Dicen en Cartagena que el mar está bonito cuando ni una ola rompe contra la playa y el agua en calma parece un lago inmóvil. Suena extraño. ¿Acaso quién viene al Caribe a bañarse en un mar bobo?
Pero aquí también se pesca y del oficio dependen más de quince mil personas. 'El Paradero' es como llaman a este sitio en el que todas las mañanas de lunes a sábado se estacionan montones de canoas y botes de pesca. Es la última y la más amplia de las tenazas, una decena de playas en miniatura formadas por espolones de roca porosa atravesados en el mar. Del otro lado están ­-en su orden- la Avenida Santander, las murallas de Cartagena y el hotel Santa Clara.
Ahora es domingo y está comenzando el día. Por la avenida trotan algunos madrugadores y pasan varias mujeres ciclistas con uniforme y casco. Hay doce botes en la playa, casi todos tirados bocabajo, en señal de descanso. Hoy casi no vienen los pescadores y he querido saber cómo es un día sin ellos. Un hombre astilla un tronco viejo con un hacha, otro intenta componer una persiana maltrecha que se encontró por ahí y dos muchachitos juegan en la orilla.
A su lado, un pescador en solitario intenta echar su canoa al agua. Espera que la ola rompa en la playa y se deshaga. Entonces empuja fuerte el pequeño bote para ponerse a favor de la corriente que regresa al mar, pero cuando ha avanzado unos metros llega la siguiente ola y ladea la canoa, amenazando con voltearla. Así varias veces. Al final, el pescador lo logra y se va remando fuerte. Cuando ya ha superado el espolón despliega un remedo de vela, agujereada, sucia y hecha de cualquier trapo, para alejarse de la costa y pescar con cordel y anzuelo. Es un trabajo de paciencia y suerte. Puede durar horas allí, sin coger nada o apenas pescaditos sin gracia. Si le va bien, cobrará alguna pieza de mero, cherna o pargo, que se vende a ocho mil pesos el kilo para turistas, y precios de ahí hacia abajo si es para cartageneros de los barrios de clase media que viven frente a las tenazas, y mucho menos si es para los vecinos del barrio, su última opción. Si le va mal, tendrá que caminar varios kilómetros hasta la casa, sin nada entre los bolsillos. Y no es raro que eso suceda.

El boliche es una red de 50 metros que un ejército de hombres saca del mar jalando dos cuerdas de 250. Después de tirarla diez veces, la pesca puede ser de solo un kilo.
Hay oleaje y turistas en las tenazas. No es buen día para pescar.
Ahora es miércoles, diez días después. En la madrugada hubo tormenta. Los rayos sonaron muy cerca durante largo rato y hubo uno en particular que tronó como un bombazo. Luego de una fuerte lluvia el mar amanece tranquilo, a veces con una quietud que asusta.
Por eso hoy, antes de que saliera el sol, cuando cedió el temporal y todavía con una llovizna fina encima del agua, hubo una invasión de canoas y lanchas frente al mar de las tenazas. Desde la orilla se veía un afanoso ir y venir de cordeles, atarrayas, cuerdas, canoas y hombres en labor. Había que aprovechar el agua en calma.
Frente al mar de 'El Paradero', a las diez de la mañana, navegan doce canoas, dos de ellas con motor fuera de borda y hay veintiséis embarcaciones estacionadas en la arena. Entre ellas circulan, se aglomeran, se desperdigan, se ríen, caminan, limpian y venden o compran pescado casi doscientas personas. Un hombre, por ejemplo, corta y prepara en una canoa porciones de peces sable, largos como el brazo de un hombre adulto y tan delgados como su nombre lo indica. Son de los más baratos. Tres de ellos alimentan a una familia y cuestan dos mil pesos a precio de turista, o menos si es para la gente del entorno de los pescadores. Otro día vi a una vendedora de carretilla llevarse una bolsa de siete grandes sables por los mismos dos mil pesos, para revenderlos en las calles de la ciudad.
En cada una de las tres siguientes tenazas hay sendas canoas tirando y sacando boliches del mar. El boliche es una red de más de cincuenta metros de largo y tres de ancho que se deja caer en el agua y se arrastra de la orilla con un par de sogas de doscientos cincuenta metros, que van amarradas a lado y lado de la red. Están hechas para capturar langostinos -que se venden por lo menos a quince mil pesos la libra- y todo lo que se enrede en el camino que sea comestible.
La maniobra naval es simple. La canoa sale de la tenaza, le entrega la punta de una de las sogas a alguien en un espolón, hace una larga U en el mar y le alcanza la punta de la otra soga a alguien parado en el siguiente espolón. Comienza entonces lo más duro. Los hombres que han quedado en tierra, normalmente unos ocho, empiezan a sacar la red del mar a punta de músculo. No es fácil arrastrar una soga mojada y una atarraya larga como tres autobuses contra la corriente del mar. Hay que sacar a la orilla kilos y kilos de material, no solo pescado.
Grupos de cuatro hombres se encargan de jalar cada una de las dos cuerdas. Al principio, cuando comienza el arrastre y es menos pesado, se pasan la soga sobre los hombros y la sostienen con los brazos en cruz para empezar a jalar solamente a fuerza de piernas. En cuanto se va acercando a la orilla, la red se pone más pesada por cuenta de todo el material marino que la llena poco a poco. Entonces los hombres cambian de posición. Toman la soga directamente con las manos y a la fuerza de las piernas le suman brazos y manos e inclinan todo el cuerpo hacia atrás. Parecen árboles torcidos por el viento.
Tirando de la cuerda hay hombres de todas las edades y distintas contexturas. Solo he visto hacerlo a una mujer. Los que llevan años en el oficio se distinguen porque suelen ser menudos, secos, de manos gruesas y dedos nudosos. Las piernas son flacas, con apenas algunos grupos de músculos muy marcados. Sus antebrazos, en cambio, suelen ser muy fuertes y anchos. Es lo que resulta de décadas de jalar el boliche varias veces cada día.
Por fin la red va saliendo y con ella se asoma a la arena una masa sin forma de algas y babosas de mar. Entre ellas, apretujadas y revueltas, salen manta rayas pequeñas, peces sable, bolsas de plástico de todos los colores, pescados redondos y delgados como una moneda que casi nadie recoge y que mueren boqueando en el pico de cualquier pájaro, latas de cerveza, peces pequeños de cabeza hinchada, más peces de formas variadas, ninguno más grande que una mano y al fondo de todo, camuflados en esta pila de materia orgánica, evasivos y difíciles de detectar, los valiosos langostinos.
Puede que al final del día, con hasta diez entradas del boliche al mar, se haya recogido menos de un kilo. Puede que en una o dos entradas se recojan diez. Hay jornadas maravillosas, muy escasas y cada vez más raras, en las que se recogen hasta cincuenta kilos de langostinos. Eso significa 750 mil pesos para repartirse entre quince hombres, más o menos. Eso significa 50 mil en promedio. En este trabajo es como ganarse la lotería.
Pero esta riqueza, cuando la hay, es efímera. Los pescadores le disputan al Mar Caribe un recurso escaso. El trópico no es muy bueno para dar una pesca abundante y carnosa. La manera burda de explicarlo es esta: las aguas frías ­-en Chile o Noruega, por ejemplo- contienen más oxígeno, este alimenta más fitoplancton (los vegetales microscópicos del mar) que a su vez alimenta al zooplancton y de ahí hacia arriba el pez grande se come al chico. América Latina, según cifras de la FAO, pone solo el cuatro por ciento de la pesca del planeta, incluyendo los aportes de potencias regionales como Chile, Perú, Ecuador y otros veinticuatro países. Esto pone al Caribe en un papel muy secundario, casi de extra, en este negocio. Y a los pescadores artesanales, como un elemento minúsculo del decorado.
Según el último censo, elaborado en 2002 por el Inpa (el extinto Instituto Nacional de Pesca), en Cartagena y sus alrededores vivían entonces 2.467 pescadores. Es fácil extrapolar, me dice Consuelo Corchuelo, bióloga marina de la oficina de asuntos pesqueros del Incoder, el actual instituto encargado del tema, que hoy sean unos tres mil hombres. A ellos hay que sumarles sus hijos y esposas.
De ahí resultan las quince mil personas que viven de este oficio. Solo representan el 1,5 por ciento del millón de personas que según las proyecciones del Dane (1.004.074 para ser exactos) habitan en Cartagena. No hay estudios específicos, pero por lo visto su participación en la economía de la ciudad -con turismo grande y chico, con industria petrolera y con un puerto muy activo- estaría muy por debajo del 1 por ciento. Casi nada.
Felipe Iriarte es el pescador más viejo de esta canoa que no tiene nombre. Tiene sesenta años cumplidos y cincuenta de andar pescando. Ahora lleva puesta una cachucha blanca y una vieja camiseta verde. Es enjuto, pequeño y de risa fácil. "Ya tengo tiempo para la doble pensión", bromea, cuando le pregunto por la edad.
Charlamos sentados en unas piedras grandes y porosas, mientras algunos se afanan aquí y allá en labores menores, esperando que el mar amaine y los deje hacer su faena. Me explica cómo reparten las ganancias y me exagera todos los datos sobre cuánto valen las cosas. Con él, la atarraya resulta valer cinco millones de pesos y los langostinos y la canoa de madera hasta el doble de lo que otros me han dicho.
Sobre el reparto más o menos coincide con los demás. Se basa en una división de quince partes. El dueño del boliche se lleva cuatro, al de la canoa le corresponde una, y entre el grupo de pescadores -entre diez y quince hombres- se distribuyen equitativamente las restantes diez partes.
Mientras habla, el viejo Felipe me mira directo a los ojos. Una mosca revolotea y se posa en uno de sus antebrazos. La ubica de reojo y sigue hablando sobre cómo era la pesca de antes, abundante y fácil, y sobre cómo la Ciénaga de la Virgen daba más peces que el mar. Entre tanto con su gruesa mano derecha va planeando sobre el brazo en el que la mosca toma el sol. Luego, con un rápido movimiento y sin dejar de mirarme, la abate contra el insecto, que no tiene un instante de reacción para escapar. Siento que la escena me dice algo sobre estos pescadores, pero no logro descifrar qué es.
A su lado está Víctor Vega, una especie de Cuco Valoy en bermudas. Tiene cincuenta años, cuarenta en el oficio y los antebrazos más potentes de su canoa. Tiene dos hijos: el varón se va a graduar de bachiller y todavía no ha dicho qué quiere hacer en la vida. Ha hablado vagamente de estudiar algo en el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena), pero a Víctor le parece que eso puede ser caro y teme no conseguir la plata para ayudarlo. La niña está en octavo grado. Su mujer trabaja como empleada doméstica en Cartagena y ayuda con los gastos de la casa.
El viejo Felipe y Víctor son "boquilleros nacidos y criados", como la mayoría. Los padres de ambos también fueron pescadores. La Boquilla es un corregimiento de Cartagena, más allá de la salida del aeropuerto, a unos ocho kilómetros de la zona amurallada. Sus precarias casas de un piso se alinean en calles sin pavimentar. Hay muchos arbolitos de sombra y palmas, sembradas en cada solar. Entre las calles de vecindario pobre y la orilla del mar hay una larga franja de cobertizos grandes que se llenan casi todos los fines de semana de cartageneros ávidos de pescado frito y cerveza fría. Al lado del barrio de pescadores, y en el mismo corregimiento, hay varios lujosos condominios cuyos apartamentos no bajan de 200 millones de pesos cada uno.
Víctor paga veintiún mil pesos mensuales por energía eléctrica y seis mil por el agua. Construyó la casa en el mismo solar que le dejaron sus padres. Dice que trabajará hasta que el cuerpo aguante y, por supuesto, no tiene ahorros ni ningún tipo de pensión.
Después de la faena en Cartagena, que dura como máximo hasta la una de la tarde, Víctor va a descansar a su casa y es común que hacia las seis de la tarde salga él solo a pescar camarones cerca de La Boquilla. El producido lo vende a los turistas o restaurantes y por esa vía a veces puede recibir lo mismo que por venir a trabajar con el boliche. En eso dura hasta las nueve de la noche. Antes de las cuatro tiene que estar de nuevo en pie. El viejo Felipe no pesca más en todo el día. Si acaso, dice él mismo, hace algún tejido de atarraya.
Hoy es lunes, día laborable. En una de las tenazas al frente del barrio El Cabrero, dos canoas de boliche esperan a que el mar amaine. Una de ellas lleva tres salidas al agua y apenas ha capturado medio kilo de langostinos (cinco mil pesos), algunos sables, que vendieron en dos mil pesos y una bolsa de pescados menores, que también se vendieron en dos mil. En total, con lo que queda en la canoa, van en diez mil pesos para repartir entre doce pescadores, un dueño de boliche y un dueño de canoa. Haciendo el cálculo de las quince partes, a esta hora, ocho de la mañana, y después de cuatro horas de faena, a cada pescador le corresponden 555 pesos. El autobús para La Boquilla cuesta 700 pesos. Así que es necesario esperar que el mar se arregle. Por lo menos para volver a casa.
En la siguiente tenaza hay otra canoa con un balance similar. Tres muchachos sentados en el borde de la barca están reconcentrados cada uno en sus pensamientos. De este lado, en el murito que separa la playa de la avenida Santander están los más viejos sentados uno al lado del otro y en silencio, señal de que la cosa no anda bien porque cuando hay buena pesca todo es risa y motivo de broma.
Unos metros más allá, en la misma tenaza, tres mujeres turistas toman el sol. A juzgar por los rostros y los gestos repetidos son la abuela, la madre y la hija embarazada, quien está sentada en el piso junto a la abuela, que no pudo entrar al mar porque las piernas no le daban para aguantar sola el vaivén del agua. La joven juega morosa y lenta a echarse arena en el abultado vientre y a refregársela con deleite. Luego vienen las olas, relativamente pequeñas, y le limpian de un lengüetazo lo que ya se ha untado. Esas mismas olitas de risa son las que amargan la mañana a aquellos pescadores que de cuando en cuando intentan ganar aguas más profundas y que ahora tienen la canoa encallada en la playa.
El próximo fin de semana será puente festivo y una horda de turistas invadirá la ciudad y sus playas sosas. Serán malos días para venir a pescar a las tenazas. De las playas de Bocagrande los sacaron hace años porque algunos visitantes se sentían agredidos por todo este barullo de hombres, aves, peces, redes y canoas. Eso hacía menos atractiva la playa. También los sacaron hace diez años de la Ciénaga de la Virgen, alrededor de la cual está construida casi toda la Cartagena popular, que es la mayor parte de la ciudad. Los culpaban del desastre ecológico que cada cierto tiempo nos dejaba ver la televisión con espesas capas de peces muertos flotando panza arriba sobre el agua. Sin tener en cuenta -me dice Corchuelo, la bióloga marina- que en el asunto tenían que ver las aguas negras de la ciudad que todavía hoy caen a la ciénaga y con la tala alrededor de las cuencas que alimentaban este cuerpo de agua.
Echados de las aguas de Bocagrande, de la Ciénaga y del activísimo puerto de carga, estos pescadores se apretujan cada vez más en esta franja de costa demarcada por las tenazas. Y ahora el mar no quiere ayudar.
Atrás de los pescadores viejos que esperan un mejor oleaje está la avenida Santander, la única que conecta el aeropuerto con la ciudad. Mañana pasarán por aquí los negociadores de Colombia, Perú y Ecuador para comenzar la primera ronda de acuerdos con Estados Unidos acerca del Tratado de Libre Comercio. Entre los más de 350 puntos por negociar se contará el asunto pesquero. Habrá protestas en Chambacú, a cuatro cuadras de aquí, y vendrán campesinos a decir que le temen a este acuerdo. Los pescadores artesanales no tienen una sólida organización nacional que los represente, así que no se sabe si su voz se oirá. Mañana habrá gases lacrimógenos, agentes antimotines disparando balas de goma a la multitud, senadores vociferando y cambiando insultos y puños con los policías. Habrá cortes de vía, cincuenta lesionados y miles de cartageneros pobres yendo a pie hacia sus casas. En el centro amurallado se irá la energía eléctrica y por la tarde se sentirá un clima de temor, y piquetes de Policía y Ejército se tomarán esta misma avenida. En veinte minutos contaré cuatro camiones de uniformados y tres veces ruidosos helicópteros volarán a baja altura. Al atardecer veré a un viejo hombre sin brazos (seguramente perdidos en un accidente de pesca con dinamita) buscando subirse a un autobús repleto de gente con rumbo a La Boquilla.
Pero hoy es lunes y el mar esta un poco arisco. Así no hay manera de pescar. Quinientos cincuenta y cinco pesos por hombre no son suficientes. Doy la vuelta para ver de nuevo la playa. Las tres turistas siguen sentadas mirando el horizonte. Al fondo, las dos canoas por fin pudieron entrar al agua. Los hombres están remando fuerte para ganarle al oleaje y poco a poco se van perdiendo de vista. Quizás se componga el día.

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