"La vida de un cristiano vale mil pesos". En esa frase de mi amigo el camionero Juan Domingo Chávez pienso mientras trato de que no se me escape ningún pasajero. La ruta Villas de Granada-20 de Julio hace normalmente $40.000 de producido y yo, en mi primer y único día de busetera, no me puedo dar el lujo de hacer menos.
Me sentí preparada. Ese sábado salí muy temprano de mi casa, y me amarré con fuerza unos tenis de boxeo para enfrentarme al tráfico bogotano. En un taxi, rumbo al paradero de buses de Sidauto ubicado en la calle 71 con carrera 112 A, pensé en los dos meses que llevo esperando que llegue ese día. Y, sobre todo, en los miles de trámites y vueltas que tuve que hacer.
Lo primero fue sacar el pase de categoría 5, que permite manejar motocarros, automóviles, camperos, camionetas, camiones rígidos, buses, busetas y TransMilenios. Para eso, tuve que aprender a conducir una volqueta.
En julio, el mes de la Virgen del Carmen, patrona de los choferes, empecé a manejar una Kodiak 600 modelo 95, de 2,40 metros de alto y 4,30 de largo, color blanco calma. En 15 minutos de un viernes a la madrugada, Juan Domingo, el de las frases célebres, me enseñó los cambios (me insistió en que la primera se ponía metiendo la palanca para atrás) y la manera en que funcionan los frenos de aire. Me ajustó la silla, me puso el cinturón y me dio las llaves. Durante mi primera vuelta por la calle 26, fui muy varón, pero también muy hembra.
Es que con su vocación pedagógica, Juan Domingo me inspiró una protección especial. En una hora y 45 minutos me hizo completar siete frases. "Si no miro los espejos, ¿qué pasa? A ver, ¿qué pasa?: a-n-d-e-n-e-o". "Si no respeto los semáforos en rojo, ¿qué pasa? Repite conmigo: ¿m-eee. m-eee.? ¡me m-a-a-a-t-o!".
Después de diez horas, de a dos por semana, Juan Domingo me dio el aval. Podía manejar un bus o una buseta. La despedida no fue fácil. Me había acostumbrado a él y a la volqueta. "Mi princesa, le va a ir bien, ¿no ve que usted maneja como un hombre?", dijo. Quedé entusada.
A las tres semanas, después de hacerme un examen médico que dice que soy apta psicológica y físicamente para manejar un bus y otro óptico que certifica que veo bien de lejos, buscamos la buseta apropiada. Una Agrale azul, de carrocería brasileña, motor alemán y 30 puestos, que equivale a las ejecutivas de hace años. En teoría no pueden llevar pasajeros de pie, pero para ellos "son la misma cosa que los demás buses y colectivos".
Los tenis de boxeo me daban una seguridad chimbísima. Llegué temblando al paradero de Sidauto en Villas de Granada, donde había siete busetas listas para salir, cada una a diez minutos de la otra. Si la mía era la última, tendría más de una hora para relajarme.
Allí estaba Oder, el paisa de 35 años que me acompañaría a manejar su bus. Después de preguntarme con extrañeza si yo iba a manejar, insistió en que todo recorrido había que empezarlo bien tanqueado. "No solo metiéndole los $40.000 de gasolina que se come el bus por recorrido, sino también un buen desayuno. Siga aquí a la cafetería", dijo.
Me impresionó ver que un mesero gay era el que nos traía la carne con arroz y el caldo de costilla con que nos tanqueamos. Al fin y al cabo el mundo de los buseteros es absolutamente masculino. De 500 que trabajan para Sidauto, solo seis son mujeres. Incluyéndome a mí, por ese día.
Yo esperaba que Oder fuera tan pedagogo como mi camionero. Pero no fue así. Sentí que le chocaba que una venida a más fuera a hacer su trabajo. Por eso me dio tanta pena decirle que el pase me lo acababan de entregar el día anterior y que había aprendido a manejar bus en una volqueta de academia. Repitió tres veces que él había aprendido con la vida, que un pase lo sacaba cualquiera con dos o tres chanchullos en un par de minutos y que "la práctica hace al maestro".
Y no cualquier práctica: solo aquella que da la experiencia de haber pasado, como él, ocho años manejando. Primero como provisional, después como "contratado y con seguridad social", hasta lograr hace poco comprar su propio bus. La buseta de placas SIM410 le costó cerca de 90 millones, que aún paga con sus hermanos. De los $180.000 que recoge en promedio por turno (hace un turno de 5:00 a.m. a 2:00 p.m. él, y otro de 2:00 p.m. a 12 p.m. su hermano), destina $100.000 para la cuota, $40.000 para gasolina y los $40.000 restantes los suma para completar un sueldo que ronda el millón mensual.

"Antes de manejar" el bus,
Lariza tomó un curso para sacar el
pase de categoría 5 en un Kodiak
600 modelo 95, de 2,40 metros
de alto y 4,30 de largo. A las tres
semanas asisitió a un examen
médico que confirmó que ve bien
de lejos.
 
 
Lariza recibe instrucciones muy detalladas del dueño de la buseta
y sale del parqueadero Sidauto en Villas de Granada. Le entrega $300
al calibrador, encargado de medir los tiempos entre busetas y, poco
después, daña uno de los rines contra un andén. Pero sigue en la lucha.
Lo que más estresa a Oder y a sus compañeros es aguantarse los trancones de Bogotá y "tragarse el esmog". También les jarta la que consideran una persecución de la Policía y sentirse arrinconados por la entrada en funcionamiento de TransMilenio. "Es que la gente prefiere los busecitos rojos porque ahí no se mama los trancones, eso nos tiene jodidos".
Oder no ayudó a disminuir mi estrés. Pero después de hacer uno de sus recorridos diarios entendí las razones de su sequedad, y hasta cierto punto de su neura. Llegó la hora de salir y me acerqué al bus como quien va a montar por primera vez un caballo. Durante un minuto miré la tabla: "P27-C120, Villas del Granada, Calle 68, Álamos Norte, Avenida Boyacá, SAO, 1o de Mayo, Bavaria, 20 de Julio". El pavor aumentó cuando caí en la cuenta de que todos esos serían mis destinos.
Me subí. Mi tutor se limitó a decirme cuáles eran los cambios y que tenía que mirar los espejos. Arranqué sin mucha ayuda porque, según él, los conductores con pato son mal vistos. La salida de Villas de Granada fue fácil. Hasta que llegó el momento de recoger al primer pasajero. Una mujer de no más de 20 años cargada de cajas y bolsas levantó su brazo con timidez. Frené y esperé a que estuvieran arriba todos sus corotos. Porque si de algo me acordé fue de lo asustador que era que los buses arrancaran antes de que uno pasara la registradora.
Menos mal el pasaje vale $1.000 y todos los que se subieron pagaron en sencillo. La recogida de la plata no me afectó. Seguí concentrada en no marear a los 17 pasajeros que ya había montado en la carrera 104. Y también en hacerle el producido a Oder, quien me advirtió que cuando me encontrara con otra buseta de la ruta tenía que meter la pata a fondo en el acelerador y cerrármele. Entendí que era un chofer consecuente con esa sentencia del pedagogo que retumbaba en mi cabeza: "La vida de un cristiano vale mil pesos".
Antes de salir a la 80, se me acercó a la ventana un calibrador de menos de 20 años, cuya misión es informarles a los choferes qué tanto tiempo se llevan con sus compañeros de ruta. Me dijo que el bus de Sidauto que había salido adelante me llevaba doce minutos de diferencia, y me debería llevar diez. Le di $300 y aceleré. Me sentí cómoda en la avenida. Tenía temor de que los pasajeros pensaran que era una lenta. Por eso, y para adelantar una zorra que me estaba enloqueciendo, tomé el carril de la izquierda.
Mi obsesión con la velocidad me hizo perder dos pasajeros. Oder me miró rayado. Estaba cansado de tener que ayudarme a meter los cambios. Más de una vez metí tercera en vez de primera. La buseta estaba llena: 27 pasajeros; dos de pie. "Eso es sobrecupo", me recordó Oder. "Si nos encontramos un tombo le quitan el pase". Lo que me faltaba. Como me vio estresada y para animar a los pasajeros, Oder decidió poner música. Recordé lo espantoso que era oír Candela Stereo a todo volumen en un bus. Pero esta vez era peor. Fuera de que estaba concentrada en recoger pasajeros, la música no me dejaba oír el timbre de los que se querían bajar. Bajé el volumen, miré por el retrovisor y había tres personas paradas en la puerta. Llegó la revuelta esperada: "Ole, que pare, que pare que se van a bajar", gritaron. Traté de buscar un paradero pero hice el ridículo. La gente quería bajarse en la mitad de la calle y Oder insistió: "Uno tiene que complacer al pasajero. Recogerlo y dejarlo donde quiera".
Segundo calibrador. El bus de adelante va a 18 minutos y el de atrás a seis. $300. Me están alcanzando. Tomé la avenida Boyacá a toda carrera. Dejé cinco pasajeros sin recoger. Oder ya estaba furioso. Pero no tanto como cuando, para recoger a otra mujer -la primera que por fin estaba en un paradero- andenié y rayé a más no poder la copa delantera de la buseta. Se me partió el corazón. Y se me bajó al piso la autoestima. De ahí en adelante cinco pasajeros más quedaron con el brazo alzado, aterrados de que en medio de la guerra del centavo un bus no les quisiera parar. Me ganó el estrés y le pedí a Oder retomar el volante para subir al 20 de Julio.
Me sorprendió su sonrisa, nacida no de la cordialidad sino de que le cediera el volante. Llegamos al paradero. "Cuente el producido". $33.000, $7.000 menos que lo que se hace Oder. Los $7.000 de los siete cristianos que dejé de recoger en la hora y 35 minutos que duró mi recorrido (veinte más que lo que dura el que hace él).
No podía terminar la mañana sin parquear la buseta. Abajo, en medio del barro del potrero, estaban diez conductores. Todos tomando tinpanela y esperando sus respectivos turnos para salir. Oder arrancaría otra vez en 20 minutos para Villas de Granada. Yo me monté a un taxi con la satisfacción que me dio su frase de despedida: "Todo iba bien hasta que se pegó la andeniada. Yo le pondría siete sobre diez. Fresca, usted se ve que es una de esas mujeres que algún día terminarán manejando como todo un varón".

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