Siempre me recuerdan los sombreros de las brujas. Viendo sus cabezas como conos mitad blancos mitad negros asomarse por entre agujeros en el hielo de la antártica, pienso que es un poco de Halloween en medio del paisaje invernal. Hablos de las ballenas asesinas enanas que he venido a descubrir aquí en el fin del mundo. "Asesinas", pues son animales que atacan cuando se ven invadidas o acorraladas. Todo parece indicar, tras cinco años de venir a estudiarlas, que se trata de una nueva especie de orca, que he bautizado informalmente como "orca enana".
Enana porque mide seis metros en vez de los nueve que tienen las orcas clásicas. Pero, no son más fáciles de observar. Estudiarlas en el medio ambiente más hostil del planeta requiere pararse horas en un témpano de hielo o en la cubierta de un rompehielos que está abriéndose paso a la fuerza sobre un mar congelado. Exige vestirse con quince kilos de capas de ropa polar impermeable, para luego abordar un zodiac tan pronto uno ve sus aletas dorsales negras romper el agua.
Y aquí comienza el baile, porque el rompehielos abre un canal estrecho y los bordes de los témpanos recién cortados son más filudos que el cristal. Las orcas se agolpan unas contra otras lanzando cliqueos y levantan la cabeza para espiarme, disparando penachos de vapor que se condensan en una neblina gélida. Sus ojos negros me estudian con inteligencia espeluznante. Estoy tan cerca de ellas que veo sus pupilas mirar la ballesta que tengo en la mano.
Trato de decirles mentalmente que solo quiero una muestra de su piel, del tamaño de un borrador de lápiz; que solo sentirán una leve picadura, que es importante para mí tener su ADN para poder entender cómo es que se las han arreglado para evolucionar completamente aparte del resto de ballenas asesinas del mundo. Apunto... y disparo. Doy en el blanco. Ofendida, la orca me mira nuevamente, pero sigue adelante porque hoy la familia está dándoles lecciones a los ballenatos jóvenes de cómo se atrapa un pingüino y cómo se le tira por los aires para atontarlo. La lección parece divertir a todos menos a las pequeñas aves, que salen despavoridas en todas direcciones, como misiles en miniatura envueltos en burbujas.
Estoy algo nervioso porque, aunque nunca me ha sucedido, podría caer al agua y sorprender a las ballenas. ¿Se mostrarían entonces juguetonas, empujándome como si fuera un pingüino, o ignorándome para ir a cazar, o más bien atacándome como a un enemigo que irrumpe en su territorio así como así? Nadie lo sabe.
Ahora tengo que tomar fotos para identificar a cada miembro de la familia. Es más fácil decirlo que hacerlo: una hembra orca acaba de dar un salto y aterriza a pocos centímetros de mi bote de caucho, haciéndome perder el equilibrio y casi voy a dar al agua. Puedo detallar claramente su mancha ovalada encima del ojo. En esta especie de orcas esa mancha es más amarilla que blanca. Trato de pensar en la razón de esta diferencia, pero una voz me grita a través de la radio: estoy empapado e hipotérmico y no me había dado cuenta. Me ordenan regresar al rompehielos porque en la Antártica, esta combinación es letal. Ahora tengo que esperar al año entrante para volver a estar en compañía de las ballenas.

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