidad de 30 km/h en bicicleta. Ahora se echa hasta un pique contra una zorra.
En su última clase salió de paseo por la vía a Cota, Chía, Cajicá y Zipaquirá. Alcanzó los 110 km/h pero sufrió al pasar una mezcladora que botaba humo.
Día tres
De nuevo Óscar y su Hyundai. Los pedales son distintos a los del Vitara, así que me toca acomodar la tiesera natural de mi pie izquierdo a la tiesera de la bota. Óscar se aburre como una ostra y cada vez que puede se burla de mis repetidas torpezas.
-Coja la 15.
El tráfico bogotano es un matapasiones muy eficaz. El pánico del jueves y el entusiasmo del viernes se han convertido en resignación. Óscar pretende que hoy aprenda a arrancar en subida, así que enfilamos hacia la Circunvalar. Clutch y freno, soltar clutch poco a poco, cuando el carro vibre soltar freno y pisar acelerador... Cuando no es la bota la que se enreda en el labrado del tapete plateado del caucho es el tobillo que se siente atrapado por la bota y claro, el carro se apaga. Estoy aterrado. Todo esto sucede en una curva cerrada y a cada momento siento que alguien que suba a 80 se va a llevar por delante el carrito blanco.
Bueno, ese día se paseó rico. Autopista Norte hasta antes del peaje, ya metí cuarta y fui más rápido que un TransMilenio (nuevo récord absoluto, 80 kilómetros por hora) regreso por la séptima, otra vez el desespero de lidiar con la cambiadera de carril de los buses.

Intermedio
Aún me falta la clase de carretera. Acabo de llegar del Gran Premio del Brasil, así que tendré que corregir ciertos tips que aprendí en Interlagos, como que las curvas cerradas se toman a 90 kilómetros por hora, las no tan cerradas a 150 y que en las rectas hay que circular a 270 ó 320.

Día cuatro
Como cantó alguna vez míster Bob Dylan, "on the road again". De nuevo el Vitara, de nuevo Roberto. Es un viernes muy soleado, insólito en estas semanas de aguaceros. El prometido fin de curso en Mesitas del Colegio y El Triunfo me lo cambian por un paseo sabanero por los lados de Cota, Chía, Cajicá y Zipaquirá. Claro, salir de Bogotá es, una vez más, una muy persistente lección de meta primera, frene, meta clutch, saque clutch, acelere, meta primera, frene, como media hora en esas por la 127 con avenida Suba, la Boyacá y la 80... y bueno, salvo los pitos allá atrás a los que no les presto ya ninguna atención, todo resulta muy tranquilo. Nada que comentar. Tan tranquilo, que a Roberto le queda tiempo de sobra para hablar de Fórmula 1, de McLaren, de Ferrari, todo muy normal. En Cajicá y Chía me comporto como todo un caballero con los peatones y los ciclistas, al fin y al cabo ellos son de los míos, mi gente, lo más grande de este mundo.
A veces me queda grande dar una curva y supongo que saco de casillas al pobre que viene detrás de mí. Ya de regreso por Briceño comienzo a sufrir de nuevo. Ir detrás de una mezcladora que bota humo negro y no ser capaz de sobrepasarla, tengo graves problemas para no meter al pobre carro entre los huecos (eran muchos y cogí por lo menos cuatro de cinco), en los reductores de velocidad y en los policías acostados le hago un muy riguroso test al sistema de amortiguación del carro y por la Autopista Norte, en algún lugar entre Briceño y los silos de Almaviva, alcanzo los 110 kilómetros por hora.
El regreso, otra vez por la 80, me enfrenta de nuevo a buseteros y un Renault 12 que se me cierran, y uno que otro pito. Mi aventura automovilística termina en Villas de Granada, donde una vez más descubro que soy un inepto para esquivar huecos sin poner en serio peligro a quienes transitan cerca de mí.
He llenado el requisito de las prácticas, técnicamente ya sé manejar, pero no me puedo engañar. Una cosa es salir en un carro de enseñanza por las calles de Bogotá y las carreteras de Cundinamarca, y otra muy distinta saber manejar.

Reflexiones finales
1. La mejor manera de vengarse de un taxista o de un yuppie malgeniado casado con una esposa mal polvo no es madrearlo sino tomarse con aún más calma la arrancada en primera. Es un placer de dioses ver el semáforo ya en verde y sentir en el pie del clutch la vibración del motor aderezada por los pitos atrás. ¿Con que mucha pitadera? Pues les cuento que yo ya puedo manejar carro mortuorio por el carril de velocidad de la Autopista. Y arranco como si estuviera a bordo de uno de los Cadillacs de la Funeraria La Candelaria.

2. Definitivamente es mucho más divertido caminar que manejar. A uno nadie le pita cuando se le desamarra el zapato y frena en seco para amarrárselo de nuevo.

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