Debo aceptar que durante 23 años bebí todos los días, así fuera un par de cervezas o de vinos. Digamos que, como afirmaba Gardel, que tenía que tener algo en la mano para poder cantar, en mi caso para poder vivir. Finalmente el río de trago que me bebí pasó la factura: ya no sólo sufría de guayabos mortales, de tembladera, de falta de apetito, taquicardia, desconcentración, pérdida de memoria o insomnio. La cosa ahora tenía que ver con un dolor en el costado, con fiebres como raras y el progresivo color amarillo que fue tomando mi piel. También empecé a notar cómo en mis brazos ciertas venitas se marcaban, parecían capilares reventados. Es lo que los médicos denominan "arañas vasculares". El dolor vino después acompañado de una hinchazón en el abdomen (ascitis la llaman). Creí que era una complicación gástrica pero varios exámenes de sangre arrojaron un dictamen contundente: cirrosis, la única palabra que un alcohólico teme oír a menos que desee la muerte. Es así de simple: una vez diagnosticada la cirrosis hay que dejar de tomar o el cementerio está asegurado. No creí lo que me dijeron -la inminencia de los santos óleos- y seguí bajando ginebra, whisky, tequila, lo que fuera. Me di cuenta de que la cosa iba en serio cuando una día bañándome escupí sangre. Me asusté y me fui para urgencias. Una bobada porque sabía que era la cirrosis que yo había estando alimentando juicioso con dos borracheras a la semana. Prometí dejar el trago. Me duró un mes la promesa. La rompí en mi cumpleaños. Me dije: "Hombre, Germán, pisó los 50 ¿y ni un traguito para celebrar?, ¿un vodkita con jugo de naranja, un amarillo, un cuba libre? Un guaro aunque sea". Una vez tomado el primer sorbo no hubo regreso. El parrandón duró tres días. Fue con desmayo y sangre por la garganta. Estaba reventado. Después de reponerme en cuidados intensivos, de tener las peores pesadillas por el síndrome de abstinencia y de pensar cómo iba a soportar la vida estando sobrio, salí de la clínica. Esa noche, viendo televisión pasaron una propaganda de gente tomando trago. No alcancé a llegar al baño a vomitar pero la humillación de verme bañado en mi propia porquería sirvió. Dejé de tomar. Sangré otras veces pero una cirugía me sirvió para curar las várices del esófago -la causa del sangrado- y una dieta sin sal muy estricta, con vitamina B y mucha proteína fue poco a poco curando mi hígado, pero la cura real fue dejar pasar todo vaso de alcohol que me pusieran en frente. No había de otra. ¡Claro que a veces me dan unas ganas de celebrar mi retorno a la vida con una copita de anís! ¡Es que es tan bueno!

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