Hace más de cinco años trabajo en la empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, específicamente en la limpieza y destaponamiento del alcantarillado de los barrios Bosa, Kennedy y Soacha. Puedo decir con tranquilidad que este no es un trabajo muy agradable que digamos, pero es un trabajo al fin y al cabo y alguien lo tiene que hacer. El olor, la mugre, los desperdicios, las ratas muertas y, lo que es peor, las ratas vivas que se encuentran por aquí abajo todos los días no son algo fácil de soportar, así como no es fácil trabajar todos los días en un sitio que tiene pegado a las paredes todo lo que uno ha comido y desechado. Pero no son los residuos naturales de la gente lo que suele taponar las cañerías. Eso lo hacen las grasas de los restaurantes, el papel higiénico, las toallas higiénicas y todo lo demás que la gente bota a la taza. Con decirle que hemos encontrado hasta ropa interior y camisetas en ellas. Incluso, hemos sacado perros y hasta burros muertos de allí. Hemos visto vidrios, cuchillas, jeringas y todo lo que usted se pueda imaginar, que además hacen mucho más peligrosa nuestra labor: imagínese cortarse allá abajo.
Generalmente para limpiar los taponamientos, utilizamos un equipo de succión y presión, también conocido como Vactor. Es ese camión enorme con unas mangueras enroscadas que seguramente usted ha visto pasar por la calle alguna vez. El Vactor funciona como una gran aspiradora o como una manguera a presión gigante, según lo que sea más conveniente, y gracias a este, nosotros técnicamente no tenemos contacto con los residuos. Pero el problema es cuando se daña. Para traer los repuestos desde Europa hay que pasar por mucho papeleo y por mucha vuelta y mientras tanto toca arreglárselas como se pueda. Con decirle que yo duré tres años limpiando las cañerías a punta de balde y agua.
Mi cargo en el Acueducto es el de "ayudante de sexto", uno de los más bajos en la organización, así que solo recibo un sueldo básico de $770.000. Al día nos pueden llegar de 10 a 20 órdenes de destaponamiento de casas y de 5 a 10 arreglos de tuberías grandes. Pero es un trabajo gratificante cuando uno ve a la gente agradecida por haberle resuelto un problema tan desagradable como es el de sus residuos estancados. En cuanto al olor, al comienzo es muy duro, pero luego uno se acostumbra. La verdad, a pesar de sus peligros, prefiero este trabajo. Antes, había trabajado en reparaciones en el alcantarillado y hace cuatro años tuve un accidente que casi me cuesta la vida. Estábamos haciendo reparaciones en el Gustavo Restrepo, cuando de pronto un derrumbe nos cayó encima y quedé sepultado bajo un metro de tierra y escombros. Me encontraron a los dos minutos, cuando ya estaba morado, pero no me pudieron sacar hasta después de una hora porque el tubo que estábamos reparando me había caído encima y casi me parte las piernas. Desde entonces me dicen Lázaro, por aquello de que resucité de entre los muertos. Pero en ese momento no pensé que después me seguiría ganando la vida pasando todos los días una pequeña temporada en el infierno.

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