LLEVÁBAMOS VARIOS DÍAS durmiendo en la van con una estricta dieta de pan con vegemite (una especie de mermelada hecha a base de levadura), cuando llegamos a un pequeño pueblo semidesértico y aparentemente abandonado en el corazón de Australia. En tres cuadras habíamos recorrido la totalidad del lugar cuando nos topamos con un cartel de madera que anunciaba: Delicious hamburguers. El sitio tenia un mesón con tres butacas y un parrillero. El hombre nos saludó con una sonrisa amable y dijo algo señalando un menú escrito con tiza sobre la pared que decía: Crocodile hamburgers, kangaroo hamburger, beef hamburger, chicken hamburger, all served with fries and Coke. El hambre y el espíritu aventurero pudieron más que la cordura y escogimos las dos primeras opciones. Mientras traían los platos, alcancé a imaginar una hamburguesa amorfa y la boca de mi estómago empezó a cerrarse. El parrillero se acercó con dos platos y, para mi sorpresa, las hamburguesas eran iguales a cualquiera otra. Describir el sabor de estos exóticos platos es imposible. Creo que el cliché que utilizan las personas que han comido carnes extrañas es el que mejor se ajusta: "Sabe a pollo, solo que un poco diferente". Las hamburguesas duraron poco y mi valentía solo me permitió probar la de canguro. Nunca repetí ese menú y, a medida que acumulábamos kilómetros de recorrido, nos dimos cuenta de que era tan común como el pusandao o el sancocho, platos que para un extranjero en Colombia deben ser igual de raros como para mí lo fue esa hamburguesa que sirvió como rito de iniciación para perderle el miedo a comer algo distinto.

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