Cuando hice el rural en EL Llano e iba de caserío en caserío con una brigada de salud atendiendo campesinos e indígenas, volví a ser ese mismo chino que en Santander probó hormigas solo por darse el gusto de hacer algo que sonaba asqueroso. Comí larvas fritas de gusano. Saben a crujientes galletas cubiertas por ese mismo toque de queso chedar de los Boliquesos. Probé grillos fritos. Saben muy parecido a las hormigas culonas, pero no dejan ese sabor que el ácido fórmico con el que se comunican ellas deja como una especie de buqué. La cabeza sabe a maní, o mejor, a arroz frito. La cola es más jugosa, húmeda. Sabe a soya. Comí eso, caimán, culebra, pero lo que más me gustó fue comer ese animal que tanto tememos que nos coma en los ríos selváticos: pirañas. Íbamos en una chalupa mi mujer, el guía y yo, cuando empezaron a saltar sardinas y pirañas a la cubierta. Tomé una piraña y para sorpresa mía vi cómo yacía indefensa en la palma de mi mano mientras su cuerpo de diez centímetros se ahogaba afuera del agua. La receta fue la misma de los grillos y de las larvas: en aceite hirviendo fritaron las pirañas. Reducidas a diminutos pasabocas comí más de veinte. Como suelen hacerlo allí, las comí completicas. Masqué su columna, sus escamas, sus ojos, sus vísceras y hasta sus propios colmillos, sin sentir ninguna espina ni bocado filudo. Solo un sabor a pescado como cualquier otro, pero raquítico por la poca carne que tienen y, sobre todo, una sensación crocante en la boca como de propaganda de papas fritas. ¡Crunch! Hombre come piraña.

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