Llegué a Calamar con 9 impunes años, sin saber que estaría once meses de la mano de Teresa Gutiérrez y hablando con un monstruo descendiente de los Trolls, Yoda, Alf, y, como lo anotó algún erudito, del perro de la Historia sin fin. Durante 40 capítulos fue solo una voz cavernosa, hecha por Moisés Angulo, que se levantaba impertinente de un baúl para emitir monosílabos e insultos. Llegó el disfraz, fabricado por un paisa que lo mandó desde Nueva York con un control remoto para manejarle las expresiones. A Guri Guri le daba vida José, un enano formidable que se prepararó por décadas oficiando como atracción en un bar. El hombrecito - casi un abuelo- se enfundaba en el cuerpo monstruoso desde las cinco de la mañana hasta las doce de la noche, respirando a duras penas por una hendidura que se abría en la cabeza de la máscara de hierro; llegaron a estar tan compenetrados el enano y su personaje, que cuando José caminaba "desnudo" por los pasillos, parecía moverse como si sus pies fueran gigantes. En Santa Marta, Guri Guri se paró en medio de una multitud que lo aplaudía con los ojos arrobados; así estuvo por casi 15 minutos, la mano al alza, hasta cuando fue claro que algo raro pasaba:le quitaron la cabeza y lo encontraron desmayado de la asfixia. Habría sido una muerte conmovedora y heroica; el sueño de todo gran actor: acabar en los brazos de su personaje. Nadie sabe hoy qué pasó exactamente con Guri Guri. Una leyenda dice que el monstruo fue alquilado, con enano y todo, a un circo de mala vida que lo arrastró hasta que pudo. Han pasado casi veinte años y ya nadie tiene una edad impune. Ni la Cicciolina.

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