Hace cuatro años mi primo Rolando recibió como regalo una lata de hákarl que, literalmente, es tiburón podrido. Lo pescan y evisceran, y lo entierran en la arena por seis meses para eliminar el exceso de ácido úrico de la carne. Al desenterrarlo, lo cortan en grandes trozos que se prensan durante varios días. El ácido queda eliminado, pero no el olor. Se sirve cortado en cubitos y se baja con una copa de brennivín, un brutal aguardiente de papa al que los islandeses le dicen "muerte negra". En la cocina, mi primo y yo cortamos dos cubitos del tamaño de un dado y los metimos en la boca con la misma decisión con la que un samurái se clava una espada en las tripas. Mordí el pescado ocre blancuzco al cual le salió un jugo insoportable, frío y sin textura. El olor es tan penetrante que el sabor pasa a segundo plano y prueba la conexión -terrible en este caso- que existe entre el gusto y el olfato. En cuanto a la textura de la carne, tiene una consistencia similar a la del "menudo", del cual guardo pésimos recuerdos infantiles y que ahora considero exquisito al lado del hákarl. Escupí el jugo y la carne. Un minuto después, Rolando estaba en el baño, vomitando el peor desayuno de su vida.

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