Si Tuffy no fuera payaso, los grupos de mercenarios mundiales estarían ofreciéndole empleo. Su sangre fría supera la de Pirry, César Rincón, o la de Pacheco en sus tiempos. Está preparado para muchas cosas. Es fuerte de vuelos, que en el lenguaje cirquero significa quien recibe al trapecista volador en el aire. Mantiene buena relación con aquellos animales que por lo general se ven en el canal de Animal Planet; es un motociclista de alto riesgo, pues se mete en el globo de la muerte, y si le dijeran que tiene que ser el blanco de un temerario lanzacuchillos lo sería; o que debe cruzar por la cuerda floja el cañón de Colorado, lo intentaría. Le parecen cosas normales de su trabajo. De 34 años que tiene, más de la mitad de su vida la ha pasado en un circo. Como payaso. Todo un profesional en el arte de clown, que a fuerza de trasegar con cirqueros ha aprendido de cada una de las dependencias, si es que se puede llamar así. Como si a usted, mañana en la mañana, le dijeran: "Mire, Sánchez, hemos decidido ascenderlo, a partir de hoy usted estará a cargo de la sección de los tigres de ocho a diez; en la tarde, luego de la función, tendrá que hacer de chico con la manzana en la cabeza para que Krugger pueda ensayar su puntería con la escopeta de fisto y, en la noche, nos gustaría que fuera entrenando el quíntuple salto mortal en el trapecio, sin malla de protección". Todas estas cosas le podrían pasar a Tuffy y al hombre no le parecería en lo más mínimo asombroso.

Aunque Tuffy se precie de llevar una vida normal, esto es, lo que la mayoría de los hombres hacen, su vida no tiene nada de normal. ¿Qué tiene de normal vivir en un carro casa? ¿Haberse enamorado de la trapecista de un circo? ¿Alimentar a los tigres? ¿Educar un chimpancé? Para nosotros que gozamos de esta tibia comodidad del sedentarismo, de esta rutinaria manera de vivir, eso no es normal.

Tuffy, sin embargo, insiste en ello. Tiene una hermosa esposa que trabaja en la parte administrativa del circo (hace unos años dejó el trapecio) y tres hijos: Jinnette, de 16 años, Joan Manuel (por Serrat), de ocho, y la bella Nicol, de dos. Recibe un salario integral que le ha dado para comprar su casa propia; un carro casa que ahora mismo está en Venezuela; otro carro para su hija Jinnette, y su familia está amparada con un seguro médico. Aparte, claro, de las comodidades propias de nuestro siglo: nevera de doce pies, ice maker, televisor, DVD, equipo de sonido, trastos de cocina y buena ropa.
Capítulo aparte merece su casa. Es un carro casa con todas las de la ley. Si fuera un bien inmueble sería estrato seis, y no por los metros cuadrados de construcción sino por el enorme patio tan cosmopolita que viene con el paquete. Tuffy tiene poco de estar en Colombia. Acaba de llegar de una gira por Venezuela que duró la bobadita de siete años. "A ese Venezuela se le hizo de todo, hasta que la cosa se puso dura", dice Tuffy. Y en ese 'de todo' están las carreteras del hermano país, las ciudades intermedias, los paisajes, su gente y su cultura. De la misma manera ha estado en Uruguay, Paraguay, Ecuador, Argentina, Perú y Bolivia. Suramérica a vuelo de payaso, podría ser el eslogan de su agencia de viajes.

Mientras hablamos en su casa, ahora estacionada en la trastienda de la carpa, a escasos metros de tres mandriles, un canguro, seis tigres blancos, tres elefantes, un chimpancé y doce caballos, el televisor encendido y sin volumen mostraba las imágenes de clasificación de Juan Pablo Montoya. Y sus hijos, muy en primera fila escuchándolo, no estaban interesados en la cámara de Gerardo Gómez, nuestro fotógrafo, sino alelados con la conversación de su papá que, para ilustrarnos un poco aquello del payaso, nos hacía toda clase de muecas y gestos a lo Marcel Marceau. Tuffy tiene un parecido impresionante con dos artistas monstruosos. Con Woody Harrelson y con Boris Vian. De Harrelson tiene la mirada pícara en su actuación de Larry Flint; del querido Vian, la forma de la cabeza y su afición por la música: toca la trompeta, el saxofón y la guitarra.

Cuando a cualquier persona se le pregunta cómo se imagina la vida privada de un payaso, la respuesta generalizada es triste. Es generalizada la percepción paradójica del payaso: que mientras hace reír al público tiene una vida personal destrozada. La televisión ha colaborado en ello. Incluso el premio Nobel alemán, olvidado como casi todos, Heinrich Böll, escribió una maravillosa novela con el temita. Opiniones de un payaso es, palabras más o menos, la decadente existencia de un payaso a quien abandonó su mujer en una Alemania de posguerra enloquecida con el catolicismo. Y cosa más triste es la evidencia de muchos payasos de restaurante anunciando un sancocho a tres mil pesos. Conocí a uno de estos que me aseguró, sentado en una poltrona que pretendía ser elegante, bajo un cuadro colorido de un payaso ruso que contrastaba con su alma en pena, que los payasos en Colombia se mueren de tristeza. Y yo me resistía a creer semejante cosa, aun cuando lo estaba viendo, cuando vi con mis propios ojos que hasta una lora amaestrada, cuando hacía malabares en un aro sobre su nariz, se le cagó en los ojos, como si fuera una confirmación de su lamentable existencia. Y aquel bufón en desgracia, echado de todas las cortes, tenía en su desastrosa sala un cuadro en donde él mismo aparecía junto a Stan Laurel, Oliver Hardy y Charlie Chaplin. Cuánta pena me causaba su pretendida importancia, su nostalgia de una gloria pasada de la que guardaba toda suerte de recortes de prensa amarillenta, en álbumes abultados de humedad que tocaba rastrear bajo los vestidos de payaso, las cajas de mago, los cachivaches de un humor que se le fue de la vida para siempre. Ignoraba que de todos los cómicos de aquel cuadro, el único que tuvo buena vida fue Chaplin, los demás, como dijera Oswaldo Soriano, tuvieron una historia triste, solitaria y final.

Este payaso de restaurante no tiene nada que ver con Tuffy. Se la pasa en el andén de la Séptima con 24, por $15.000 el día. Perteneció alguna vez a Sinarcircol, un sindicato de artistas circenses que hoy en día no figura en el directorio ni en ninguna parte. Cosa que resulta evidente porque se trataría de un sindicato de hombres tristes, disfrazados de alegres. En el Ministerio de Trabajo me dijeron que debía oficiarles una solicitud para decirme si existía o no, y que la respuesta me la daban en diez días hábiles. Incluso en el Ministerio, la vida de los payasos es un misterio. Todavía existen pequeñas asociaciones de saltimbanquis, que aseguran que ya nadie pide payasos. Y cuando los piden, su sueldo no pasa de $30.000 por función. Es decir, que un payaso de piñata típico puede ganarse $120.000 por fin de semana. Sueldo al que le caben todos los descuentos: alimentación, transporte, servicios de salud y carga pensional, cuando cotizan. Y sin contar la depreciación del equipo. Las pinturas pueden costar hasta $80.000 al año, los zapatos $25.000 mil y un traje completo $160.000. Demasiado número para una profesión que desaparece de la imaginación de los niños al ritmo del Nintendo. Quizá sea el invierno bogotano el que se encargue de desteñir la sonrisa de los payasos; de envolver de frialdad cotidiana tanto bombacho colorinche: que el arriendo, la pensión, el mercado, que la cuenta de la luz. Demasiada realidad para un oficio delirante.

De no haber encontrado a Tuffy, me hubiera quedado con esa sensación para siempre. Tuffy es bogotano del barrio Tunjuelito. Bachiller del Instituto Técnico Central. Cuando le tocó alfabetizar, los profesores estuvieron de acuerdo en que lo hiciera como payaso. Una versión local y solitaria de Payasos sin Fronteras, aquella institución que recorre países deprimidos por la guerra tratando de llevar la risa a los territorios de desastre. Y pese a que su padre le insistió para que siguiera una carrera diferente al circo, a Tuffy le pudo más su sueño de siempre. Al fin de cuentas conocía las entrañas de un circo desde pequeño gracias a su padre que trabajaba como payaso en el circo de Bebé. Y Tuffy, que en aquel tiempo todavía era apenas Juan Manuel, se pintaba de payaso y en algunos números acompañaba a su padre. "Era algo serio, porque mi papá me regañaba si hacía las cosas mal", dice Tuffy, quien guarda un profundo respeto y admiración por él. Uno no sabe si reír o llorar con esa escena: un payaso padre, corrigiendo payasísticamente a su hijo aprendiz, ambos pintarrajeados, con su cara de orates, mirándose seriamente, es una imagen de una contundencia cinematográfica a toda prueba.

Quizá por eso Tuffy no tendría reparos si a su hijo Joan Manuel le diera por ser payaso. Él conoce una cara de esa moneda muy diferente. "De los 18 años que llevo como payaso, nunca he aguantado hambre", dice, mientras recuerda que por allá en 1989 se ganaba mil pesos diarios, que le daban para comer bien y ahorrarse unos pesitos. Siempre ha sido ordenado con el dinero. "Y tiene que ser así", dice, porque de lo contrario sería el ser más vulnerable. "Nada más próximo al precipicio que un payaso. El trago y las mujeres te desubican. Hay que tener claras las metas", asegura Tuffy, quien ha hecho de su vida algo de su agrado y sigue soñando con mejorar. Su trabajo le ha dado hasta para tener un circo propio que en este momento se encuentra en Aguachica, César, administrado por un amigo. Cuando comenzó con su empresa se fue de correría por Colombia durante cuatro años y estuvo en los lugares más apartados de esta geografía. Por allá en El Currillo, a cuatro horas de Florencia, Caquetá, por entonces zona de influencia guerrillera. Porque la gente de circo no le teme a la situación de orden público de las carreteras en Colombia. Si los grupos armados ilegales se metieran con los payasos, los colombianos haríamos fila a las puertas del suicidadero. Un payaso acribillado en un combate sería el fin de la civilización. Como si al Chapulín Colorado lo mataran en México vestido de Chapulín.
De pronto entra en la casa Joan Manuel, nos ve conversando y, luego de disculparse, sale nuevamente. Tuffy se queda mirando la puerta y dice como para sí mismo, lleno de orgullo, "mi hijo". Cuando le pregunté si no le causaba desazón el hecho de que no asistiera a la escuela, me miró muy serio e hizo una pausa larga como para que me quedara claro:

-Acá, en el Circo de los Hermanos Gasca, los hijos son educados por maestros especialmente contratados para ello, que viajan con nosotros. Joan Manuel no solo sabe sumar, leer y escribir como todos los niños; también sabe de historia y geografía; y por si fuera poco ya toca el saxofón, se mete y sale solo del globo de la muerte en una moto, y, en fin, conoce el tejemaneje de un circo de primera mano.
Para cualquier niño del mundo, la vida que se dan los hijos de Tuffy es la vida que se merecen. Mejor que no se enteren nunca de que puede ser así, de que existe un mundo en donde el recreo tiene que ver con tigres, motos, elefantes, caballos, payasos, trapecios, carros casa, viajes; una vida de camping permanente. El mito de Peter Pan hecho realidad.

Mientras esperábamos a Tuffy a las puertas del circo encontramos un niño obnubilado, mirando animales raros desde la baranda. Venía desde Soacha, eran las diez y media de la mañana de un viernes. Como pudo se levantó los quinientos pesos del pasaje para verlo. No fue al colegio. Y no quería decir una sola palabra para no perderse el más mínimo movimiento de los caballos o del hombre que los cuidaba, muy parecido a Willie Nelson por cierto, aquel mítico cantante Country. Y se le notaba en los ojos que si este domador de caballos le propusiera quedarse para siempre en el circo lo hubiera hecho sin pensar un solo segundo en la palabra mamá.
El Circo de los Hermanos Gasca tiene un don urbanístico inigualable. Un descuidado parqueadero a la altura de la carrera 27 con Avenida Jiménez, hoy está engalanado con una enorme carpa de colores con capacidad para tres mil personas. Alrededor, muchos trailers con placas de Miami, Ciudad de México o Caracas, están estacionados como si fuera un concesionario de estos automotores. Ciento cincuenta personas hacen posible el prodigio, entre pisteros, armadores, choferes, maestros, veterinarios y artistas. Tuffy viene con ellos, con el circo que pertenece a la cadena más grande del espectáculo circense que existe en el mundo, formada por la familia Gasca. Y para Tuffy es una alegría estar de nuevo en Bogotá, su ciudad, pese a las múltiples andanzas. En donde siempre estará su corazón, así se encuentre en la Patagonia aprendiendo a domesticar gorilas de Borneo. Porque así es la vida de un payaso, como la de los marinos.

Sin duda, los circos son a las ciudades lo que los barcos a los puertos.

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