Andrés Jaramillo es un personaje de contrastes. Trabajar con él es estresante, pero al mismo tiempo te enseña muchas cosas. El tipo está parado todo el tiempo, recorre Andrés Carne de Res de esquina a esquina, puede aparecer en cualquier lugar en cualquier momento.
Es obsesivo con el restaurante. Todos los días es el primero en llegar y el último en irse. Me cuentan que al comienzo era muy amigo de los meseros, que tomaba vino con ellos y quería hacerlos socios del restaurante, pero no sé en que momento esa visión cambió.
Es malgeniado. Todo el tiempo cree que la gente lo está robando, es difícil que confíe en alguien. Se le ve con estrés, no le cree nada a nadie. Nunca cree que su restaurante es el mejor. Puede llegar un día y decir que estuvo en un restaurante entre semana y que probó el mejor jugo y la mejor carne, cuando es Andrés Carne de Res el que tiene ambas cosas. Es por esa obsesión que el sitio es el mejor.
Lo bueno es que se aprende mucho de servicio al cliente y de estrategias para manejar un sitio de estos (mucho de lo que aprendí me ha ayudado en mi trabajo de directora de mercadeo y publicidad de Derecho y Propiedad S.A.). Fue el primer restaurantero en contratar meseros universitarios, cosa que ahora muchos hacen. Cuando Andrés ve que al restaurante no le está yendo tan bien como debería, en vez de echar gente y recortar presupuesto, contrata más personal, mete más decoración, amplía el lugar, incluye más servicios. Y parece mentira, pero después de eso, automáticamente el lugar vuelve a renacer.
Nunca se va de vacaciones, el restaurante es su vida. Solo dos veces lo vi irse antes de tiempo, pero porque se sentía enfermo. Una vez tomó unos días de descanso y para que no nos olvidáramos de él, dejó por todo el restaurante fotos giratorias con su cara. Por un lado aparecía sonriente y, por el otro, bravo.
Sus empleados lo respetan y, claro, le tienen miedo. No es sino que llegue y diga "hola" con ese vozarrón que tiene para que todo el mundo comience a hacer cosas, así no tenga nada que hacer. Todos parecen hormigas trabajando al tiempo.
Está encima de todo lo que tenga que ver con el restaurante. Desde en qué lugar tenemos que sentar a los clientes -todo varía si se es famoso, lindo, feo, lobo- hasta el sabor de las salsas, la papa esa con puré que va con la carne. Tiene también su taller creativo que le ayuda a decorar todo, hasta las cajitas para que la gente se lleve comida a la casa, pero cada cosa tiene que tener su aprobación.
Otra de sus costumbres es estar pendiente para coger a los meseros haciendo lo que no deben. Una vez un compañero se robó una mazorca y un chorizo y se metió al baño a comérselos, con tan mala suerte que Andrés estaba en ese baño. Lo echó. Solía darnos yuquitas tipo cinco de la tarde, pero un día que en el almuerzo uno de los meseros no se lo comió completo, decidió cortarle a la costumbre de las yuquitas. Tampoco le gusta que uno vaya a rumbear a Andrés en su noche libre o recién salido del restaurante, porque le llenan la mesa de regalos: pide uno una porción de criollas y termina con dos puntas de anca y una botella de aguardiente.
Eso sí, hay que decir tres cosas sobre él. Primero, que es un papá increíble, se desvive por sus hijos. Segundo, que nunca lo vi hacer algo injusto con sus empleados; puede ser exigente y obsesivo, pero injusto, nunca. Y, tercero, eso de que hace brujería y vudú es puro cuento. Nunca en el restaurante vi matar gallinas ni cruces al revés. Lo que tiene relacionado con santería e imágenes católicas hacen parte de la estética del lugar, nada más.

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