Poco recomendable en tiempos que demandaban una literatura comprometida con las desigualdades sociales y con la lucha de clases. Eran tiempos a la vez de sueños y dogmatismos, y yo, como algunos, caí en la trampa de no leer en mis épocas universitarias al maestro argentino, apoyándome también, creo, en las obvias dificultades que su lectura me presentaba.
Por fortuna, la realidad me iba a obligar a volver a sus libros muy prontamente; en mi trabajo de maestra de adolescentes el programa curricular me exigía no ignorar a Borges, de modo que, temerosa, lo abordé inicialmente por una puerta que habría de traerme infinitos deslumbramientos: su poesía. Recibí entonces una primera lección: ¡en tiempos de experimentaciones vanguardistas, de lenguajes herméticos y disonancias musicales, era posible escribir poemas tersos, transparentes, con rima y métrica como en la poesía clásica, pero cargados de una tremenda modernidad! Y no solo eso: Borges sostenía, como desafiando a sus contemporáneos enamorados del vértigo del cambio, que "todo afán de innovar es vano", que toda la literatura no es sino un ejercicio de variaciones sobre unas pocas metáforas, que la originalidad no existe. Lo que Pound o Eliot escribían no era, pues, sino una versión nueva de cosas que ya dijeron Dante, Homero, Milton. El mismo Borges confesaba que, en su afán de definir la luna, había agotado ".modestas variaciones, / bajo el vivo temor de que Lugones/ ya hubiera usado el ámbar o la arena".
Aquella revelación fue enormemente consoladora para mis incertidumbres de poeta en ciernes. ¡De modo que no había que ser original a todo trance! Antes de que comprendiera del todo las tremendas implicaciones de sus palabras, ya había asimilado otra lección: que la serenidad y la contención son en poesía mejores guías que la emotividad y el sentimentalismo, y que, como alguna vez el maestro aconsejó, hay que buscar la sencillez ("no la simplicidad, que no es nada"). Que la ironía o el simple humor son más poderosos que la truculencia o la insidia. Borges, un hombre de libros que terminó de quedarse ciego después de que una herida en la frente le causó una septicemia, no maldice, sino que pide comprensión para ese Dios "que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche". La elegancia era uno de sus dones.
De la poesía pasé a la prosa. Y me encontré, entonces, con un universo tan infinito como estimulante. Reflexioné, con Borges, que el universo es una mera construcción del lenguaje. Que lo que sabemos del mundo es lo que la palabra ha inventado que él es, y que por eso "mar", "luna" o "amor", además de ser palabras hermosas, son nuestro vínculo más entrañable con las realidades que designan. Nos hacen creer que poseemos el secreto del mar, del agua, del amor. Por eso vale la pena escribir.
De Borges también he aprendido que no es necesario viajar, como Conrad, o descender hasta el infierno de los estimulantes desesperados, como Poe, para conocer el mundo, sus alegrías y miserias, porque este -de una manera total, aunque distinta- está en los libros. Leer a Borges es emprender un viaje de referencias infinitas, que nos lleva saltando, como de isla en isla, por los más diversos autores, no como si estuviéramos atrapados en una red de erudición inoficiosa sino comprendiendo que cada uno de ellos ha ayudado a tejer esa red de rigurosidad secreta que es la lectura del mundo. Si Borges menciona a Chesterton, lo hace de tal modo que uno quiere ir a leer a Chesterton. O a Averroes, o a Spinoza. La teología, la filosofía y la literatura fueron las tres pasiones de Borges. Pero a las tres se acercó no como un creyente ni como un especialista, sino como un escéptico al que solo le interesa un juego: el de la búsqueda. Con Borges aprendí -sigo aprendiendo, después de muchos años de apasionada relectura- que lo importante no es llegar a una verdad sino buscarla. Que esa búsqueda nos justifica. Y que no hay nada más hermoso que ese enorme laberinto que el hombre ha creado para sentir que maneja el mundo: el del conocimiento. En todas las épocas los hombres de pensamiento han creado concienzudos sistemas para explicar la vida, el alma, el pensamiento: sus verdades, nos dice Borges, son siempre provisionales. Lo único que persiste es la utopía de que algún día terminaremos de entender.
Finalmente, puedo decir que con Borges he comprendido lo que un personaje suyo, que descubre antes de morir que las líneas del mapa que ha trazado minuciosamente durante toda su vida lo que dibujan es su propia cara. El escritor argentino siempre supo que la verdadera literatura es, en últimas, un espejo donde nos reflejamos. Eso quiere decir que estamos solos. Y que somos sombras, reflejos que desaparecerán. Su mayor enseñanza entonces quizá sea que la gloria, eso que a veces ingenuamente perseguimos, es, para decirlo con sus palabras, la mayor de las incomprensiones.

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