¨Todos somos terminales. Cada día estamos muriendo, cada día somos más viejos, más usados. Cada respiración es una menos en la totalidad. Si sales del cáncer, sigues viviendo, pero también sigues muriendo. Lo que te hacen es solo mantenimiento". Eso les digo a los niños que recibo en la Fundación Dharma desde hace más de nueve años para quitarle misterio a la muerte.
He visto a cientos morir y puedo decir que la muerte ya no me afecta pues entendí que hay una continuación y una permanente impermanencia. Que el apego nos hace creer que todo es para siempre. Yo les enseño eso y a no tomarse tan en serio. Son muy sensibles, pero cuando ven que el humor es con cariño pueden hasta reírse de su amputación. "Me van a tener que amputar mañana la pierna", dice uno y la otra contesta: "¡Ay no!, ¿pernil toda la semana?". Es un humor así. Otra niña a la que le amputaron dijo frente a la cámara de televisión: "Lo que pasa es que me tatué, se me infectó el brazo y se cayó".
La gente espera un lugar sombrío en el que todos se echan a morir. Se sorprende de ver que tenemos doce chinos becados en universidades, una discoteca a la que bautizamos la Quimioteca, en la que todos bailan con prótesis o sin ella, una joven que le pone a su bebé pañales con un solo brazo, trabaja, estudia y que volvió a la fundación para salir adelante de un segundo cáncer, pues no tiene tiempo para enfermarse...
Vino un niño nuevo, muy acomplejado, flaco como un kilométrico. Tenía una bolsa para hacer popó. Le dije: "Hombre, a todos nos salen por un lado o el otro. A ti por ahí ,a los otros por otro lado y, pensándolo bien, yo prefiero andar con una cantidad de mierda afuera que adentro". Es humor con un poco de lógica. Hubo otro, niño al que le habían amputado una pierna y ahora le debían quitar un brazo. Le dije: "Te quitaron la pierna y aquí sigue Alex. Si te quitan los brazos, ¿Alex se va? Tampoco, ¿no?". Salió del quirófano y dijo: "Álex tampoco estaba ahí".
Recuerdo una niña en Barranquilla. Los papás no sabían cómo decirle que se iba a morir. Y es que pensar en la muerte de un hijo es tan inaguantable que preferimos irnos antes. Que le toque a otro. Acompañamos a nuestros hijos la primera vez que caminan, pero no en el momento más importante de la vida. En fin, la niña estaba allá afuera con los papás. La saludé y le pregunté: "¿Sabes lo que te pasa?". Todo el mundo quedó en silencio. "Me estoy muriendo". La mamá se reventó, pero descansó.
Recibí a una niña que quedó embarazada de su hermano, la mamá la llevó a abortar, le metieron un gancho de ropa y la botaron en un parque. Parecía un pájaro caído de un nido. La mandamos a hacerse rayitos, se fue de compras y le subió la autoestima. Hizo muchos amigos, pero murió de un paro cardíaco. Les di la noticia a las niñas y Caro me dijo: "Ay no, pero los dos últimos meses fueron los más felices de sus 18 años". Bien hecho. ¡Eso es!
Hubo otra muchacha que tenía una rasquiña por todo el cuerpo. Adentro de los ojos, en la garganta. 24 horas sin parar. Se sacaba pedacitos de piel, sangraba y tenía pequeñas heridas por todas partes cubiertas por esparadrapos. Cuando se iba acercando su muerte de forma vanidosa le pregunté qué pensaba de mí. "Aaaay Alan, nadie rasca como tú". A veces solo hay que rascar. ¿Qué es lo que hago entonces? Algo así como acompañar a los niños en su primer día de colegio, ayudarles a superar el pánico a lo desconocido. Cuando sabes dónde está tu salón, estás más tranquilo. Si ya tienes amigos, aún mejor y si tienes alguien que esté el primer día, estás hecho. Eso hago yo: los acompaño el primer día del más importante de su vida: la muerte.
Fundación Dharma, zugku@yahoo.com. Tel: 2142042

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