Este año cumplo cuarenta años, y mi único interés real al respecto es convertirme en un galán maduro. Mi cabello ha encanecido prematuramente y ya no puedo hacer nada por él. Mi rostro ha envejecido sin madurar: conserva la inocuidad del de los niños y la falta de energía del de los ancianos. De modo que mi única esperanza restante son mis abdominales. Aún con el pelo color ceniza y una cara desencajada, podía ejercitarme de tal modo que, al llegar a los cuarenta, mis abdominales fueran lisos como panes ácimos y duros como rocas. En eso estaba.

Comencé a concurrir por las mañanas al gimnasio de la Sociedad Hebraica Argentina. Esperaba encontrarme con mujeres maduras corriendo la cinta frente a mis ojos y mi gran preocupación, junto a cómo llegaría al final de la clase, era cómo ocultaría las erecciones. Pero la gente de de mi edad, la gente normal, quiero decir, por la mañana trabaja. Yo era el único zángano, llegando a los cuarenta, que se podía permitir concurrir al gimnasio a las once de la mañana. A esa hora lo habitan exclusivamente ancianos.

Somos, entonces, un grupo de media docena de ancianos y yo. Sara y Salomón, de 72 y 75 años, respectivamente, corren la cinta como si recién empezaran, mientras que yo me dejo caer pesadamente, con el ejercicio incompleto, como si todo hubiera terminado.

Le pregunto a Natalio, un anciano nacido en Polonia, que levanta pesas con las piernas mientras escucha música klezmer en el iPod que le regaló su nieto, si no se aburre.

—En mi casa no tengo nada que hacer —confiesa—. Acá por lo menos me canso. Pero vos… ¿por qué no estás trabajando?

—Estoy trabajando —le explico—. Soy escritor.

—Ah —replica—. ¿Pensás mientras corres la cinta?

—No exactamente. Parte de mi oficio es convertirme en un galán maduro antes de llegar a los cuarenta años.

—A las mujeres no les interesa tu estado atlético, sino el de tu cuenta bancaria— me aconseja.

—Las dos cosas —retruco.

Sara detiene su carrera contra la nada y me señala que hago mal las abdominales. Estoy metiendo el mentón en el cuello, mientras que debe apuntar al cielo. El profesor asiente. ¿Pero cómo hago para mirarme el ombligo, como antes me indicaron, si el mentón apunta al cielo?

—Mi marido —dice Sara—, que en paz descanse, mantuvo el estado atlético durante toda su vida sin tener que hacer un segundo de gimnasia.

Natalio se ríe con sorna.

—¿Cómo hacía? —le pregunto pasando de la colchoneta a las barras verticales, donde debo ensanchar mi pecho realizando ejercicios que me avergüenzan.

—Se preocupaba —dice Sara—. Iba de aquí para allá. Era mayorista y viajaba. "A mí me pagan por hacer gimnasia", decía. Así murió, el pobre, sin un segundo de paz.

—Pero flaco —apunto con envidia.

Sara asiente.

—Vos deberías tener un personal trainer —sugiere Salomón—. ¿Qué haces acá, entre viejos, a esta hora?

—La gente de mi edad me desprecia —le aclaro—. O bien se burlan de mis deseos de ser un galán maduro, o bien ya vienen en esto de hace rato y se burlan de mi estado atlético. O son intelectuales que desprecian mis afanes físicos, o fisiculturistas que me consideran fofo.

—Por eso ­—insiste Salomón—. Un personal trainer.

—No soportaría estar a solas con un hombre en jogging, mirándome fijo, dos horas por semana. Me haría sentir incómodo. Y mucho menos con una mujer.

Entra Beca, la decana de las gimnastas aficionadas. No es la mayor del grupo, pero sí la primera. Hace una decena de años era una bailarina destacada del grupo "senior" (entre 40 y 60 años) de danza hebrea. Su cuerpo en retirada anuncia, no obstante, que allí existió una gran mujer. Salomón, Natalio, y Rubén cuya edad no alcanzo a dilucidar, pero que siempre se saca la dentadura postiza antes de comenzar a elongar se vuelven cazadores al acecho cuando entra. Cambian su postura, tratan de hacer comentarios inteligentes o, por el contrario, como le ocurre a Salomón cada tanto, se cierran en el mutismo ni bien Beca monta la cinta.

—Leí tu nota en Internet —me dice—. La que escribís para El Mercurio. ¿Son autobiográficas?

Esto no me lo esperaba. Mis queridos ancianos no solo me acompañan y me aconsejan: ¡también me leen! Pensar que llegué a este pequeño templo de la salud en busca de mi propia juventud física perdida, temeroso de ser arrasado por el poder de los cuerpos jóvenes en el esplendor de su esfuerzo, y terminé hallando un remanso de serenidad: el futuro que me aguarda, en el geriátrico. El acceso por anticipado a la sabiduría de los que ya han perdido cualquier expectativa.

Aquí es donde quiero permanecer el resto de mi vida: sin ilusiones ni desilusiones. Es cierto, mis abdominales continúan igual de flojos que hace dos meses, cuando comencé, y aún no soy capaz de mantenerme en la cinta la media hora indicada… ¿pero cuándo antes en mi vida he sido tan bien acompañado, tan bien aconsejado y tan escuchado?

—Qué dice tu esposa de las notas —pregunta Beca.

—No las lee —le respondo acelerando la cinta, con la reconquistada voluntad del escritor que se siente atendido.

—Lo bien que hace —dice Beca con un tono medianamente cortante—. Y decime una cosa, che… ¿Por qué nos llamás ancianos?

Todos alzan la cabeza para mirarme. Sara, que acababa de iniciar su rutina con los tensores (quiere reducir la grasa que le cuelga de los brazos); Salomón, que en ese instante ejecutaba mejor que yo, aunque a un ritmo mucho más lento, las abdominales; Natalio, que había pasado los brazos por los barrales como un Jesús dispuesto a volver a ser crucificado, y Rubén, poniéndose nuevamente la dentadura postiza antes de subir a la cinta (solo se la quita para elongar).

—¿Qué? —pregunto.

—En tu nota, en El Mercurio, decís que comenzaste a hacer gimnasia, y que todos tus compañeros de sala son ancianos.

Publico mis notas en Chile. Ni mi madre ni mi esposa las leen. ¿Cómo puede ser que las haya leído Beca? Internet es el Infierno. La gente cuenta intimidades en los blog. En vez de escribir esas estupideces deberían hacer gimnasia. Por eso defiendo los gimnasios: mientras uno hace gimnasia no puede escribir blogs. Detesto los blogs.

—No me refería a ustedes —trato de defenderme.

—¿Ah, no? Incluso me describís a mí. ¿Cuerpo en retirada? Al menos me podrías haber inventado un nombre más bonito. ¿Beca? ¿Qué significa? ¿Por qué no Betsy? Beca parece el apodo de una yegua. Y anciano… anciano serás vos.

—Por supuesto —acepto con hidalguía—. Por eso vengo acá, con ustedes.

Pero a nadie parece haberle gustado mi respuesta.

—No me gusta que nos mire —sigue Beca—. Me parece que viene a burlarse de nosotros. A sentirse joven en nuestra compañía. Y ni siquiera puede hacer ejercicios la mitad de bien que nosotros…

Todos parecen secundarla. Natalio asiente, Salomón mira el piso para no hablar en mi favor, Rubén parece aplaudirla con castañidos de su dentadura postiza. Es lógico: soy su única competencia en la lucha por Beca. En cuanto me vaya, la podrán compartir, al menos en sus pensamientos, como seguramente hacían antes de mi intrusiva llegada. Yo para ellos soy el peor de los tiempos: el presente.

El profesor no interviene.

—Votemos —dice Beca—. Que se vaya.

Alzaron sus manos y, por unanimidad, acabaron mis intentos por llegar a ser un galán maduro. El profesor, que en ningún caso intentó defender mi derecho como socio (tampoco yo lo intenté), me extendió su tarjeta personal y, guiñándome el ojo, me ofreció ser mi personal trainer. Mientras me negaba no pude explicarle, pero lo digo acá, que a mí, más que la gimnasia, lo que me gustaba era ir al gimnasio. La compañía de mis amigos del futuro. ?

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