1. El metrosexual es limpio: ¿A quién prefieren tener al lado en un TransMilenio a las nueve de la mañana? ¿A un sujeto que se echó un humectante para después de la afeitada con aroma a manzanilla, que después del champú se puso un bálsamo con esencia de caléndula, que usó una loción para controlar el exceso de grasa en la zona T y remató el tratamiento con una mascarilla que le dejó un agradable olor a coníferas del Canadá o al clásico mal bañado, peor afeitado, potencialmente piojoso y cuyo desodorante tiene un magnífico efecto de treinta minutos por mucho? Yo me quedo con el primero, sin discusión.

2. El metrosexual es un narciso con vocación de pajuelo: según Mark Simpson, inventor del término, "el metrosexual se toma a sí mismo como su propio objeto de amor y placer". ¡Que viva Onán! ¡Que viva el placer por el placer! En los tiempos oscuros que corren, hay que apoyar toda forma de sexualidad no reproductiva, no institucionalizada. ¿Exagero en mi paranoia? Miren los noticieros, lean los periódicos y verán. Al respecto tengo una anécdota personal: como reacción a un artículo que publiqué hace ya tiempo en SoHo, recibí una enfurecida carta en la que un jefe scout me llamaba pansexualista y decía que yo necesitaba tratamiento siquiátrico. Hombre, de pronto lo primero es cierto, pero ¿amerita esto una visita a una institución de salud mental? Tengo mis dudas. Que cada cual viva su cuerpo como quiera. ¡Arriba el narcisismo, la depilación masculina y las tardes de ocio en el spa!

3. El metrosexual tiene buenos modales: Odio el estereotipo de masculinidad, según el cual los hombres tenemos que tratarnos a las patadas y comportarnos como cerdos en los lugares públicos. Todavía me acuerdo de que cuando estaba en el colegio el saludo entre amigos consistía en un palmadón en la espalda seguido de un ensordecedor "tosqué, marica", vociferado a diez centímetros del oído. ¿Es que solo a mí se me iba el aire y me quedaba un zumbido horrible en el tímpano? Los golpes duelen. Los gritos sobresaltan. Los pedos y los eructos tienen su encanto en la intimidad, no en la mitad de una comida familiar. La delicadeza no es debilidad.

4. El metrosexual ayuda a los otros hombres a NO quemar pólvora en gallinazos: Es normal que cuando un Beckham criollo entra a algún bar las mujeres le presten atención especial, lo miren, le sonrían, le pasen al lado. Hasta ahí, ningún problema. Pero cuando uno está tranquilo, iniciando una charla prelevante, en la tonta pero necesaria fase del ¿cómo te llamas? y del ¿con quién viniste? y la posible víctima entra en convulsión histérica tras la entrada del típico papichulo hiperestilizado es mejor dejar así. Después de un show estilo "noooo, qué papaciiiito, tengo que hablar con él ya, que me mire, que me mire, que me mire, ¿será cierto que terminó con la presentadora esa de tres pesos con la que salía

, esa sí es muuuucha de buenas, ¿no?" y cosas similares, uno ya sabe que es mejor no perder más el tiempo. Que una nena de este estilo jamás va a considerar que algo de sobrepeso y una barba desarreglada son fallas menores al lado de nuestra personalidad y nuestro dominio del Kamasutra. La oportuna entrada en escena de un metrosexual definitivamente nos ayuda a descartar un combate que no vale la pena.

Podría seguir enumerando razones, pero tengo que irme ya. Mi novia me apartó cita donde Norberto para ver qué se puede hacer para cambiar mi look de intelectual setentero y no quiero llegar tarde.

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