Durante muchos años padecí una enfermedad que me producía fuertes dolores pero al mismo tiempo cierto regocijo. Y no es esta una declaración de masoquismo. Me explico. Antes de que me diagnosticaran la presencia de un adenocarcinoma yo sufría de gota. Por los días en que cumplí veintisiete años de edad un médico de Barcelona me reveló que las terribles dolencias que con cierta regularidad se cebaban en el dedo gordo de mi pie derecho se llamaba gota. Padecía yo -de forma precoz, por lo demás- de una enfermedad que era considerada la más aristocrática del mundo. De ahí el regocijo con el que intentaba mitigar el persistente dolor. El solo hecho de saber que esa especie de cristales rotos incrustados que no cesaban de darle dentelladas a mi pie y que durante ocho o diez días me hacían conocer los privilegios del Infierno era el mismo suplicio que periódicamente padecieron Enrique VIII y Felipe II, amén de una larga nómina de escritores y magnates, convertía mi sufrimiento en una ingenua aunque gratificante placidez. La gota era una especie de superávit de la salud: sufría porque el ácido úrico, fruto de mi exuberancia vital, se acumulaba y cristalizaba en las articulaciones de mis extremidades inferiores al no poder ser eliminado con mayor rapidez por los medios normales. Sufría porque las ostras y las lonjas de venado o lomos de jabalí a los que era tan afecto, así como los litros de vino tinto que consumía, no solo enriquecían ilícitamente mi organismo, sino que, para seguir con el símil económico, al no poder darles un destino cierto a los réditos acumulados me pasaban una terrible factura de inconsolables sufrimientos. Pero privaba el orgullo, la vanidad de saberme dueño de una fisiología privilegiada, de formar parte de la aristocracia del placer así tuviera que pagar mi hedonismo con dolor. Sufría de gota y tal dictamen incluso produjo envidia entre mis detractores y rivales bien informados. Dejé de ser un escritor a secas y pasé a convertirme, gracias al agudo comentario de un crítico, en un escritor "gótico flamígero". Tan distinguida dolencia me acompañó durante muchos años, hasta que un día, incapaz de soportar el sufrimiento, pensé incluso en tomar decisiones extremas. Pero me salvó la morfina. Conocí las bondades de este paraíso artificial tras una larga peregrinación que con otros escritores hice por varias ciudades de Austria, Hungría, Alemania y Dinamarca. Pero la morfina, como las cortesanas más complacientes, no me satisfacía sin recibir nada a cambio: me pedía una devoción única, con horario y dedicación exclusiva, se me ofrecía como un cuerpo ávido pero interesado, exigía someterme al pacto sin concesiones de la adicción.
Por esas fechas, Álvaro Mutis, quien había sido testigo de mis padecimientos en Viena, me recibió en su casa de Hidalgo 13, en Ciudad de México, y me confesó que él también padecía de la enfermedad de los aristócratas y que el único bálsamo contra los dolores era el consumo de Alopurinol. Decidí ponerme en manos de los médicos y a partir de finales de 1991 inicié un régimen casi inocente que consistía en ingerir una tableta de Urocuad, de 300 miligramos, durante todos los días del resto de mi vida. El resultado fue satisfactorio hasta el punto de que, con cierta mesura, podía disfrutar de mis aficiones gastronómicas y etílicas. Y todo marchó perfectamente hasta el lunes 9 de agosto de 2004, cuando diversos exámenes clínicos detectaron un enorme carcinoma en mi esófago.
Por esos días acababa de regresar de un intenso viaje por diversas ciudades suizas -dicté conferencias en universidades de Berna y Friburgo e incluso hablé en el Palacio de las Naciones Unidas, en Ginebra- y una mañana, mientras organizaba mi biblioteca, me desplomé. Durante mi ausencia, Mónica, mi esposa, se había encargado de la mudanza a un nuevo apartamento, con la loable certeza de que la reorganización de los libros era asunto de mi exclusiva competencia. Consciente de que peras y manzanas deben sumarse por separado, hacía yo lo propio al buscarle a Goethe un vecino que estuviera a su altura en los anaqueles: Nietzsche, Musil o Kafka no irritarían al Olímpico, pensé, y en esas andaba cuando me desmayé. Sentí una súbita oleada de calor en la cabeza, todo se me volvió de color amarillo, luego se me fueron las luces y caí como Werther ante el desdén de su amada. En la mañana del 10 de agosto me internaron en la clínica Reina Sofía y las endoscopias, radiografías y una minuciosa Tomografía Axial Computarizada (TAC) confirmaron la inicial sospecha de los médicos. El martes 17 un grupo de catorce especialistas desestimó la posibilidad de intervenirme quirúrgicamente: el adenocarcinoma era desproporcionado, tenía diversas ramificaciones y, además, había hecho metástasis en el hígado y los pulmones. Descartada pues la operación, solo me quedaba una oportunidad: un denso tratamiento de quimioterapia. Y al día siguiente, el doctor Hernán Carranza, oncólogo de la Fundación Santa Fe, trazó la terapia que había que seguir.
Tras nuevos análisis y transfusiones -pues mi hemoglobina estaba en los niveles más bajos- inicié el primer ciclo de quimioterapia: durante tres días consecutivos, en sesiones de tres horas cada día, mis venas recibían torrentes de extrañas sustancias heladas que combatían al monstruo allá donde se encontrase. Pensé entonces en nuestro país. Eliminada la posibilidad de una confrontación directa (cirugía) entre las fuerzas del orden (los médicos) y la enfermedad (las fuerzas irregulares que invadían mi cuerpo) solo cabía poner en práctica una estrategia que actuase con contundencia allí donde los elementos al margen de mi salud se guarecían. Como consecuencia de este operativo era muy probable que yo sufriera de náuseas, dolores abdominales, desfallecimiento, a lo que hay que añadir que pasados ocho o diez días desde la última sesión de este primer ciclo, todas mis defensas estarían bajas y, por lo tanto, susceptibles de ser atacadas por los virus más insospechados. No me fue difícil seguir las indicaciones médicas: evitar el contacto con las multitudes, no acariciar ningún tipo de mascotas -bípedas o de cuatro patas- y huir a como diera lugar de los apestados.
Transcurridos veintiún días, debí someterme otra vez a análisis de sangre antes de enfrentar el segundo ciclo. Y entonces cayeron sobre mí todas las maldiciones del demonio: el cuadro hemático arrojó un desalentador nivel 4 de hemoglobina -el valor normal es 16-, lo cual significaba que, además de la pérdida de sangre, mi cuerpo estaba funcionando con apenas el 25% del oxígeno necesario. La hemorragia interna que me llevó a tal situación era tan grave que impuso dos medidas de urgencia: tres transfusiones consecutivas y diez sesiones de radioterapia para cauterizar la herida del tumor. Por primera vez desde que conocí el diagnóstico, sentí que caminaba sobre la cuerda floja pero sin tener ninguna de las habilidades del funámbulo. El oxígeno llegaba a duras penas al cerebro y la debilidad era casi total: me costaba trabajo permanecer de pie y no podía dar más de tres pasos sin desfallecer. Además, sufrí una mutación muy curiosa: desarrollé lo que llamé olfato de perro: a tres cuadras de distancia captaba el olor de la comida de los restaurantes, lo que me producía náuseas, aunque lo más extraño sucedió el día en que detecté humedad en una de las paredes del nuevo apartamento. No había manchas visibles y nadie me hizo caso hasta que semanas más tarde un carpintero tuvo que hacer una reparación en uno de los enchapados de madera y, al retirar un listón, descubrió lo que yo había olido: un tubo ciego había sido corroído por el agua no liberada y había comenzado a filtrar la parte interna de la pared.
Creo que la experiencia vivida entre los días 15 y 18 de septiembre cambió mi vida para siempre. En diversas oportunidades había visitado a familiares y amigos enfermos en los hospitales, aunque mi mayor relación con las salas de cuidados intensivos había ocurrido tres años atrás, cuando mi madre fue sometida a una difícil cirugía de aneurisma y durante varias semanas permaneció interna en la clínica. A pesar del tiempo allí transcurrido, nunca vi lo que me correspondió presenciar el sábado 18 de septiembre. Ingresé a las seis de la tarde y me instalaron en un cubículo, a espera de recibir la transfusión de rigor. Pasaron tres horas infernales y nadie me explicaba por qué no me atendían. Alguien descubrió que el médico de turno había confundido mi nombre con el de otro paciente, y, por lo tanto, no había sangre para mí. En todo caso, el problema se resolvió pero eso no me privó de habitar durante siete u ocho horas uno de los círculos del Infierno. En el cubículo de mi derecha, una mujer pasaba de los alaridos de dolor a un llanto compulsivo. Le acababan de diagnosticar una diverticulitis y la perspectiva de llevar una bolsa llena de materia fecal sobre su abdomen golpeó despiadadamente su femineidad. La voz me sugería una mujer joven y las imprecaciones que lanzaba contra su mala suerte me hacían suponer que además era atractiva, lastimada en el centro de su vanidad. Se imaginaba lejos del amor, pues atada a una red de sondas y cables y con la indiscreta fetidez de sus deposiciones, ¿qué hombre podía acercársele? En el recinto de la izquierda, un anciano pedía con insufrible persistencia la visita de su médico, un tal doctor Ramírez. Pero incluso cuando dicho médico lo tranquilizaba diciéndole que estaba a su lado, que no se preocupara, el anciano insistía en ver al doctor Ramírez, aunque lo más agobiante es que algunos familiares del paciente también le reclamaban a las enfermeras la presencia de un doctor que, como si fuera un fantasma, desde hacía un buen rato estaba con ellos. Y esta amarga letanía a lado y lado duró hasta que, alrededor de la una de la madrugada del domingo, tras inocularme en las venas la última gota de sangre de la última bolsa, pude irme a casa.
Comprobé que nada significaba mi enfermedad frente a lo que contemplaba a mi alrededor, tanto en los cubículos de transfusión como en las salas donde transcurrían mis lentas sesiones de quimio y radioterapia. ¿Qué decir o hacer ante un niño de cinco años, con la cabeza huérfana de pelo y las dentelladas del cáncer en la mirada, y que inocentemente paliaba su tormento frente a una pantalla de televisión? ¿Cómo disimular la emoción ante esa quinceañera que llora porque el próximo sábado no podrá asistir a la fiesta de cumpleaños de la amiga que ahora la acompaña porque no quiere que su novio la vea demacrada y sin la hermosa cabellera de sus mejores días? La resignación era la tónica general en la actitud de casi todas las personas que se sometían al tratamiento. ¿Qué podía pedir yo, uno más en ese club del dolor donde la democracia del sufrimiento unía a magistrados y magnates con bellas adolescentes, a jóvenes obreros que madrugaban desde el otro extremo de la ciudad con silenciosos ancianos y a mujeres recién casadas, en cuyas ojeras se confundía la enfermedad con su más reciente noche de amor? Yo, que soy un hombre formado y deformado por las palabras, descubrí que la solidaridad más elocuente es la que se expresa precisamente sin palabras y que una simple mirada supera los formalismos y protocolos mejor intencionados. Nunca me he sentido solo durante las ya numerosas sesiones del tratamiento pero tampoco cuando regreso a casa, escoltado siempre por el afecto de mi mujer e hijo y los demás miembros de mi familia. Pero creo que, al hablar de solidaridad, no puedo menos que recordar el inesperado plebiscito de apoyo a que me vi sometido desde que la noticia de mi enfermedad se hizo pública. Me resultó comprensible el generoso apoyo de mis amigos pero no tanto el de otras personas, cuyo trato consideraba distante e incluso adverso pero que, de pronto, se volcaron sobre mi suerte con una devoción conmovedora. ¿Y qué decir de los desconocidos y de esos lectores anónimos que a diario me llamaban por teléfono o me enviaban cartas desde los lugares más insospechados del mundo, mensajes todos que me ofrecían el mismo hálito de apoyo e, invariablemente, la minuciosa descripción de una receta para salir adelante?
No hay nada más común y ordinario que el cáncer y sin embargo todas esas voces me hicieron sentir especial, apreciado, amado. Y creo que esto es lo más positivo de lo ocurrido durante el trance por el que atravieso: asumir la convicción de que nadie está solo y que la vida no es más que el aliento colectivo de los demás cuando te eligen entre la multitud y te piden no desfallecer y dar una pelea que entre otras cosas justifica la existencia de todos. Cuando un hombre no se doblega ante la adversidad los demás se sienten más fuertes y eso parece justificar nuestro efímero tránsito sobre esta brizna de eternidad que nos empeñamos en llamar vida. Antes de padecerla, yo era de los que pensaban que la enfermedad no es más que lo que ocurre entre el médico y el paciente, hasta que la vida me colocó frente a experiencias que hoy considero premonitorias. También enfermo de cáncer, mi padre le dijo una noche a su enfermera que por favor lo bañara. "Pero si usted ya se bañó hoy", respondió la mujer, a lo que mi padre replicó: "No importa. Debo volver a bañarme porque a las tres me voy". Y a las tres de la madrugada murió. Una mañana, un canario al que mis hermanos llamaban "Resurrección" porque fue el único que revivió tras una epidemia que acabó con sus compañeros, escapó de su jaula. Revoloteaba por las habitaciones de una casa para él desconocida y al cabo de un rato se refugió en la alcoba de mi madre enferma y sobre su pecho se puso a cantar. Pasados unos minutos voló de nuevo y esta vez se posó sobre la vieja biblia familiar, que reposaba en la mesa de noche de la enferma, y allí, ante el asombro de sus perseguidores, cantó tan prolongada y bellamente que hizo llorar a algunos de los presentes. Tres días más tarde mi madre murió.
Creo que la enfermedad también me ha hecho filósofo. ¿Por qué todo esto tiene que sucederme a mí? ¿Y ahora qué hago? ¿Qué me espera y qué voy a hacer mientras tanto? ¿Y qué quiero decir con ese "mientras tanto", que me suena a cita inaplazable? Lo único claro es que acudiré a esa cita con los ojos abiertos y sin inquietud alguna. He amado, me han amado y aunque un día confirmé que nunca le saqué el cuerpo a la apuesta que ya desde mis años universitarios hice por la literatura, el amor y los libros jamás se han divorciado en mi vida. Es verdad que en alguna época sospeché que los libros -los leídos y los escritos- pretendían cerrarles el espacio a otras emociones de las que, de paso, jamás me privé. Sin embargo, desde hace algún tiempo -mucho antes de la aparición del adenocarcinoma-, los factores se invirtieron rotundamente a favor del amor, es decir, de la mujer y su ambigüedad, del sexo y sus tribulaciones. Por ello, en el actual ajedrez de mi vida -escribí hace poco-, la Dama le da jaque mate al Libro. No quiero ahora que esa otra Dama, tan temida con guadaña o sin ella, le dé jaque mate a lo que queda de mí.
El momento de aparición de la enfermedad coincidió con la publicación de mi libro Mujeres de Babel y con diferencia de una semana aparecerán dos libros más que, junto con la reedición de otro, completan mi agenda editorial este año. Los inéditos pueden esperar por lo menos un par de años más y esta es una de las razones por las cuales la tranquilidad se ha convertido en mi divisa. Las fluctuaciones existenciales a que me somete mi enfermedad lo único a lo que me obligan es a permanecer lúcido y atento, sin privarme de las emociones que siempre le dieron sentido y sabor a mi vida. Debido a ello, en las pausas de la quimioterapia mi médico me ha permitido realizar algunos viajes. En noviembre pasado estuve en México, donde asistí a la presentación de Mujeres de Babel en la Feria del Libro de Guadalajara. Allí le cumplí la cita a Gabriel García Márquez, quien al comienzo de mi enfermedad me llamó por teléfono y me puso al tanto de su propia experiencia con el cáncer, al tiempo que me citaba en la capital de Jalisco para sacarle el cuerpo a La Pelona "con tequila y mariachis". También viví la solidaridad de todos mis amigos catalanes, pues la feria estaba dedicada a Catalunya, donde nací y crecí como escritor, y pude brindar con ellos y mis cuates mexicanos por el premio concedido a Juan Goytisolo. Al regreso, volví a navegar entre las sustancias para mí misteriosas de la quimioterapia y de nuevo fui sometido a las poco gratas pruebas de endoscopia y TAC para saber si la enfermedad remitía o, al contrario, se afianzaba. Y al comenzar este año el médico me permitió otra licencia: viajar a España a recibir el premio Ciudad de San Sebastián, que obtuve el año anterior gracias a Cuestión de hábitos. Y tras regresar, indemne de la ola polar que durante las dos semanas que permanecí en la cornisa cantábrica azotó a Europa, fui sometido a un nuevo ciclo de quimioterapia. Esta vez la cosa resultó bastante dura: fui presa de las náuseas y el desánimo, del desfallecimiento físico y del dolor. Por primera vez a lo largo del tratamiento he tenido que echar mano de los medicamentos con que me aprovisionaron para contingencias semejantes. Pero, definitivamente, el mejor antídoto es la verraquera que uno tiene que ponerle al asunto y la generosidad de los amigos y colegas, algunos de ellos tanto o más enfermos que yo. Luis Fayad me visitó y él mismo me contó que desde hace meses lucha contra la osteoporosis. Germán Espinosa permaneció durante dos meses en una sala de cuidados intensivos. A Cobo Borda lo agobia una esclerosis múltiple. José Fernando Isaza salió de un cáncer para caer en otro. Con las cosas así, ¿cómo puedo quejarme? Entre los muchos nombres que han intentado endilgarle a mi generación está el de Generación Desencantada. Creo que ante los hechos citados sería mejor llamarla Generación Desahuciada.
Lo curioso de todo esto es que mis amigos intuyeron que yo estaba enfermo antes de que yo lo supiese. Fue durante las exequias del poeta Fernando Charry Lara, cuando por petición de su familia tracé su semblanza humana y literaria a nombre de la generación de escritores de la que formo parte. Me vieron pálido y demacrado y casi me desmayo mientras leía la oración fúnebre en la capilla de los Santos Apóstoles del Gimnasio Moderno. No le di importancia pero algunos de los amigos presentes, como Consuelo Triviño Anzola, dieron la voz de alerta. Algunos días después me derrumbé en mi casa. Cuando Charry Lara murió, el maestro Rafael Gutiérrez Girardot me llamó desde Alemania para contarme que tras la desaparición de su amigo sentía que se quedaba solo y que si no fuera por la inapelable prohibición de su médico viajaría a Colombia. Quince días más tarde, al enterarse de mi enfermedad volvió a llamarme y entonces me dijo una de las cosas más hermosas que he escuchado: que durante toda su vida había sido ateo practicante pero que ahora volvía a creer en Dios para poder rezar por mi recuperación. ¿Por qué Gutiérrez Girardot -quien está vivo de milagro tras un accidente que lo partió en treinta pedazos- no abjuró de su incredulidad para pedir por él antes de hacerse creyente por mi causa? Lo que está claro es que el egoísmo ha intentado afianzarse en mi corazón mientras que la actitud de todos mis amigos rebosa afecto y generosidad.
Y vuelvo a pensar en lo que dije al comienzo, cuando la única enfermedad que hasta el trance presente había padecido me producía por igual dolor y un vano regocijo. Creo que la anécdota encierra una paradoja: la gota es una enfermedad que quiere hacerse pasar como un exceso de buena vida, en tanto que el cáncer es una proliferación descontrolada de células que en lugar de inflar la vanidad del paciente lo desdibuja hasta colocar su espectro en los obituarios. Curiosamente, el único medicamento que se me ordenó seguir consumiendo día tras día es el Urocuad, contra la gota, que debo ingerir junto con cápsulas de Omeprazol, de 20 miligramos, que a su vez contribuye a suavizar la mala leche del carcinoma. Lo que está claro es que ya no hay motivo para regocijo alguno ni para celebrar los excesos vitales del real o fingido hedonismo. Si ayer me reía a costa de mis quebrantos, a lo mejor mañana mi otro asunto dará pie al llanto de algún prójimo querido. Así están las cosas. Por mi parte he intentado quitarle dramatismo a este cuento y creo que lo he logrado, pues en ningún momento he cedido al desánimo ni a la conmiseración y he eliminado de mi vocabulario la palabra derrota. Pero esto nada significa. Sé que lo que ahora escribo será dentro de un tiempo la evidencia de un trance ingrato pero, también, las cosas pueden darse al revés: que esta experiencia que ahora vivo se lea mañana como un desapasionado comentario, evocado al pie de una piedra donde el transeúnte festeje la única frase que por igual justifica mi oficio y mi vida: Que me quiten lo bailado.

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