Fue en 1948. Yo tenía 21 AÑOS. Viajaba solo por América Latina para conocer y pintar todo aquello que veía. Me había embarcado en una piragua en Manaos y dormía en la parte de adelante con un ojo cerrado y el otro vigilando mi equipaje. Éramos cuarenta pasajeros. Intentábamos conciliar el sueño mientras atrás, cuarenta micos titís enjaulados no paraban de chillar. Llevábamos unos tres días bordeando el Amazonas. Habíamos comido frutas, fríjoles, lentejas, plátano y pájaros silvestres, pero un hambre feroz nos carcomía por dentro y los titís seguían conformando un coro macabro. Llegó su día. El indígena que conducía la piragua sacó un cuchillo de matarife, se puso un guante y fue introduciendo su brazo en cada una de las pequeñísimas celdas. Sin inmutarse por el lloriqueo y los mordiscos de los monos, fue rebanando una a una la cabecita de ellos y, como si de cáscaras de nueces se tratara, arrojándolas por la borda. Tomaban los restos de los micos y les sacaban las extremidades y el rabo, los empalaban y por último lo cocían en un fogón. Recuerdo ese sabor exquisito e incomparable, no sé si por las calidades mismas del mico, por su cocción sobre madera y carbón o por el hambre que sentía. Lo cierto es que no me enfermé ni me costó digerir su carne, y volví a repetir el banquete un par de veces más en ese viaje al corazón del Amazonas.

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