Aquí estoy. Listo. Dispuesto. No se contenga, es malo para la salud. Usted arde de ganas de lanzarme un hijueputazo. Bien pueda.Estoy acostumbrado, soy el policía de tránsito. Uno de los 1.260 que hay en Bogotá y, si las matemáticas funcionan, del millón cien mil vehículos que circulan en la ciudad son "míos" 873, más un puñado importante de los que entran provenientes de municipios como Soacha, Chía, La Calera, Mosquera y Facatativá. Sigamos con los cálculos: 17 de los 873 conductores que me corresponden volverán a casa hoy con un comparendo entre manos por cuenta mía, así que, como mínimo, 17 personas dirán que soy un hijo de puta. Las matemáticas son una belleza.
El policía de tránsito, reconozcámoslo, ocupa un casilla destacada en el listado de los diez personajes más odiados por la humanidad, donde lo acompañan el odontólogo, el profesor de álgebra, el tipo que sale con la vieja que a uno le gusta, el árbitro, George W. Bush, la suegra, el jefe, el director de la DIAN y los perros pincher. Me convertí en policía de tránsito en un curso acelerado que me dictó el subintendente Casallas por órdenes del comandante de la Policía de Tránsito de Bogotá, el coronel Reinaldo León Riaño, quien amablemente accedió a que me hicieran este "cambio extremo institucional". Con Casallas aprendí que fue durante la alcaldía lúdica de Mockus, y siendo director de la Policía el general Rosso José Serrano, cuando perdimos a los "chupas" de uniforme azul y la Policía Nacional recibió el chicharrón del tránsito. El subintendente, paciente, diligente, trató de meterme en la cabeza, en un par de horas, artículos de la Constitución, del Código de Tránsito, del Código Disciplinario, las 66 señales preventivas de tránsito, las 51 reglamentarias, las 63 informativas, el proyecto de conciliación para tránsito y transporte en Bogotá, el protocolo de inmovilización de vehículos, las tarifas de 203 infracciones, la duración de los turnos, los cinco tipos de semáforos que hay, las 13 clases de vías que existen en el perímetro urbano. ¿Servirá para algo en la vida conocer los ciclos semafóricos y entender el concepto de bifurcación escalonada? Para nada, a menos que usted sea policía de tránsito.

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    Una volada de 20 minutos para descubrir las bondades de desayunar con algo que parece un almuerzo.
      
    A las 2:00 de la tarde, terminando el turno de la mañana en el Galán.
      
      Un conductor a punto de recibir su   comparendo en el popular trance     de "no me parta, agente" y a         bordo de la moto con el sargento.
Estoy en la calle con un grupo de policías de verdad, al frente del cual está el sargento Ramírez. El revolcón de la época de Serrano acabó con el rango de sargento, pero para mí y para Murcia, González y Lorena, los policías que están conmigo, él es el sargento. Y al sargento se le obedece. Me acompañó a recoger el uniforme y esta mañana a las 5:00 a.m. estábamos formados en Engativá para recibir las instrucciones de la jornada. Normalmente un policía de tránsito trabaja desde esa hora hasta las 2:00 p.m., con un descanso mínimo de 20 minutos para alimentarse. Así que tomar tinto, orinar, fumar, hablar por teléfono y otras actividades tan corrientes, en esta profesión son un lujo. ¿Y a las 2:00 p.m., a la casa, a dormir? Ojalá: la entrega de turno es larga, detallada y siempre, siempre, hay una sorpresa: un turno extra en la tarde o servicios nocturnos en los puestos de control. Nadie se salva. Con tan pocos efectivos en Bogotá, cada policía tiene que doblarse, y estirarse, y ser omnipresente. Un policía de tránsito trabaja alrededor de 14 horas diarias y, sometido a conceptos tan gaseosos como "disponibilidad" y "servicios", no tiene noción de lo que pueda ser un sábado o un domingo, menos un festivo que, en el caso de armar "puente", es para él trabajo seguro en dos vía crucis ineludibles: Operación Éxodo, los viernes, y Operación Retorno, los lunes.
El sargento me pone detrás de él en la moto. En los semáforos siento cómo me clava la mirada la gente desde los carros. No me miran con el respeto que debería inspirar el uniforme. No quiero ser prejuicioso, pero creo que ellos sí lo son. Alguien trata de ajustarse con disimulo el cinturón de seguridad. Si le dijera al sargento que no lleva puesto el cinturón le haríamos un comparendo que cuesta $234.000. Los comparendos generan recursos para el Estado, pero su verdadera función es pedagógica: quien tiene que pagar $234.000 lo pensará dos veces antes de no volver a ajustarse el cinturón, y quizás salve la vida en el futuro. Pero en la mente de la gente se perdieron $234.000 y se perdieron por culpa del "tombo". Del "tombo" hijueputa, que soy yo.
Vamos al Portal de la 80, donde algunos vehículos de TransMilenio no tienen sus papeles en regla. Me aprietan las botas; no mucho, pero siento, como dirían en las series gringas de policías, que hay un callo "en progreso". Desde las ventanillas de un bus, los usuarios están a punto de pasar a las palabras de grueso calibre. Dicen-gritan-gruñen que por culpa nuestra van a llegar tarde a la oficina. En medio del operativo alguien avisa que se terminó el asunto, que los buses se van. TransMilenio goza de cierta impunidad, y siempre que la Policía se ocupa de sus vehículos hay una llamada mágica. Arrancan los buses amparados en su patente de corso cívica. Nos vamos nosotros también.
A unas cuadras del Portal paramos a un bus de placa SFP503 por sobrecupo. El comparendo es de $190.000. "Perdónemela por esta vez", ruega el conductor. Es perfectamente posible hacerlo, pero el policía que le recibió los papeles ya había comenzado a diligenciar el comparendo, que es un documento público, y una vez ha escrito una sola letra en él, no hay manera de alterarlo. El casco me roza la barbilla, raspa; tengo la cabeza muy grande. A cinco cuadras de la Terminal de Transportes, abordamos al conductor del Rápido Tolima placas WDA957, que recoge pasajeros en zona prohibida. Se llama Julio César y está genuinamente preocupado: dice que diariamente tiene que cumplir con una cuota de $160.000, y pagar peajes de $98.000, más la gasolina, y que no gana en la semana ni lo suficiente para pagar el comparendo. Me parte el alma. El sargento lo parte. Es la ley.
Son las 10:00 de la mañana y sigo teniendo problemas con el uniforme; me incomoda. La falta de costumbre, creo. Llevo puesto el de dril ($300.000), camiseta ($6.000), botas media caña ($120.000), reata ($40.000), chapuza o cartuchera ($40.000) y el casco ($300.000). Encima, el chaleco reflectivo con su brazalete y número de identificación: hoy soy el 5059. Hace calor, y eso que no llevo chaleco antibalas, que es grueso y puede pesar hasta ocho kilos. Comienzan a dolerme las piernas porque no estoy acostumbrado a montar en moto, que, me dice Murcia, es como montar a caballo, y yo no monto nunca a caballo. El sargento me dice que vamos en una Freeway Fresbee 650, una moto tan pesada, que si se va al piso se necesitan dos policías para ponerla de nuevo sobre ruedas. No sé de motos ni de caballos, así que para tratar de no dejar el tema en el aire, pregunto al grupo si la moto corre mucho. "Obvio", dice González, "pero en la ciudad no se necesita velocidad para coger un carro que se voló, se necesita pericia". Y lo más curioso del caso: me comentan que los conductores respetan más la moto de policía que al policía. Al policía no se le respeta. Se le teme, pero no se le respeta. Por eso estamos como estamos es este país, diría mi papá.
En la transversal 78H No. 41C-48C, una típica dirección bogotana "alfabeto", cerca a un centro de Compensar, detenemos a un chofer de buseta que se pasó un semáforo en rojo. Está alterado. "Hágame el comparendo si quiere pero no lo firmo", dice. Y no lo firma. Se va como si nada. Tengo que firmar yo como testigo, según dispone la ley. Me entero de que estos desplantes son corrientes, y muy variados: cuando un policía está solo y sin moto, mientras revisa los papeles, cada tanto el infractor se "vuela" y luego denuncia al policía por haberle "retenido" los papeles. Otra maña: cuando la gente recibe el comparendo para firmar convierte, por ejemplo, un número uno de la cédula en cuatro, y queda expuesto el policía a una denuncia por falsedad. Repito y me sostengo: los colombianos no respetamos al policía. Y al de tránsito, menos. Y a los auxiliares bachilleres que colaboran en tránsito, ni hablar.
En la Primero de Mayo hacemos un comparendo de 15 salarios para dos taxistas que dejaron los vehículos en plena calle y se fueron a desayunar. Tomamos la Avenida Ciudad de Cali, pasamos por la Biblioteca El Tintal. Se aguanta frío. Y hambre. Nos volamos media hora a Donde Omar, en la calle 31 Sur No. 61-03, donde gastamos 30 minutos en comer pero muy poco dinero en comida. Barato y bien trancado. Nos vamos para Bosa. Para un policía, Bosa es la fiel representación física del infierno. Vías de alta circulación (60 carros por minuto), poco espacio para pararse, mucha velocidad y contaminación de las fábricas completan el "paradisíaco" escenario. Frente al CAI de Bosa acompaño al subintendente Agudelo en la tarea de agilizar intersecciones. Cinco minutos después descubro que el subintendente es un superhombre: no se puede respirar, todo el mundo le tira a uno el carro, los ojos se irritan. y él, de hierro, agilizando el tránsito y recibiendo madrazos. Los policías que trabajan aquí tienen coraje pero no deben tener pulmones.
De Bosa salimos al Galán para cuadrar servicios nocturnos. En la 63 sur paramos a un taxi que recoge estudiantes en mitad de la calle. Una gota. Y otra. No tengo impermeable. Cerca de la calle 42 con avenida carrera 80 estamos ya bajo la lluvia. Al fin llegamos. Los servicios se cuadran en La esquina del sabor, atendida por doña Nubia, que se hará millonaria en 700 años: los helados cuestan $100 y el uso del orinal $200. El tinto vale casi una meada. Seis tintos y dos meadas después, formamos en un parque vecino y cada quien se va a lo suyo. Volveremos a encontrarnos a las 10:30 p.m. para trabajar en el primer puesto de control de la noche. González me lleva en moto a SoHo, donde el vigilante me abre la puerta emocionado, como si estuviera entrando un general al edificio. Tengo un par de cosas que hacer antes de ir a casa. Hago unas llamadas, contesto correo y me voy a descansar. Alguien de Semana me dice que tengo "cara de policía". No sé exactamente qué sea eso de tener "cara de policía", pero de seguro la tengo. Siempre lo he sabido. La señora de los tintos me pica un ojo.

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      Atendiendo un choque con vueltas   de campana en la vía a La Calera.
      
      En compañía uno de los tipos de     persona que beben y manejan: el   simpático. Pasará una noche de     perros, pero volverá vivo a casa.

González me recoge en casa a las 10:00 p.m. y nos vamos a la 92 con 15, donde hay una verdadera colmena de policías, todos con su chaleco numerado: 5364 y 5410 conversan a mi lado, mientras llegan 5349 y 3377 a protegerse de la lluvia en el alero de una tienda de discos. Muy cerca están 5722, 5425, 3325, 5410, 5558, 5509, 5523, 5384. Me pongo el casco para calentarme las orejas. No hay mayor conversación conmigo. La mayoría debe saber que no soy policía y algunos, seguro, que soy periodista. A las 10:44 p.m. una grúa baja estructuras de metal para armar el puesto de control; hay conos reflectivos, mesas Rimax, una planta de energía eléctrica, una carpa y lluvia. 5308 y 5503, mujeres, se despiden, se van a dormir. El oficial que está a cargo del puesto da instrucciones generales sobre el trato a la gente y sobre las limitaciones a los operadores de chivas: "...les solicitamos los documentos de los vehículos, somos atentos...". Es viernes, junto con sábado y quincena, uno de los días de mayor peligrosidad. "...pedimos la revisión tecnomecánica, el seguro obligatorio, el certificado de gases...". Extraño la cama, las cobijas y a mi mujer entre la cama y las cobijas. "...seamos condescendientes, excepto en el tema del alcohol, ojo con el vocabulario...". Al otro lado de la calle alguien rueda unas escaleras. Vamos corriendo. Son unos borrachos peleando. Requisa y llamado de atención; los borrachos a beber y nosotros a esperar borrachos manejando. A las 11:05 p.m. llega la Policía Cívica, pero no estoy particularmente interesado en hablar con sus "efectivos". Nos vamos a recorrer los puestos de control de toda la ciudad: en La Calera acompañamos a la unidad E-604 que atiende el volcamiento de una camioneta Ford y vamos directo a la 7ª con 82 a encontrarnos con don Ramiro, que maneja su carro totalmente ebrio. El típico borracho querido. El sargento y yo nos acercamos. Nos saluda, nos muestra sus papeles, nos abraza. "¿De dónde viene?", le pregunta Ramírez. "De mi casa". "¿Y para dónde va?". "Para mi casa", responde muy serio. Como toda persona de la que se sospecha está bebida, a don Ramiro se le somete a un test básico y se le toman dos muestras de aliento con el alcohosensor, un aparato que detecta la cantidad de alcohol ingerido. Es un tipo amable y colaborador, todo un Caballero. No es Antonio Caballero (ver SoHo No. 61). Es apenas un caballero con minúscula pero con un problema mayúsculo. Todo el proceso no pasa de diez minutos, excepto para casos como el de Jacobo, a quien detenemos más tarde en la Primero de Mayo. Está tan tomado que no puede soplar con la fuerza suficiente y debe ir a Medicina Legal para que le tomen muestra de sangre. Se saltó un separador, se tiró la camioneta. Cree que está en una cámara escondida. Cada puesto de control inmoviliza por noche de 15 a 25 vehículos como los de Ramiro y Jacobo. Con ellos no hay concesiones. Pasarán un mal rato, pondrán su pase en riesgo y perderán más de un millón de pesos en trámites, pero estarán vivos. Y no atropellarán a nadie. A la 1:40 a.m. nos enteramos por radio de que alguien acaba de morir atropellado frente al Club El Nogal. Hacemos un par de rondas por el centro, damos una vuelta por la calle 19... no hay mucho más que ver y yo, con el uniforme mojado desde hace horas, comienzo a sentirme como una paleta de tránsito. Me dejan en casa y no puedo negar que me produce cierta tristeza quitarme el dril verde. Fue un honor que me permitieran usarlo. Y creo que yo también le cumplí a la institución: le entregué mi mejor cara de policía.

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