una psicóloga, dos trabajadoras sociales y yo, una antropóloga, atendemos cada día entre 30 y 50 personas que vienen a preguntar por sus familiares desaparecidos. Por lo general, no encuentran a su familiar, acá, en Medicina Legal. Eso es lo bueno del trabajo. Lo malo es que a una persona de cada diez a la que le hago la entrevista de rigor, le enseño la fotografía y doy la mala noticia: que al fin lo ha encontrado, pero que ha muerto, no puedo contestarle esa pregunta que inevitablemente se hace: ¿por qué?
La entrevista dura 20 minutos, pero cuando están muy ansiosos duran hasta una hora. Llegan llorando, pensando que ya están aquí. Tenemos que esperar a que se calmen, escucharlos y si está el cuerpo aquí, dejar que se desahoguen. Hay familias que se dividen y buscan en hospitales, cárceles, con las autoridades, otras que se aglomeran en mi oficina. Hay una chica que cada semana sale de su trabajo, se acerca y revisa el álbum con la esperanza de no encontrar a su hermano desaparecido en uno de esos rostros apagados, pero con la ilusión de tener una noticia de él, buena o mala, pero tenerla.
No hay una forma de dar la noticia. Es entablar un diálogo, preguntarles: "¿Qué pasó?, ¿estaba deprimido?, ¿qué hacía? Hay una persona con ese nombre, llegó en tal fecha". Si hay foto, uno se la enseña. Son alrededor de trescientas Polaroid y están organizadas cronológicamente en un álbum. En ellas, yo misma escribo el nombre con el que llegó o si es NN; la procedencia, fecha de llegada, edad aproximada y causa de muerte.
Uno los acerca a la noticia. Es algo intuitivo. Nunca lo hago igual. A veces les digo sin más: "Su familiar está aquí, lo encontraron en tal parte" y la gente empieza a preguntar de todo. Les doy la información que hay en la base de datos (causa, fecha y lugar donde lo encontraron). Lo otro es reserva sumarial. Hay personas que no exteriorizan sus sentimientos. Otras se desfogan, desmayan, les dan a las paredes, o me agarran y dicen: "Dígame que no es cierto". Es un choque muy fuerte. Tanto, que entre entrevista y entrevista uno debe pararse, ir al baño, echarse agua en la cara y respirar profundo para continuar. Uno nunca se acostumbra. ¡Jamás! Uno se conmueve, se le aguan los ojos, pero no puede llorar, pues tiene que darle al doliente un patrón de fortaleza e informarle lo que viene después. Otros hacen negación. Una vez llegó una señora a preguntar por Pepita Pérez. Mi compañera tenía una señora de la misma edad y nombre. Le mostró la foto y contestó: "Esa no es mi mamá". "Sí es, sí es", repuso Argenis. "Que no, que no" y la otra de nuevo "que sí, que sí...". No era, era un homónimo de la misma edad. Eso le quedó de experiencia para nunca afirmar las cosas así.
Antes, trabajé en la morgue. Ver a los niños en esas condiciones fue terrible. Me decía: "No es posible que esto le pase a un niño". Descuido, maltrato activo y pasivo, desnutrición. A pesar de que la persona esté muerta, uno piensa que fue una persona, que sufrió y que hay alguien que la llora.
Me impactó mucho el día que entrevistamos a los padres de los niños que iban en el bus del colegio Agustiniano. Ese día cerramos una calle y seguimos de largo toda la noche. Vino mucha gente, unos 26 padres. Hubo momentos en los que el llanto se oía como un eco sobrecogedor por todo el recinto. En una de las entrevistas debimos mostrar a unos padres la ropa de sus dos hijos. Habían quedado tan mal que no se les pudo tomar una foto y como no andaba con tarjeta de identidad había que ver cómo estaban vestidos para que los identificaran. Les enseñamos esas prendas y fue duro, duro. Fue duro y no podía uno ni llorar, solo estar ahí y ver ese dolor tan grande. Oír decir: "Sí, son mis hijos. Sí, se murieron" y todavía hoy recordar esas palabras con lágrimas en los ojos. Oír a alguno decir: "Lo subí al bus y no me despedí de él porque estábamos peleando". Ver la misma ropa con la que esa mañana los mandó al colegio para una mamá... Eso todavía lo llevo aquí en el pecho, atorado.
Pese a ver tanto dolor, los de Medicina Legal no somos gente sombría. Somos alegres, pues hay tanto dolor que no podemos llevarlo a la casa. Tenemos que envolvernos en una coraza que lo repela. A veces paso por la morgue a recoger las fotos que toman los del laboratorio de fotografía para el álbum y por la noche en sueños veo personas fallecidas. Veo imágenes amorfas. Cuerpos en proceso de necroscopia, mientras les hacen las incisiones. No son pesadillas, pues no me asusto. Son solo imágenes.
El instinto natural de la gente es alejarse del dolor. Yo sigo acá, pues me gusta lo que hago: acompañar y ayudar a la gente en su dolor. Porque al ver la muerte de cerca cada día disfruto más a mis hijos y les expreso más fácilmente el amor que siento por ellos, pues sé que cada instante puede ser el último.

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