Debíamos defender la vida. Esa era mi posición frente a comer o no la carne de nuestros compañeros. Más aún después de ese milagro de ser una de las 29 personas que sobrevivieron cuando el avión de la Fuerza Aérea Uruguaya que nos llevaba a Santiago de Chile para un partido de rugby chocó a 4.000 metros y nos abandonó a nuestra suerte en un paisaje negro y blanco, a 30 grados bajo cero. Alimentarnos. Si no, nos moríamos de hambre. Cada uno lo fue pensando y pensando. Después, en grupos por afinidad de edad, se fue hablando del tema y luego se hizo una asamblea general y ahí se argumentó en pro y en contra de hacerlo. Hablamos del alma. Imagínate, chicos de 20 años, discutiendo desde el punto de vista teológico, nutricional, legal, moral. Argumentamos que no había otra alternativa, se había acabado el último cuadradito de chocolate y era lo único que nos podía dar la proteína que nos iba a impedir morir. Algunos decíamos que no había ninguna ley que lo impidiera, que era una cuestión de supervivencia y no la profanación de un cadáver ni algo inmoral. Incluso, el mismo Jesús había dado su cuerpo y su sangre para que otros vivieran. Nosotros haríamos lo mismo...
No hubo una votación. Cada uno tomó la decisión. Algunos tardaron minutos. Otros, días. Yo tardé un día. La repulsión es grande y no puedes hacerlo y otra vez estás ahí frente al cadáver en la nieve de alguien con quien hasta hacía poco viajabas en el mismo avión, haciendo un esfuerzo gigante para poder tragarlo e intentando apartar el hecho de que ese cuerpo había pertenecido a otra persona. A un amigo que estaba ofreciendo su cuerpo para que tú comieras y sobrevivieras. Esto fue una verdadera comunión, la más grande que he visto entre los hombres. Un acto de amor.
Cada uno podía elegir entre saber o no a quién había pertenecido el cuerpo del que se iba a alimentar. Yo preferí no saberlo y en el momento en que tragué el primer bocado, como los demás, no hablé nunca más del asunto. Comíamos una vez al día y muy poquito: porciones de unos 80 gramos. El hambre no se saciaba y el balance energético era absolutamente negativo, por lo que debíamos ahorrar energías. El 22 de diciembre llegaron los helicópteros y todavía quedaba alimento para unos días más.
El cuerpo del que comí estaba tirado en el suelo y cubierto por la nieve como si estuviera en un freezer. No cocinábamos la carne, era cruda. Estaba congelada, era dura y me adelanto a esa pregunta que inevitablemente todos nos hacen: ¿a qué nos supo la carne humana? No tenía ningún sabor. Estaba congelada y todo lo que está congelado carece de sabor. Era como comer hielo..
No quedamos con ninguna especie de trauma ni nos volvimos vegetarianos como algunos dicen. Acá en Uruguay se come mucha carne vacuna y yo sigo comiéndola como el mejor. Recuerdo que allá arriba hicimos un listado de los restaurantes de Uruguay con sus nombres y especialidades. No era masoquismo, sino una motivación para estar vivo, salir a comer e ir luego a todos esos restaurantes como lo hicimos al volver. Uno por uno... Lo primero que comí cuando me rescataron fue un pedazo de pan en el helicóptero que nos rescató. Ese pan sí me supo a algo. A salvación. Fue el más exquisito de los que haya probado, pero enseguida te llenabas y a los 20 minutos tenías hambre de vuelta. Yo bajé 45 kilos, pesaba 90 y en los cinco días que estuve en Chile engordé diez.

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