A mí me sirve ser sparring de boxeadores más experimentados que yo, para ir subiendo el nivel. El más complicado es Alexánder Brand, que lleva diez años en la selección Colombia. El tipo es semipesado -81 kilos-, así que enfrentarlo es muy difícil. No para de tirar puños y eso te va desgastando mucho. Si te descuidas te manda a la lona así sea un entrenamiento. Otro muy difícil es Joel Julio. Ese es profesional, peso welter, como yo. Con apenas 21 años tiene 24 K.O. en 27 combates y este año va a pelear por el título mundial. Yo lo enfrenté acá en Bogotá, antes de que peleara en Miami. Camilo Novoa, uno que estuvo en las Olimpiadas de Sydney, en el 2000, es otro de los más difíciles.
Pero yo también tengo lo mío. Una vez, siendo sparring de un tipo de apellido Salinas, también de selección Colombia, lo tiré al piso. Primero le mandé un uno-dos y luego un jab. Me bloqueó los dos primeros, pero no pudo con el jab. Uno no se disculpa, solo espera a que el rival se levante y siga peleando. Un guanteo se encara con la misma intensidad que una pelea.
A raíz de esa fuerza con la que se encara cada entrenamiento he salido lesionado algunas veces. Me rompieron la nariz el año pasado. Que se la rompan a uno es como cuando una mujer pierde la virginidad: sangra la primera vez y ya. Por cuenta de eso estuve apenas 24 horas sin boxear. Tengo las dos cejas rotas. La izquierda fue contra un boxeador de Arboletes, Antioquia, que me tiró un cabezazo. La izquierda fue en un entrenamiento, y eso que tenía la cabeza protegida. Tengo una costilla fisurada porque un rival se dedicó a "pulmonearme" durante todo el combate y por último tengo un dedo de la mano derecha fracturado. Debido a esa lesión tuve la incapacidad más larga en mi carrera, una semana.
Mi primera pelea fue a los 14 años, en mi natal Montería, apenas ocho meses después de haber comenzado en el boxeo. Estaba nervioso. Boxeador que diga que no se pone nervioso antes de pelear está diciendo mentiras. La pelea la gané y puedo decir que es lo mejor que me ha pasado en la vida. Ahora tengo 22 y llevo seis en Bogotá. Llegué de Antioquia, donde gané dos títulos departamentales. Dejé mi departamento porque, contrario a lo que se pueda pensar, en la capital hay más oportunidades que en la costa.
Para llegar a ser boxeador no se comienza en el ring, sino abajo. Se camina mucho, se aprende a caminar de forma lateral para no quedar acorralado en las esquinas de ring y se tiran muchos golpes, al aire, a una sombra, a una pera, a una bolsa de arena. La rutina es muy exigente. Hago entre cuatro y seis horas de gimnasio al día, y dos más de carrera y pesas.
Pero este deporte es de contacto y hay que enfrentar rivales para mantenerse en forma. Se guantea cada ocho días y se pelea cada quince. Mi récord es de 88 peleas, 66 ganadas, doce de ellas por K.O. De las 22 derrotas, apenas dos han sido por K.O. No soy un noqueador, voy desgastando a mis rivales. Esto se debe a que soy bajo para mi categoría. Soy peso welter (69 kilos) y mido 1,73 m. Mis rivales me llevan entre cinco y ocho centímetros, así que me les meto abajo y los golpeo en el abdomen. Por el alcance de los brazos no es fácil llegarles a la cara.
Estoy en el tercer lugar de mi categoría en Colombia y mi aspiración es ser primero. Yo no quiero ser profesional, prefiero quedarme en la rama aficionada, porque mi mayor aspiración es representar a Colombia en una Olimpiada, todo depende de cómo se porte la Liga de Boxeo. Uno como aficionado recibe un sueldo mensual, pero para eso se tiene que estar bien ranqueado, así que yo no clasifico.
Si no logro ese incentivo, me cambio a profesional. Mientras llega esa ayuda me gano algo monitoreando en el gimnasio a los que recién comienzan. No es mucho, pero sirve. La gente más cercana me ayuda con algo de ropa, con unos zapatos, con plata. Antes era auxiliar de latonería y pintura, pero me quedaba muy difícil ir después a entrenar.

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