Llegar a Bogota, New Jersey, no es sencillo. Parece ser, por ejemplo, que la opción de tomar algún tipo de transporte público, tren o bus, puede convertirse en una tarea casi imposible y que, de intentarlo, obligaría a cualquiera a caminar por varios kilómetros desde la estación más cercana a sus límites; ejercicio imprudente, inaudito y, sobre todo, sospechoso en estos días de pavor y alarma permanentes. Para el que pretende llegar en carro, el panorama, por otro lado, no es menos desalentador: las indicaciones que ofrecen los mapas, vengan impresos o por internet, son confusas y contradictorias, y algunos señalan rutas con una nomenclatura que al final resulta inexistente, como si nadie supiera en realidad dónde queda el tal municipio o la ruta verdadera para encontrarlo. Para contrarrestar el desconcierto, y divertirse un rato, se pregunta uno si esta Bogota será un tesoro escondido, un rinconcito que guarda maravillas invisibles.
Entonces, sin más opción, se lanza uno a la "carretera" a media mañana y un poco a ciegas, consciente de que pasará un rato largo perdido, recorriendo distancias enormes, dando vueltas y vueltas por entre un reguero de highways, county roads y lanes bifurcándose al este o al oeste, con salidas al norte o al sur, e indicaciones hacia lugares totalmente desconocidos, armados sobre la espeluznante coincidencia y la monotonía arquitectónica que caracteriza a los suburbios y pueblos intermedios de estos territorios, un panorama inmóvil que trastorna el sentido de orientación del más avezado.
Así, aproximarse a esta Bogota es como avanzar en círculos y por momentos, cuando ya uno sabe que se aleja irremediablemente de su punto de destino, y a unos cien kilómetros por hora, anhela divisar por ahí la silueta de alguna loma, un mojón para recuperar el norte, como se buscan a veces los cerros de la otra Bogotá, señales que le pueden indicar a uno lo perdido o despistado que se encuentra.
Como ha pasado ya más de media hora desde el momento en que se llegaba al supuesto cruce para la entrada a Bogota, uno responde a la llamada del simple sentido común y hace el giro en U, con la esperanza, otra media hora más adelante, de retomar el perdido punto de "desvío" y, si es el caso, improvisar algún viraje a último minuto.
Con el tiempo, uno aprende a tener paciencia, control de la fobia de no liberarse del highway y sus recovecos, pues ya ha descubierto que se trata de un enredo que no ha sido trazado para los recién llegados, sino para los que han vivido siempre aquí, como si nunca nadie hubiera tenido que ir a ningún lugar por primera vez, extraña paradoja para un país que "vive" en y por el carro, en un vaivén sin descanso y casi maniático. Por fin, a la distancia y en un cartel no muy destacado, alcanza uno a ver el nombre de Bogota escrito entre otros cinco o seis. No indica cuántas millas faltan, pero se siente cierto alivio y uno recupera el ritmo normal de la respiración, conforme al fin y al cabo con la perspectiva de acercarse al material y a la "razón" de esta crónica.
La idea de encontrarse por los alrededores lo lleva a uno entonces a observar con mayor atención el paisaje, alerta a las primeras coincidencias visuales que sirvan como un punto de partida, como escenario previo a la fachada que va a tener este distrito en New Jersey, Estados Unidos, único en todo el mundo que se deletrea igual que nuestro Distrito Capital. Como desde un principio la afinidad en la ortografía le parece a uno una broma, una concordancia simplemente fortuita, no lo sorprende que lo único que se puede acomodar de los alrededores de Bogota y los de Bogotá sea la estructura de las estaciones de gasolina, armazones que por aquí, obviamente, abundan. Mira uno el cielo e inventa que allá, en el altiplano, el resplandor azul de un par de horas atrás y las nubes plomizas de ahora son los mismos; que el cambio súbito en la luz aquí es un reflejo de los cambios allá. Sin embargo, todo no es más que el movimiento de los vientos de otoño. En realidad, y por ahora, lo único en común -fuera de la ortografía- es la hora en el reloj, y eso solo por una o dos semanas más.
En un último desvío, después de una curva, de un corto puente sobre el río Hackensack y una pequeña loma, lo recibe a uno el primer cartel de Welcome to Bogota. De inmediato se desemboca en la Main Street, una especie de institución generalizada en los suburbios, la calle principal donde se levanta el comercio, los principales restaurantes, los bancos, los salones de belleza, las pizzerías, la lavandería, alguna boutique y, según las dimensiones del lugar, la policía y los bomberos. El primer impacto es que en esta Bogota todo esto ocupa la extensión de una única cuadra. Habrá algo más, se dice uno, mientras avanza despacio antes de estacionar.
El segundo impacto, aún más intimidante, viene al darse cuenta de que en la calle principal, a excepción de un grupo de adolescentes -con chaquetas y pantalones un par de tallas más grandes- que se mueven un rato apiñados por el andén antes de desaparecer en el local de una pizzería mexicana, no hay nadie. Será porque es sábado a medio día, se vuelve a decir uno dándose ánimos. O habrá alguna festividad local, que por estas épocas abundan. El viento sopla frío, se abotona la chaqueta y echa a andar, la libretita de apuntes lista en el bolsillo.
Se le ocurre entonces a uno la idea (aprendida de Carlos Monsiváis) que allá, en Bogotá, a esta misma hora, en su "calle principal", en su "Calle Real", la carrera séptima, la mitad de la población intenta venderle todas las cosas imaginables a la otra mitad que pasa. Entre las últimas, recuerda uno con cierto pasmo entre penoso y divertido, la versión pirata de un libro que aguarda (literalmente) todo el mundo y que ni siquiera se ha lanzado al mercado.
En el primer cruce que se encuentra se detiene y mira a lado y lado. Las dos opciones se ven idénticas y de repente uno recuerda haber leído en alguna parte en internet que la superficie que ocupa esta Bogota escasamente pasa el kilómetro cuadrado, que a lado y lado de sus límites no hay más de diez cuadras. Habrá algo, se repite uno, sin haber sacado aún del bolsillo la libretita. Como cualquier dirección parece la misma, toma a la derecha y a medida que avanza uno empieza a tener la sensación de que ha llegado a un pueblo detenido en el tiempo, donde han dejado de suceder cosas importantes y el sueño americano tiene el aspecto de un letargo, con esas calles que desde siempre han tenido nombres de árboles -Pine, Walnut, Elm, Larch- o han sido copiadas de otras calles famosas, como Broadway; calles que han tenido desde hace años las mismas iglesias protestantes con la misma invitación a seguir adentro y el mismo anuncio de los salmos que se cantarán esa tarde; las mismas casas con sus porches y sótanos y áticos idénticos; construcciones al estilo "georgian" o "federal", casi ninguna de ladrillo y con ventanas nunca vistas en la Bogotá del otro lado.
No es la primera vez que al moverse por ciertos pueblos de New Jersey lo asalta a uno esa especie de síndrome de la "dimensión desconocida", hoy aún más aguda que nunca por la falta de gente o, aún peor, por la aparición súbita de un hombre mayor frente al garaje de su casa, con adornos de Halloween en el jardín y las ventanas, que observa serio los pasos sin dirección de un desconocido. En esta Bogota todo el mundo sin duda se conoce, se dice uno, avanzando con el ademán engañoso de cualquier turista, y sabe, con certeza absoluta, que si este hombre supiera de dónde viene uno su recelo aumentaría, convencido de que en esa otra Bogotá, como en las antípodas medievales, sus habitantes viven patas arriba, víctimas y practicantes de un canibalismo imperecedero, como es ese de matarse los unos a los otros.
Después de un rato, tomada la decisión de montarse de nuevo al carro y moverse al otro "extremo" del pueblo y escudriñar, si es posible, más rincones, por azar desemboca uno en la calle de los "anticuarios", tres melancólicos thrift shops que, al estar en un callejón que se cierra en un edificio abandonado, parecen parte del mobiliario de una película de los años cincuenta o los sesenta, una película más de terror que nostálgica, piensa uno con un escalofrío que no sabe si se lo trae el viento o la creciente desazón. El único interesante de los tres locales, con el previsible nombre de Nostalgia, está cerrado. Al otro lado de la vitrina hay más de un objeto que a uno le hubiera gustado llevarse a su casa en Bogotá, un encendedor, una muñequita de cristal. En el local siguiente, una mujer espera al fondo. Sin poder evitar la exageración, uno imagina que también ve la instantánea de un cuadro que hubiera pintado Hopper, en tono sombrío.
Al seguir un par de calles en el carro, divisa adelante uno un puente y adivina el presagio de una sorpresa, la maravilla escondida que ha venido a buscar y que le dará sustancia a la crónica. Sin embargo, el augurio se transforma en un sobresalto, pues Bogota termina en el puente, y ahora uno está en otro distrito, Teaneck, donde en su particular Main Street a la pizzería la reemplaza un restaurante paquistaní. Hay que dar otro giro en U, sin remedio, lo que hay más allá es, para quien no vive ahí, tierra de nadie.
A la salida, lo alivia a uno pensar que ya no se perderá de regreso. Se asombra de lo fácil que ha sido atravesar el Washington Bridge y entrar a la isla de Manhattan, ese territorio que así en realidad tampoco conozca lo hace creer a uno que se siente "en casa". Atardece rápido y en el carro repite uno mentalmente el nombre de Bogota (buh-GO-tuh, según la pronunciación que indica alguna guía de la región), una palabra que sonaría como el balbuceo de algún habitante medio dormido en Bogotá, la que lleva tilde y se encuentra a 2.600 metros sobre el nivel del mar, y, entonces, poco a poco aumenta la sensación desconcertante de haber pasado la tarde en una región contraria, también patas arriba en su engañosa calma, la tenebrosa serenidad de no escuchar ruidos de gente viva, y se pregunta uno si algunas horas más tarde, mientras trata de adivinar sobre qué va a escribir, dudará de haber ido a ese sitio alguna vez.

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