Desde hace 50 años soy el fotógrafo oficial de Su Santidad. He acompañado a Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y ahora a Benedicto XVI. Estar cerca a Su Santidad es maravilloso. Yo soy un hombre muy católico y, por lo tanto, es una bendición estar al lado de la persona más importante de la Iglesia.
Con todos los Papas he tenido una relación muy cordial y cercana. Con Pío XII descubrí cómo un hombre solo con sus palabras calmó el llanto de los miles de afectados que dejó la guerra. Estuve con Juan XXIII por primera vez en una visita a una cárcel y en una casa de huérfanos. Él llevó el Vaticano a las calles. Después vino Pablo VI, con quien se inició la tradición de los viajes al exterior y con él visité por primera vez Tierra Santa y Colombia, entre otros lugares. Al Papa Montini lo sucedió Juan Pablo I, quien duró solo 33 días, los suficientes para haber dejado impresa para siempre su sonrisa y su bondad.
Con Juan Pablo II conocí el mundo. Mi relación era como de hijo a padre. Creo que le tomé más de un millón de fotos. Muchas de estas las revisaba con frecuencia; incluso, cuando comencé a usar la cámara digital, a Su Santidad le gustaba que le mostrara cómo habían quedado. Lo hacía más por curiosidad que por otra cosa, ya que nunca me dijo que alguna foto le había parecido que hubiera quedado mal. Siempre era muy generoso con sus comentarios.
Tomo las fotos con el rigor que exigen los encuentros con jefes de Estado, con miembros de las monarquías, con los niños o con un enfermo. Pero las mejores fotos que he hecho han sido en los momentos inesperados y sin solicitar el famoso: "Quietos y sonrían".
Juan Pablo II era muy fotogénico. Recuerdo mucho la foto que le tomé con una niña en México entregándole un muñeco de peluche, una con las gafas de Bono y la famosa foto del Papa con la paloma que no se quiere ir de su ventana mientras él la mira.
No todas fueron en momentos de alegría. Particularmente me acuerdo que el 13 de mayo de 1981, justo después del atentado en la Plaza de San Pedro, tuve que hacer la secuencia de fotos mientras veía que el Sumo Pontífice se retorcía del dolor y oraba en polaco. Fue muy difícil separar la parte personal de lo profesional. Sin embargo, sabía que mi obligación era registrar esos momentos y así lo hice. Su Santidad me agradeció cuatro días después cuando me pidió ver las fotos de ese momento y lo único que me dijo al verlas fue: "La verdad, pensé que me había llegado el momento de reunirme con el Señor".
La última foto que le tomé en vida fue el 18 de marzo del 2005 durante el Vía Crucis. Estaba de espaldas mientras sostenía una frágil cruz y seguía por la televisión la procesión alrededor del Coliseo. En ese momento habíamos decidido no hacer más fotos de su rostro ya que el sufrimiento de la agonía estaba reflejado. Luego vino la foto más difícil de mi carrera. La de Juan Pablo II después de su muerte. Minutos antes de morir, me dio la bendición y con su voz ya casi imperceptible me dijo: "Arturo, gracias". Etábamos junto a su lecho de muerte el cardenal Joseph Ratzinger; el camarlengo Martínez Somalo; el secretario privado de Su Santidad, monseñor Stanislao; el médico Renato Buzzonetti; sor Tobiana y sor Eufrasia, las monjas que lo acompañaron durante todo su papado; el vocero de la Santa Sede, Joaquín Navarro Valls; Gugel, su juicioso y leal conductor, y yo. Todos en silencio.
En la habitación se escuchaba el rumor de la multitud en la Plaza de San Pedro que a esa hora, las 9:37 de la noche, rezaba por Juan Pablo II. De nuevo tuve que sacar las fuerzas y seguir con mi trabajo. Cuando me di cuenta, no veía bien por el visor ocular de la cámara: mis lágrimas lo habían empañado. No quise comentar nada, pero también comprobé que cada uno de los presentes lloraba en silencio.
Ahora trabajo con Su Santidad Benedicto XVI. Quizás es un poco tímido, pero muy amable y cordial. Jamás lo he visto alterado ni se ha negado a una fotografía. Cuando asumió como nuevo Papa me dijo: "Arturo, ¿me quieres acompañar?". Le respondí: "Claro que sí, Su Santidad".
Benedicto XVI comienza sus labores a las 6:30 de la mañana, con la misa en su Capilla privada junto a su secretario privado, monseñor Georg Gaenswein. A esa hora se inicia también mi labor y generalmente no sé a qué horas termina. El Papa es muy trabajador y disciplinado.
Sin embargo, en algunas oportunidades se toma un pequeño descanso. Un día me dijo: "Arturo, quiero que escuches esto". Se sentó al piano de su apartamento privado, interpretó una alegre pieza musical (es un virtuoso pianista). Luego me dijo: "¿Sabes qué es? Es una marcha alemana infantil con la cual mi madre solía alegrarnos a mi hermano y a mí".
El pasado 16 de abril cumplió 79 años y una joven universitaria le regaló una torta en forma de piano. Esa foto se la entregué a la estudiante y Su Santidad compartió la torta con nosotros. Nos pidió que le cantáramos el feliz cumpleaños.
Le agradezco a Dios este trabajo y, a pesar de los años, sé que aún me quedan muchas fotos por tomar.

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