Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a Taiwán junto con la entonces novel columnista de El Siglo, María Isabel Rueda. Estuvimos en esa isla conociendo todas sus bondades militares y, por supuesto, sus enormes diferencias con la República Popular China. Sin embargo, nuestra estadía nos permitió comer toda suerte de platos extraños muy distintos a la habitual comida china occidentalizada que consumimos en esta parte del mundo.
Después tuvimos ocasión de viajar a Hong Kong, donde nos recibió el capitán Chang, representante en ese entonces de la Flota Mercante Grancolombiana, y una persona muy reconocida por los diferentes colombianos que viajaban a dicha isla. Aunque cansados y, si se quiere, hastiados de tanta comida china, el capitán tuvo la gentileza de invitarnos al mejor restaurante chino que existe en Hog Kong y posiblemente en el mundo. Su elegancia era de sobra refinada y su comida no menos exótica. Entre los platos que recuerdo está la famosa serpiente china y uno que realmente nos sorprendió a los invitados, tanto como por su costo (cien dólares de la época) y presunta exquisitez como por su peculiaridad.
Se trataba, ni más ni menos, de sesos de mico. La gente se preguntará cómo viene servido tan insólito manjar. En realidad, el mico no viene vivo, pero casi. Es decir, recién muerto. Simplemente rapan el cráneo para sacar los sesos y prepararlos con una cantidad de ingredientes especiales, comenzando por la inevitable salsa de soya, matizada con un poco de sake, y otros productos que desconocía por completo y que a la postre no volví a toparlos.
Si me preguntaran hoy por el sabor de semejante receta diría que, francamente, no pude gozarla plenamente ya que su preparación iba de algún modo espantando a quienes jamás habíamos probado semejante cosa. O semejante mico. Diría que se trata de un sabor indescifrable tendiendo a ser salado, pero que finalmente uno, como comensal, comienza a distribuir en el plato de tal forma como si se lo hubiera comido todo, tal como hacen los niños cuando les sirven arroz con verduras. Esto es, repartiendo porciones y dejándolas en las distintas partes del plato. Su textura es una especie como de tartare, no sé si definirla como de carne o de salmón, pero lo cierto es que fueron varias las veces en las que ella como yo tuvimos que frecuentar el baño so pretexto de incurrir en cualquier necesidad física. Sin duda se trató de un reto gastronómicamente desafiante pero muy poco agradable y, por supuesto, bastante antiecológico, por decir lo menos. Nunca más volví a ensayar semejante manjar, pero sé que se trata de uno de los platos chinos más apetecidos por los buenos gourmets orientales y, de paso, más escasos. Es probable que se trate de un plato tradicional, pero mis conocimientos no llegaron al extremo de averiguar qué clase de mico era, aun cuando por su tamaño podría pensarse que era una especie de mico tití. En fin, en esto puedo estar exagerando, pero la única verdad es que los sesos de mico constituyen el elemento culinario más raro que he probado en mi vida y que, en cambio de tantos otros, no añoro para nada. Ni en las peores pesadillas.

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