Estar cerca de Ilona Staller es como volar en una cama de agua. Cuando la conocí, era una bella joven que siempre llevaba un osito entre sus brazos. Me gustaron su mirada azul y sus senos blancos, que dejaba ver a través de blusas vaporosas y transparentes. Le encantaba provocar y de verdad lo lograba. Cada vez que la veía, se me apretaban los pantalones exactamente en la parte delantera.
Sin embargo, yo me encontraba en ese lugar solo para presentarme a un casting en un papel que me permitiría participar en una escena de una orgía en la película Banana y chocolate. Cuando fui preseleccionado, la bella Cicciolina nos saludó a cada uno de nosotros y nos dijo: "Lo único que les pido es que sean muy limpios y muy calientes".
Ella era un diamante tallado. Sus orígenes húngaros se veían reflejados en la tersura de su piel, en su mirada azul mar, en sus manos largas, en la blancura de sus nalgas, pero, sobre todo, en esa fogosa manera como disfrutaba en la cama, en el suelo, en el auto, en donde fuera necesario.
Me bañé, me alisté, nos pusieron a unas extras que estaban dispuestas a poner "dura" la situación. Luego vino la palabra ¡acción! Eramos cuatro hombres que teníamos que tener una relación sexual con ella. Yo entraba de tercero. La diferencia era que todos querían sexo con ella. Yo en cambio quería hacerle el amor. Era mi primera actuación en una película, pero sabía que mi amigo Rocco Sifredy me había recomendado, ya que mis 25 centímetros sin hueso eran más que suficientes para obtener el papel y, especialmente, para estar cerca y dentro de Ilona.
Después de la escena, la cual salió sin necesidad de repetirla, la propia Cicciolina pidió que me pusieran en otra. Cuando escuché ¡corten!, quedé exhausto en el lecho, atento a alguna señal de amor. Ella me miró y me besó con la mirada. Era raro sentir que después de tener sexo desenfrenado junto a otros tres hombres con la mujer de mis sueños, me faltaban una caricia y una sonrisa de ella.
Fue por eso que en la segunda escena, en la cual teníamos que simular una violación en un prado, yo me comporté demasiado cariñoso. El director dijo ¡corten! "Necesito que la trate con más agresividad, ¡usted la debe violar, no enamorar! En el fondo pensé, qué imbécil, este no sabe cómo tratar a una mujer!".
Retomamos el rodaje y le dije suave al oído: Ilona, perdóname... La tomé con fuerza, la arrojé al césped, le abrí las piernas y con una pasión desenfrenada la penetré y me moví con la furia de un enamorado".
Luego de varios minutos, el director dijo de nuevo ¡corten!, pasaron unos segundos y volvió a decir ¡corten!... Luego de varios minutos y después de gritar cinco veces más la palabra maldita, solo se escuchó el ahh, ahhhh, ahhhhhhhhhhh, de nuestros gemidos, que indicaban que habíamos llegado al orgasmo más intenso. Desde ese día puedo decir con orgullo que "la Cicciolina fue mía".

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