Capítulo III

1. Las cien personas que trabajan en la fábrica de ropa Tutto Colore apenas se han dado cuenta de mí. Podría haber sido un actor, pero soy tan invisible que más parezco un extra. Quisiera creer que todo se trata de una gran impostura, pero la verdad es que ya soy un bodeguero: llevo un mes siéndolo, unas diez horas al día. Durante estas cuatro semanas en la empresa he repetido un puñado de frases que apenas varían: "Sí, señor. No, señor. Ya mismo lo hago". He aprendido a moverme con la agilidad de un pez vela por el segundo piso, donde está mi puesto de trabajo.

Cada día almaceno bolsas con prendas de vestir en unos estantes de metal que parecen el costillar de un transbordador espacial. Llevo también un inventario de camisetas y sudaderas sobre una mesa tan larga como la del comedor de un colegio y recibo con humildad benedictina órdenes de mi jefe, un hombre neurótico que nos prohíbe oír música a mí y a mis compañeros de faena. En los otros pisos de la fábrica, los operarios fruncen menos el ceño. Se relajan oyendo rancheras, merengues, baladas. Nosotros trabajamos sin banda sonora. Si pudiéramos balbucear alguna canción, la que fuera, estoy seguro de dos cosas: 1. Que los hombres con quienes trabajo dejarían de obsesionarse en hablar sobre la manera de complacer a sus mujeres y 2. Que yo no desarmaría mentalmente mi vida una y otra vez como si se tratara de un cubo Rubik.

Mi rutina laboral comienza a las 6:45 de la mañana. A esa hora el portero de la empresa, un hombre calvo al que se le enredan las palabras en la boca, me abre la puerta y saluda con un desganado buenos días. Busco en la entrada una tarjeta amarilla con mi nombre y la deslizo por la ranura de un reloj de metal muy parecido a una pequeña caja fuerte. Odio el ruido que hace en la mañana, ese clack pesado como un grillete; adoro la música que sale de sus entrañas a las cinco de la tarde, mi hora de salida, como un chasquido de dedos que me devuelve al mundo. Cada vez que marcas tarjeta en una fábrica es como poner un precio a tu día. El mío vale 14.500 pesos.

Antes de que otro reloj señale las siete de la mañana, saco mi uniforme de un casillero marcado con el número 49 y me cambio en el último baño de la segunda planta, el único con un orinal. Los otros baños son para las operarias de la Sección de Terminación, mis compañeras de piso. Son mujeres que revisan posibles imperfecciones en la ropa que sale de las máquinas de coser ubicadas una planta más arriba, y también doblan y empacan las prendas. Entre ellas está la mujer más bonita de la fábrica, una niña que revisa con la concentración de un banderillero las costuras de blusas, pantalonetas y vestidos, envuelta en una bata de cuadritos. En cuanto a mí, el vestuario es simple: una camiseta de dotación azul, hecha de algodón y con un cuello grueso que me ahorcó durante la primera semana de trabajo. Lo termina de componer un jean con el tiro demasiado largo que compré en el centro por 15.000 pesos, y un par de zapatos viejos que me sientan como un guante. Estos son los únicos con los que resisto las diez horas que dura mi jornada.

Un día, dos meses después de llegar a la fábrica, el pago del sueldo se retrasó y empecé a sentir que mis zapatos me apretaban. Había cumplido puntual y obediente la misma rutina: marcar tarjeta-uniformarme-contar-almacenar y mover cajas-volver a marcar tarjeta. Pero la quincena ya llevaba dos días de retraso y necesitaba comprarme una cuchilla de afeitar y una pastilla para la gripa. Tenía plata solo para una de las dos. Pensé en buscar un trabajo extra. Uno de mis compañeros, por ejemplo, atiende un carro de perros calientes los fines de semana y otro es mensajero de una droguería. Trabajan siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año, y crecieron en unos barrios populares donde sus amigos cambiaban de moto cada dos meses. Hoy sus amigos están muertos. ¿Es acaso mejor estar vivo y marcar tarjeta en una fábrica?

El día en que los zapatos me estaban matando, le pregunté a la secretaria de la empresa por qué aún no nos consignaban la quincena.

—No sabemos cuándo se les pueda pagar —me dijo, con cara de pésame.

2. La fábrica Tutto Colore queda en una esquina de Guayabal, el parque industrial de Medellín, sobre una avenida de árboles ennegrecidos por el humo de los buses. La circundan y le hacen sombra unos vecinos poderosos: las chimeneas de Noel, la Compañía Colombiana de Tabaco, gaseosas Postobón y Estra. Hace dos años Tutto Colore saltó de ser una empresa que funcionaba en una casa vieja de dos plantas a convertirse en un edificio de ladrillo de cinco pisos. El salto parece haberla dejado sin aliento. Al igual que las primeras fábricas textiles que se crearon a principios del siglo XX en Medellín, esta es propiedad de una sola familia: los cinco hijos del ex dueño, el fallecido Ernesto Correa, se reparten ahora las gerencias. El patriarca y fundador, que murió de cáncer, sobrevive ahora en unas fotos enmarcadas y recubiertas por una pátina. Los retratos, pegados a la entrada de cada piso, llevan su imagen como si se tratara de un santo patrono. Debajo de ellos se lee una sentencia lapidaria, una oración sacada de la sabiduría empresarial: "El trabajo es el único capital no sujeto a quiebras".

Un día después de la celebración del Día del Trabajo, la tarde del 2 de mayo, el gerente general de Tutto Colore, un hombre bajito que siempre lleva en la mano una pequeña bolsa de cuero —nadie sabe qué carga en ella—, pidió que nos reuniéramos para explicarnos por qué el sueldo no estaba llegando a tiempo. Por la fecha, más que una paradoja parecía una broma pesada. Cuando lo vimos aparecer por las escaleras, traía la cara de un adolescente al que su madre le ha acabado de confesar que es su hijo adoptivo.

—En casi tres décadas de existencia —dijo—, este es el peor semestre en las finanzas de la empresa.

Una muchacha de la planta de confección que tiene tres niños se mordió la boca. Creí que iba a sangrar.

Como si se tratara de una tarea escolar, el hombre recitó las razones que explicaban el retraso del pago de la nómina. Eran unos cincuenta millones de pesos cada quincena: 1. El hueco que le dejó a la fábrica un millonario robo continuado hecho por una empleada de confianza. 2. El aliento del dragón chino sobre nuestra nuca con productos baratos que llegan vía Panamá. 3. El desplome del dólar, que en menos de seis meses bajó 500 pesos. En este punto dejé de oírlo y me concentré en un tic que se había apoderado de él. Era como un movimiento espasmódico, casi imperceptible, que lo obligaba a subir y bajar el hombro derecho cada cinco segundos. Mis compañeros miraban al suelo. El gerente continuó, entre nervioso y avergonzado, con sus malas noticias. Recitó una cuarta razón por la que no podía pagarnos la quincena: nuestros grandes deudores. Por ejemplo, una empresa mexicana a la que le facturamos una importante suma de dinero y que hasta ahora no nos ha pagado. El hombre guardó silencio, tal vez esperando la reacción de los operarios. Solo uno de mis compañeros preguntó:

—Mañana no tengo para el bus. ¿Qué hago?

En la cadena alimenticia de la industria textil, Tutto Colore es apenas un atún mediano que puede ser tragado por cualquier ballena. Los obreros somos el fitoplancton. Unos días de retraso en el sueldo se traducen en cortes de luz por no haber pagado o en hacer llamadas a los familiares más pudientes buscando plata para el transporte. En mi caso, bajarle la guardia a mi casera con algún chiste barato y pedirle un compás de espera para pagar el arriendo. Aunque la mala racha no es un caso exclusivo de Tutto Colore: es solo un síntoma de la agonía de la industria textil por la caída del dólar. Doce mil empleados de estas fábricas ya perdieron su trabajo en el primer semestre del 2007 y algunos trabajadores de la empresa han empezado a emigrar antes de que les llegue una carta de despido. Uno de mis compañeros me dijo en un pasillo que se iba al Chocó a administrar una ferretería. Su última tarde en Tutto Colore coincidió con el Día de la Madre. Mereció un pedazo de torta y helado de ron con pasas y algunas palmadas en la espalda por esa década y media de haberse partido el lomo en esta fábrica. Algo huele mal en la ciudad. Miles de paisas se abrieron paso a través de una geografía agreste y fundaron Medellín, la gran ciudad de las fábricas. Ahora sus descendientes retornan a la humedad de la selva.

3. Una mañana, antes de salir de la casa para la fábrica, puse una nueva rayita en el calendario de bolsillo que guardo en mi billetera. Lo miro después de bañarme con agua helada como un soldado mira la foto de su novia bajo el ruido de los aviones enemigos. Hoy taché el martes 3 de julio. Desde hace una semana, y para el bien de mi salud mental, tengo una nueva responsabilidad en la empresa: acompaño al chofer de Tutto Colore en sus recorridos por los talleres caseros, a los que la fábrica les encarga la terminación de prendas con alguna característica en especial. Por ejemplo, un broche doble. Mi tarea es reemplazar al antiguo ayudante del conductor —quien se fue a trabajar a una empresa de vigilancia en la que le pagan casi dos salarios mínimos por cuidar un parqueadero—. Dejar la bodega y salir a las calles de la ciudad ha logrado salvarme de mi trabajo de robot de los cuatro meses anteriores, en los que se me iba la vida contando mamelucos para niños.

Una tardé conté 1.253 prendas de vestir, y anoté el número en un papel para acordarme siempre de lo que un hombre puede hacer por dinero. Un compañero bodeguero que antes trabajó en Noel había pasado tres años y medio, de diez de la noche a seis de la mañana, viendo desfilar millones de galletas por una banda. Era eso o no alimentar a su hijo recién nacido. Otro, que se enganchó en una empresa de cosméticos, trabajó durante tres meses en jornadas de doce horas y en aquel trimestre solo descansó un domingo al mes. "No me hubiera importado hacerme matar con tal de seguir con ese sueldo. Era una belleza", me dijo a la hora de la salida, frente a los casilleros de la fábrica.

En esos meses, él perdió seis kilos.

En estos meses, solo he bajado un kilo y medio.

Ahora me he convertido en el segundo de don Jaime Isaza, un canoso fortachón que maneja una camioneta de la empresa por Medellín. Hace ya siete días que llenamos el tanque con un billete de 50.000 y vamos de taller en taller recogiendo docenas de talegos con la ropa terminada. La mayoría de estas fábricas en miniatura, armadas en el comedor o la sala de casas, están en barrios populares. Se reconocen desde la calle por las luces de neón empotradas en el techo y el ruido afanoso de una máquina para confeccionar ropa. La que más me agrada visitar es una que queda en el barrio Manrique, en una casa vieja que custodia un perro tuerto.

La dueña, una señora que por sus vestidos parece haber quedado anclada en otra época siempre nos da jugo de mora cuando Isaza y yo terminamos de cargar la camioneta con talegos repletos de ropa. A simple vista, esos talegos significan más ventas, la certeza de que el bache económico del primer semestre quedó atrás, en eso confía el nuevo gerente, un hombre alto y amable, que recoge cada hebra que ve en el piso de la fábrica para echarla a la basura. Para él, los talegos son como cartas venidas desde lejos con buenas noticias. Por ahora, nosotros somos los carteros.

Hoy, martes 3 de julio, ha sido un día tan largo como los de Alaska en su verano. A las nueve de la mañana, Isaza y yo fuimos al aeropuerto de Rionegro a dejar una exportación en los muelles de carga. Los agentes de aduana le hicieron firmar un documento en el que declaraba no tener droga camuflada entre las cajas con ropa que viajaban a España. Antes de bajarlas de la camioneta, le tomaron una foto con las cajas detrás como prueba documental. Si las autoridades españolas encontraran cocaína entre sudaderas y vestidos, sabrían qué hacer.

A eso de las diez de la mañana, bajo una lluvia apocalíptica, salimos del aeropuerto hacia una cooperativa en La Ceja, un pueblo a media hora de Medellín: teníamos que entregar una máquina de coser. Mientras la descargaban, Isaza me pidió plata prestada para comprarle a su madre unas hortalizas frescas que venden en un mercado parte de la misma cooperativa. Le presté 3.000 pesos con los que había pensado tomarme un par de cervezas después del trabajo. A veces, por las tardes, cuando salgo de la fábrica, paso por alguna heladería del centro. Así se les llama a los bares antiguos de Medellín. Son como casas de té para los antioqueños solitarios. Las muchachitas que atienden las mesas son sus geishas de tierra caliente: se dejan invitar a una copa de aguardiente, les ponen sus canciones favoritas en las rocolas y oyen con paciencia las historias de estos hombres de manos tan grandes como las de Isaza.

De regreso a Medellín, con las ventanillas de la camioneta abiertas y el olor a pasto mojado, el conductor de Tutto Colore me muestra algo. Es el parador Tequendama, donde, cuando le sobra algo del sueldo, invita a su novia a comer trucha y a ver una cascada bajar por las montañas. Isaza me sugirió que hiciera lo mismo, pero mis votos de pobreza y castidad se han cumplido.

Él tiene más de cincuenta años, una novia y dos divorcios.

Yo sigo sin tener señora. La que tenía nunca entendió por qué me vine a Medellín.

A la una y media de la tarde, regresamos a la empresa para tomar el almuerzo. Como todos los días, tuve que calentar mi comida en el microondas del quinto piso y devorarla en quince minutos. Ese es el tiempo reglamentario para alimentarnos. Fueron dos presas de pollo sudadas, arroz, papas fritas y medio plátano maduro. Después de las dos, el jefe de la bodega, ese hombre sin sentido musical, nos encargó llevar unos botones, bandas elásticas y marquillas a un taller del barrio San Javier, en la comuna 13, en el norte de la ciudad. "Hace unos años no habríamos podido asomarnos por allá", me dijo Isaza mientras encendía el motor de la camioneta.

Hace años, recuerdo haber visto en el noticiero cómo un helicóptero negro levantaba los techos de zinc de algunas casas de San Javier, un barrio de calles laberínticas y empinadas como el mío. En aquella zona, la policía y el ejército se enfrentaron a quemarropa con milicianos y paramilitares. Al final, un hombre cayó muerto en el fuego cruzado mientras trataba de alcanzar una cabina telefónica para avisarle a su familia que estaba vivo. Han pasado cinco años desde aquella mañana que vi por televisión el día en que la guerra entraba a una ciudad de Colombia. Junto a Isaza, durante media hora recorrí las calles de San Javier y en ese tiempo conté seis jóvenes en sillas de ruedas.

Nuestra segunda asignación de la tarde fue ir a un barrio que está sobre un antiguo basurero. Debíamos recoger allí una docena de talegos de ropa. Era Moravia. O lo que quedaba de él. La noche anterior de mi mudanza a Medellín un incendio acabó con doscientas casas de este barrio. Mis recorridos con Isaza se estaban convirtiendo en la comprobación de las tragedias de la ciudad. Moravia es el sitio donde he visto a más perros vagar sin dueño. A las cuatro y media de la tarde regresamos a la fábrica con las gargantas tan secas como un manglar muerto y de inmediato descargamos los talegos.

Ya casi son las cinco, la hora de salida. Siento como si hubiese adquirido ciertas habilidades especiales. He aprendido a identificar las prendas que vienen en los talegos sin necesidad de abrirlos. El que llevo ahora a mis espaldas por una escalera que va al segundo piso tiene pantalonetas de dril y por eso pesa tanto. Me siento como uno de esos joyeros capaces de ponerle precio a un diamante con apenas sostenerlo sobre la palma de la mano, una virtud por la que me pagarían más de un salario mínimo. Pero la única verdad es que mi columna vertebral cruje al final de esa escalera. Es el último de los talegos que trajimos de Moravia. De nuevo olvidé subir a la sección de corte y pedir prestado un cinturón para prevenir una futura escoliosis. Es un artículo parecido al que usan los fisicoculturistas cuando entrenan. Si continuara haciendo este trabajo sin llevarlo puesto, en cinco años tendría mi columna como una letra ese.

Huelo muy mal después de diez horas de trabajo. En la sección de Terminación descargo el talego con la camiseta empapada de sudor. El lugar está vacío. Las mujeres que trabajan revisando las prendas se han ido a las tres de la tarde. Al recorrer sus cubículos vacíos me deprimo. No hay nada más desolador que sus herramientas de trabajo regadas y huérfanas. En uno de los cubículos, veo un cuaderno con ositos en la portada, el caucho para el pelo que alguna de ellas olvidó, un esfero mordido en la punta. En otro, veo una máquina para etiquetar ropa marcada con una calcomanía que dice "corazón valiente". No hay nadie alrededor. Camino hasta la silla donde se sienta la jefa de la sección, una señora que lleva trabajando años en la empresa. Vive en una casa al lado de un río, en Caldas, un pueblo a 45 minutos de Medellín, y tiene un afiche sobre el comedor en el que un hombre de espaldas se enfrenta a dos caminos: el Recto y el de la Perdición. En el primero, aparece la figura de un azadón, una mujer y unos niños sonrientes y una casa modesta con un jardín. En el segundo, hay una botella de aguardiente, un fajo de billetes y monedas, un arma y un ataúd. Conozco ese afiche porque he ido con Isaza a recoger talegos de ropa de los que la señora se ocupa los fines de semana para ganarse unos pesos de más. Unos pesos de más son unos pesos de más: por enganchar cada prenda y embolsarla se gana 150. Hace unos meses, ese afiche me habría parecido de un maniqueísmo insoportable.

Hoy también creo que solo hay dos caminos. Doña Luz Castro, así se llama la mujer, escogió el recto a pesar de que su casa no tiene jardín. De otra manera no me explico la tranquilidad que desprende cada vez que me acerco para hacerle una pregunta de trabajo. Parado a su lado, me toca algo de su paz interior. Sé que esto suena demasiado metafísico, pero no tengo una mejor explicación y no me he molestado en buscarla. A veces las cosas son como son, así suene a Cantinflas. ¿No es suya la frase "hay momentos verdaderamente momentáneos"?

Quisiera que ella todavía estuviera aquí para que el cansancio después de un día tan pesado se desvanezca. En su lugar, se acerca mi jefe y me dice que tiene otro encargo: tres talegos para recoger en el barrio Castilla, al otro lado de la ciudad. Son las 4:50 de la tarde. El incansable Isaza me espera en la calle con el motor prendido.

4. Han transcurrido cinco meses y medio desde que aterricé en Medellín y empecé a trabajar en la empresa. Es viernes por la tarde y estoy sentado en el último baño del segundo piso de la fábrica. Si aguzo el oído, puedo oír su funcionamiento en pleno. Cierro los ojos y se me aparecen las cortadoras del quinto piso, las bordadoras y estampadoras del cuarto, las cincuenta máquinas de confección del tercero, a estas alturas, sonidos tan familiares como las teclas de un computador. Mi jefe debe creer que sufro de diarrea crónica. Visito la taza a menudo, pero por otras razones. Aquí he tomado notas sobre qué diablos es vivir con el salario mínimo. Cada vez que escribo algo en esta libreta negra siento que la respuesta se aleja como un barco mercante rumbo a Oriente. Una vez también leí aquí, con los ojos aguados, una carta que me entregó una joven operaria junto a un paquete de galletas de chocolate y aquí mismo tomé aire durante los momentos más duros de mi estadía en la fábrica, de esta travesía por el desierto.

Desde que trabajo en la empresa, las metáforas bíblicas vienen a mí con más frecuencia de lo que quisiera. Algunas mañanas en las que el bus me dejaba quince minutos antes de lo usual en la esquina de la avenida Guayabal donde queda Tutto Colore, decidía caminar hasta una iglesia cercana. Eran raptos religiosos que nunca antes había tenido. Sentado sobre la última banca, le pedía a una estatua de yeso darme más fortaleza para alcanzar las cinco de la tarde y de paso hacía tiempo para no llegar tan temprano a marcar tarjeta. En dos ocasiones, me encontré aquí con doña Luz pidiendo el temple necesario para seguir por el camino recto. Después de una breve oración, iba por un buñuelo de cien pesos a una panadería. Me lo comía en forma de hostia antes de entrar a la fábrica y ponerme el uniforme en el mismo baño.

Ahora que he soltado la cisterna, me lavo las manos y me miro en un espejo. Mi pelo ha vuelto a crecer desde que me lo corté a ras antes de venir a Medellín. Esa tarde, cuando salí de la peluquería, se abrió un paréntesis en mi vida. Quedan pocas horas para cerrarlo: hoy es mi último día en la fábrica. La niña que me regaló la carta y las galletas me llama. Acaba de llegar la comida. Mis compañeros de la bodega compraron una torta y una Coca-Cola para despedir a un hombre que nunca les dijo quién era en realidad.

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