Un día, en una cata RECIENTE, probé un café de Indonesia, el Kopi Luwak, que valía US$300 por libra. Si lo pudiéramos producir aquí solucionaríamos todos los problemas de los cafeteros, que son muchos, pero cuando averigüé la razón del precio vi que no había caso. Los árboles de café en Indonesia son enormes comparados con los normales y es muy difícil recoger el café. En estos árboles vive un gato salvaje, el civet. Es salvaje comparado con los humanos, pero es Aristogato en su paladar. Pasa las noches paseando por los árboles y comiendo las mejores pepitas de café. Dentro de su sistema digestivo ocurre una magia: las pepas pasan por un proceso químico que las transforma, ¡y además empiezan un proceso de fermentación! Qué suerte para los dueños ya que los civet no están en la nómina, y no hay prestaciones sociales. Como cualquier gastrónomo con barriga llena, pasa lo inevitable: a diferencia de nosotros los profesionales, el gato deja algo que vale la pena (¡ojalá que me pagaran una columna al precio del Aristogato!). Por las mañanas los empleados buscan los excrementos y de allí sacan las pepas que están intactas. ¡Que trabajo! Solo me puedo imaginar que los trabajadores sufren de vértigo y prefieren buscar las pepas en la tierra y no en el cielo. El café es muy restringido en su distribución, y se hizo célebre en Estados Unidos luego de que saliera en el programa de Oprah Winfrey. Su sabor es rico y pesado, hay aires de chocolate y caramelo, su textura es como un jarabe espeso, y el sabor de fondo es suave. ¿Vale la pena pagar tanto por él? ¡No! ¡Yo me quedo siempre con mi café de Santander! Una gran parte del costo es por la escasez del gato civet. Si los productores de café aprendieran de los franceses (que obligan a sus gansos a comer para producir foie gras) ¡con el civet se volverían millonarios! Yo, por lo pronto, sigo buscando mi viagra gastronómico.

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