Era un jueves de enero, el día 25 del 2001, cuando empezó a quedar viudo. Viudo. Esa sentencia tan distante, impensable, comenzó a acecharle por la tardecita de ese día con una llamada telefónica que lo puso al tanto de una novedad que se volvería una angustia, que se volvería un drama, que se volvería una tragedia, que lo volvería un viudo. Le dijeron: "Álvaro, es que Claudia tiene un dolor de cabeza brutal, mejor es que te vengas". "Muy bien, ya voy para allá".
Llegó a un apartamento lleno de vestigios de una celebración interrumpida, la del cumpleaños de la anfitriona, y Claudia (Llanos, 36 años, odontóloga, ojos profundos, cejas tupidas, esposa, dos veces mamá) se había repuesto ya de ese dolor de cabeza feroz. Y sonreía para su propio alivio y para el alivio de Álvaro (Cogollos, 41 años, médico, alto, esposo, dos veces papá), con quien se fue a la casa sin más, muchas gracias, pasé rico, perdonen la molestia, nos hablamos mañana.
Quién sabe qué sería. Nada muy grave debía haber sido porque de dónde: una mujer como ella, joven como ella, dulce, amorosa, excelente bailarina, energía que da gusto. Una mujer como Claudia, llena de vitalidad y de la exuberancia de la tierra caliente de Cartago, Valle, una salud sin quiebres, pues qué. Qué podría pasarle si además es mamá de dos niños que habían nacido en un matrimonio solidario de 13 años que siguieron a dos años y medio de noviazgo cómplice. Y etcétera. Es decir, nada que temer, nada distinto, desde luego, a esa conciencia que cargamos todos, pero todos disimulamos, ese saber por allá remoto de estar expuestos siempre, a merced siempre del último viaje, a que esta puede haber sido la última sonrisa de esta vida tan efímera para emprender aquella muerte tan eterna.

En 1986, el médico Álvaro Cogollos conoció a su difunta esposa Claudia, con quien duró 13 años. Hoy, para vencer el dolor, se refugia en su trabajo y en sus dos hijos: Natalia y Álvaro..
Tanta tranquilidad, como la había cuando regresaron al apartamento que queda en las colinas del oriente de Bogotá, era por todo ello ficticia. El médico que habita a Álvaro desde cuando se graduó en el 83 y más después cuando se especializó en medicina para aviación, le sembró una sombra. Aparte del inocente dato del dolor de cabeza inaudito, Claudia había dejado de controlar la orina en aquellos momentos del demonio. Por eso, tras esa noche sin más sobresaltos, tras el habitual apaguen la luz y acuéstense ya a Natalia (hija mayor, 11 años, alta, delgaditica) y a Álvaro José (menor, 4 años, colecccionista de dinosaurios), tan pronto fue viernes, ahí van los esposos Cogollos Llanos destino a radiaciones neurológicas a ver qué misterio se agazapaba tras la dolencia de la tardecita que ya no era.
Resulta que a Claudia le descubrieron que le había atacado un aneurisma cerebral. Dicho con todas las palabras, un aneurisma cerebral que se ve claramente en esta mancha que aparece aquí, hay que operar. Esto fue el viernes. El sábado operaron a Claudia; el domingo volvió por entre nubes turbias con unas pocas palabras de reconocimiento, que sabes cuánto te amo, Álvaro, y de petición: cuida de los niños; el mismo domingo un infarto cerebral masivo, porque se cerró esa arteria que irrigaba una mitad del cerebro. El lunes, presión arterial: normal, ritmo cardíaco: perfecto. Muerte cerebral.
El martes por la tarde, Claudia era un cúmulo de cenizas y un arsenal de recuerdos. Nada más que eso era, con el fondo gris del asombro de la familia y de los amigos. Del dolor infinito de los tres seres más cercanos a su corazón, que se abrazaron incrédulos y solidarios y bellos cuando el horno de cremación devoró el cuerpo, y Álvaro, el hijo, preguntó qué y Álvaro, el padre/esposo/viudo, le dijo de ahí la mamá va al cielo, y entonces el niño se salió de la sala para mirar el humo que ya era Claudia y que viajaba al firmamento a encontrarse quién sabe con quién, quién sabe dónde, quién sabe cuándo, quién sabe a qué.
Eso pasó con la velocidad con que cumple sus inexorables citas la muerte. Claudia tenía una cita con ella esos días finales del azul enero bogotano, como había tenido otra cita con el azar en mayo del 1986 cuando conoció a Álvaro. A Álvaro lo conoció la noche en la que Elizabeth, una amiga común, los presentó para que salieran juntos, en desarrollo del tradicional te voy a presentar a una amiga y yo voy con un amigo y salimos los cuatro. No salieron los cuatro sino que salieron los tres, porque el amigo de Elizabeth no llegó nunca. Allá él. Claudia y Álvaro ni cuenta se dieron. No se volvieron novios ahí, no. Pero quedaron atrapados por el destino que después les moldeó un noviazgo muy activo y después les condujo, el destino, a una iglesia de Cartago donde les rezaron la fórmula de yo los declaro..., y después el destino los llevó a los hijos, y ahora el destino a la muerte temprana de Claudia y a la viudez prematura de este médico perplejo que asume con vigor ese reencuentro con la soledad, ese momento vacío que sigue después de la clínica, después de la muerte, después de la misa, después de la cremación.
Álvaro no quiso soslayar ese momento. Tras la despedida de lo que quedó de Claudia, los tres (el viudo y los dos huérfanos) se presentaron juntos a la penumbra del apartamento ya sin ella. Estaba ella, claro. La presencia avasalladora intacta de quienes suelen ser todo o casi todo en las casas. Digo de la disposición de la mesa, del orden de la cocina, de la jerarquía de los portarretratos, en uno de los cuales, en tres de los cuales, en cinco de los cuales, están los cuatro de la familia feliz. El día de Navidad, aquellas vacaciones en Santa Marta, la primera comunión de Natalia. Y todo lo demás que son olores de la presencia y carcajadas de la presencia. Y regaños implícitos. Y alegrías.
Lo primero que le pasa a un viudo como al viudo de esta historia cuando ya lo es y tiene unos hijos como los que tiene, es sentarse a hablar. De tristezas, claro. Y de recuerdos. Pero de futuro y de la nueva forma de vida. Peticiones y acuerdos de ayuda mutua: tendrán ustedes dos que responsabilizarse de ustedes mismos en materia de tareas de colegio, yo les ayudaré, claro que sí, pero vamos a hacer un equipo para que esto que nos ha pasado no sea más difícil de lo que ya es.
Porque difícil, difícil. El asunto doméstico, por ejemplo: arreglar la casa, cocina, mercar. Gerenciar, en una palabra. Lo que aquí hicieron fue que viudo y huérfanos se dejaron mandar. La mamá y la hermana de Álvaro Cogollos entendieron la desprotección y el desconcierto ambiental y le pusieron el orden institucional al hogar al nombrar de todera a una mujer de El Bordo, Cauca, que tiene un nombre preciso para la circunstancia. Luz Amparo llegó a aquel luto con la alegría y afecto que su nombre indica, pero con la condición de que si había perro no había ella. Pues no hay perro.
Recuperado tras unas tres semanas ese orden doméstico perdido intempestivamente por el viaje final de Claudia, lo que se desprende de un momento como este es una desgracia: la parte legal. Papeles, vueltas, firmas, sellos, cancelaciones, notarías, escrituras, cheques, chequeras, bancos. Y todo lo demás a que obligan los vericuetos del establecimiento burocrático que no tiene alma ni tiene corazón, y por lo tanto no registra lágrimas ni ve lutos. Ni ayuda, sino que perjudica.
Esas obligaciones nada más que náuseas y putería producen, mientras los afectos del viudo están en carne viva. No hay consuelo en su dolor, en el dolor sin paliativos al que no le sirven los premios de consolación de los recuerdos. Esto dice este viudo: que uno dizque se refugia en lo bonito que fue la vida común, en todo lo bello que se construyó, mentira. Que uno debe apoyarse en aquellos episodios felices para superar la ausencia y contribuirle a la resignación, mentira. Eso también es mentira y es mentira porque, tal vez al contrario, lo que hacen los recuerdos hermosos es horadar más el dolor. Uno sabe -él sabe- que los recuerdos son nostalgias, que la nostalgia es una cosa gelatinosa, inasible, inútil. Que nada más que el presente existe y en el presente no está Claudia, maldita sea.
El tiempo va pasando. Para un viudo en estas circunstancias, el tiempo pasa con la necesidad de ser papá/mamá/amigo de una adolescente que despierta al mundo y a su propio cuerpo. Hable con ella. Recíbale historias de amores biches, sugiérale no se qué sugerirle. Quiérala, simplemente quiérala que por esa vía van llegando al camino que es. Y luche contra esa impotencia de no tener a quién decirle buenos días cuando abrís los ojos, contra el recuerdo viv o de Claudia, cuya ropa apenas fue tocada seis meses después, cuando la empacaron en bolsas para regalarla a alguien sin memoria, toda la ropa menos esos dos sacos y esos aretes y esos collares que Natalia quiso dejar para ella, por qué no.
Y por qué no salir con alguien, se pregunta el viudo. Álvaro Cogollos. No sé si se lo preguntó -aunque por qué no-, porque en una vida así también siguen preguntas como esas, así no haya habido en el matrimonio ni atisbos de infidelidad ni deseos de otras. No los hubo, lo dice, me lo dice, en esta conversación franca y aliviada, en la que en ocasiones a este viudo le han temblado las manos como de escalofrío y se le han encharcado los ojos y ha pedido excusas por interrumpir una frase mientras espanta dolores y vuelve a dominar la voz y guarda en su billetera las dos fotos que carga de Claudia.
La experiencia reciente que tiene este solitario de amor conyugal es que cuando se encuentra con una mujer, muchas veces hay un cambio de actitud de parte de ella al saber su estado civil. ¿Tal vez una aprensión, Álvaro? Tal vez, no sabe. De todas maneras una distancia que a veces ha enfriado momentos sin importancia porque este viudo temprano, que posiblemente ya pasó el limbo que le cayó encima sin apelación, cree que el hallazgo de amante no es lo difícil. Las hay. Las debe haber. Lo difícil es el encuentro de una compañía que le salga.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.