A las 4:30 a.m. hago las conexiones de siempre, con España, Miami, y a las cinco tengo ya a Julio en frente dándome instrucciones. Soy operador de audio y mi responsabilidad son todos los sonidos que salgan al aire: la música, los canales, los micrófonos, las llamadas; los periodistas vía satélite en Bogotá, Medellín, Panamá, Miami, Nueva York, Washington, Madrid, Londres, París y Jerusalén; el enlace satelital en Colombia para AM y FM, el de Las 40 Principales, el de Bésame, y los de Panamá AM y FM, Costa Rica, Ecuador, Los Ángeles, Miami, Orlando, Nueva York, Nueva Jersey, Connecticut y Madrid, más los remotos, doce teléfonos, doce periodistas, celulares, entrega de premios, Internet.
Trabajo con una consola conectada a un sofware con más de 80 botones en los que encuentro todos los sonidos que necesito. Son seis horas en promedio pendiente de todo, seis horas en las que no le paso el teléfono a nadie y solo puedo levantarme a ir al baño cuando suena el himno nacional, pues en las propagandas está él dando instrucciones de lo que viene.
Me dice Mario. El trato es escueto y claro de lado a lado. Por la rapidez de las cosas las instrucciones son muy precisas y no faltan los encontrones porque cometí un error o porque no se siguieron sus palabras al pie de la letra. Son muchas cosas. Que no entre una llamada a tiempo, que abra un canal cuando no corresponde (como le ocurrió a un colega que sacó al aire un madrazo de un periodista), que no se me olvide darle a alguien una instrucción suya... Una vez saqué al aire una grabación, salió lenta, y el reclamo fue tan fuerte que llegó a Personal. Pero lo que más lo saca de quicio es que le digan mentiras y cuando quiere respuestas de sí o no y la gente le empieza a dar rodeos se enfurece, pues necesita rapidez en la comunicación y que la gente sea concreta.
A mí me ayudó haber trabajado con Yamid Amat. Sus métodos son muy parecidos: el trato al equipo, la manera como encaran una noticia y manejan el programa. Tienen el olfato de ver que un entrevistado les puede dar más. Antes que malgeniados, son muy exigentes y adictos al trabajo. Son una especie de jugadores de ajedrez que esperan lo mejor de cada ficha. Quieren que la gente esté delante de ellos. Julio se lee 10, 12 periódicos y quiere que las personas estén informadas y le brinden la información que necesita.
Ambos, Yamid y Julio, algunas veces llevan las cosas al extremo: un día uno es el mejor trabajador del mundo y al otro es el peor. Son acelerados a morir, pues quieren ser primeros en todo. Dan el ejemplo de estar en largas jornadas de trabajo y entregados a lo que están haciendo, y eso es lo que esperan: que uno esté 24 horas metido en el programa. Yo siempre he tomado una posición con ellos: tener una comunicación seria y limitada al trabajo. Algo muy bueno de Julio es que les da juego a los de su equipo. Deja que los demás metan la cucharada en cualquier entrevista. No tiene el prejuicio de pensar que el operador es simplemente eso y a mí me ha dejado salir al aire.
Trabajé también con Hernán Peláez y es el de trato más amable. Cuando uno comete un error le dice: "Eh, güevón, te sacaste un ojo", pero hasta ahí. Es más relajado. Yamid explota, pero se calma rápido. Julio sí no deja la cosa así. Con él uno todos los días se está jugando el puesto y, por lo general, aunque nunca lo he visto ser grosero, alguien sale vaciado. Hay quienes quedan mortificados por el regaño. Yo les digo que uno tiene que acostumbrarse y saber que hoy es un programa y mañana otro totalmente distinto. Trabajar con Julio Sánchez es una experiencia nueva cada día. Se arranca siempre de ceros con él y uno nunca sabe qué esperar de este, el mejor periodista del país y uno de los que más respeto y admiro.

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