Lvov, Zdetomir, Kiev, Odessa, Donetsk. Casaluminio, Campana Vieja, Guacamayas, La Tigrera, Guachetá, Somondoco.Bortzsh, pelmeni, blinis. Empanadas, changua, sancocho.
Allí era Lena Ivánovna Liájova, Elena Liájova, hija de Iván. Casó con Édgar Pabón, un médico colombiano de ojos azules y piel clara que antes de abrir la boca era un ucraniano cualquiera, y le dijeron Lena Pabónova.
Pero una vez en el Caquetá ya no fue Lena esposa de Pabón, sino "la señora Elenita, la mujer del doctor Pabón".
Viajera entre dos mundos tan lejanos en costumbres -se dice en culturas-, como las simples palabras: bortzsh y puchero. O bueno, blinis y empanadas.
La Sabana de Bogotá, "más verde que todo el verde que había visto en mi vida", y esas montañas azules al oriente sobre las que se recuesta la ciudad, y en el Caquetá aquellos ríos rojos que nacen en comunidades de palmas de canangucho, y luego en la Costa y en el centro del país lo mismo. Eso la sacudió. "Y las frutas también. Tantas, tantísimas frutas con unos sabores extraños al comienzo, pero electrizantes y después maravillosos como el color de todo el país. Colombia me parece una explosión de colores. Pero las frutas: una variedad alucinante. Todo el año frescas, todo el año en cosecha".

Lena Pabónova, hoy esposa del doctor Pabón, trabaja con el Hospital de la Samaritana y cumple con un ritual sagrado: caminar y escoger las frutas para su casa.
Le gustan. Todas. Desde la curuba hasta el maracuyá, pero no le sucedió lo mismo que a Hana Grisalésova, checa, esposa de Hernando Grisales, un etnólogo tolimense, profesor emérito en la Universidad de Praga, que cuando llegaron a Medellín, Hana, bueno, "la señora Anita, la esposa del doctor Grisales", creyó que el maracuyá le incendiaba la garganta y al despertar la mañana siguiente en un hotel, le preguntó:
-Hernandito, ¿cómo pido de aquel jugo tan brutal que bebí anoche?
-¿Maracuyá?
-¿Cómo dijiste?
-Nada. Toma el teléfono y dile al del restaurante: quiero-un-marica-¡ya!
La señora Elenita también dio sus primeros pasos. Una mañana fue a la tienda vecina, a esa hora llena de gentes, y soltó así:
-Deme dos docenas de huevas grandes y un salchichón.
Hoy no le sucede lo mismo, porque al poco tiempo comenzó a hablar muy bien el castellano, tanto, que ahora sonríe y dice:
-Ahora me siento muy colombiana.
Desde luego que sí. El día que llegó a Guacamayas, en el Caquetá, bajó del avión que había aterrizado en medio de una nube de tierra amarilla, se fue con Édgar hasta el hospital y no habían descargado las maletas cuando escuchó algo que trepidaba, era algo que estallaba sin cesar. Édgar le dijo que se lanzara al piso.
-Es bala. Lo que suena son balazos -le explicó.
Media hora allí tendida. Hasta ese momento, para ella el único sonido parecido era el del pistoletazo de los jueces anunciando la arrancada de una carrera de atletismo en las pistas de Ucrania.
Elena es ingeniera mecánica: de diseñar máquinas, de adaptarlas, de solucionar grandes problemas. Y también atleta. Su especialidad fueron los cien metros planos. Una explosión, pero de aliento. Y de velocidad.
-Aquella tarde en Guacamayas por fin todo quedó en silencio. Salimos de la habitación, y a pesar de todo, la gente parecía tranquila pero nadie sabía qué estaba sucediendo. Finalmente alguien dijo: "No, es un simulacro". ¿Un simulacro? En la calle hablaban de combates. Ese día. A ver: ese día más que susto sentí una tristeza inmensa, porque yo adoro a mi esposo y estoy aquí por él, pero en aquel momento, de verdad, pensé: "¿Será que mejor intentamos salir de aquí los dos? ¿Será que debemos buscar un lugar donde no haya tanto miedo, tanta tristeza y tanto irrespeto por la vida?".
Menos mal que un tiempo después se vinieron a vivir en la civilización. Bogotá, un martes a las 10 de la mañana:
-Entré a un banco por alguna diligencia, hice mi fila y cuando estaba allí me empujó un señor y yo no entendía qué estaba sucediendo, pero él colocó un revolver sobre mi cabeza y me dijo con palabras muy bruscas que me sentara en el piso. Me senté y estuve allí. El choque vino cuando vi salir de allí a los hombres con las bolsas del dinero que habían robado en plena luz del día. Yo jamás había visto un atraco.
Bueno, Lena Pabónova tiene razón: ahora se siente muy colombiana, tal vez porque ya sabe descifrar nuestra civilización, como dicen en la tele los civilizados del gobierno.
Pero además, ella se fue haciendo cada vez más colombiana, porque también se le han metido en su casa y se han llevado de allí aparatos eléctricos, y ropa, y muebles, y cuadros, y floreros, y loza, y ollas, y escobas.
Y la señora Elenita, la esposa del doctor Pabón, es aún más colombo-culta porque en la calle ha visto volar de sus manos algunas carteras, una pulsera, un par de aretes.
¿Cómo vive ella en Colombia? Muy feliz pero con la cartera asegurada entre las manos y la casa protegida por rejas.
Con razón dice: "Ahora me siento muy colombiana".
-Es que a medida que vive aquí, uno le toma mucho cariño a este país, a esta gente que lo rodea y pronto se vuelve hincha de Colombia. A mí me encanta este país. Sin embargo, hay momentos en que se me arruga el alma.
Desde cuando llegó ha trabajado en diferentes cosas, y además se ha metido siempre de cabeza en cruzadas, campañas, acciones, planes, tareas que organiza el Hospital de La Samaritana con la gente necesitada, donde Édgar es cirujano y directivo.
Se conocieron en Ucrania. Él viajó a Rusia con la ilusión de estudiar física nuclear y especializarse en plasma, pero en ninguna potencia se les permite a los extranjeros incursionar en este tipo de carreras y debió trasladarse a Ucrania para iniciarse en medicina. Allí se conocieron un día de Año Nuevo. Entonces él terminaba su carrera y ella la suya. Se casaron y más tarde desembarcaron en el Caquetá: Guacamayas, tierra de ríos rojos, caminos rojos como la greda de la selva, seres enrojecidos por la guerra, ingresando a los hospitales.
Cuando Elena habla, el rojo parece quedar atrás.
-Sí, rojo, pero uno también aprende a gozar en este país y a vivir rico, a pasear. Es que es una tierra supremamente hermosa. Yo aquí aprendí a sentir la música latina, yo aprendí aquí a trasnochar en las rumbas, a leer la poesía, y claro, cuando voy a Ucrania el choque es increíble porque mi familia y mis amigos me miran extrañados: encuentran que ahora tengo un pequeño acento en mi idioma. La primera vez me tomó más o menos una semana volver a hablar en forma fluida, a reacomodarme a las costumbres. Por supuesto que sí.
-¿Ejemplo?
-A respetar los horarios, ja, ja. Horarios para la actividad diaria, para el trabajo, para las comidas, para los paseos. Bueno, para todo. Aquí somos un poco más informales, más espontáneos y eso me encanta.
Desde luego, lo primero que cambió en Colombia, posiblemente fue la hora de levantarse. En Bogotá ella salta de la cama a las cinco de la mañana detrás de Édgar. En Ucrania, según invierno o verano, se levantaba entre las siete y las ocho.
-Mire, aquí decimos: "Al que madruga Dios le ayuda". En Colombia hay que abrir los ojos temprano porque las actividades comienzan muy temprano, pero igualmente terminan temprano.
A esa hora, las cinco, le ayudo a mi esposo a organizarse para que se vaya al hospital y cuando él sale de casa me siento a revisar mi correo electrónico, leo el periódico, salgo a la calle entre las diez y las once según los compromisos de trabajo y allí estoy más o menos hasta las cuatro de la tarde. A esa hora puedo ir a un supermercado. Pero, ¿sabe una cosa? Me encanta caminar, no importan el caos del tráfico ni la contaminación tan alta de la ciudad. Sin embargo, me gusta ver las calles y los parques, me encanta ver a la gente. En el supermercado comienzo por las frutas y allí hablo con las personas, en los taxis hablo con los taxistas, oigo mucho. Trato de sentir la vida de la ciudad. Ahora parece otra ciudad. Cuando llegué me impresionaron las calles angostas.
-Angostas como nuestra mentalidad reducida, le digo, y ella calla. Luego sonríe:
-Al comienzo, hablemos de 1984, era una ciudad de cemento y ladrillo. Poco verde, calles estrechas que parecían asfixiarme, noches más oscuras por la iluminación pobre. Eran noches con menos vida. Hoy parece otra cosa, se han acordado de hacer zonas verdes, de plantar árboles, de pensar en los jardines. Otra cosa.
-¿Y en qué no ha mejorado?
-En tratar de pensar en los demás y eso me agobia. No hay respeto ni por las cosas que exigen un simple sentido común, ni por las leyes. Eso no quiere entrar ni por las buenas ni por las malas. A pesar de tantos años de vivir aquí, yo percibo eso todos los días. Mire una cosa: hasta hace muy poco hablaba con los gamines, con los que llaman desechables, generalmente personas inteligentes, personas despiertas. Tal vez Colombia no se da cuenta pero es un país de gente muy inteligente. ¿Que ha cambiado?, claro. Las cosas cambian. Ahora con tantas advertencias no camino por ciertas calles, la cartera bien agarrada, no joyitas a la vista, bueno, que no dé papaya advierten, que no permanezca mucho tiempo en centros comerciales, que alejarse de las zonas de gobierno, que si las bombas. Hoy la gente siente más temor y más psicosis. Eso tal vez hace que nos encerremos un poco dentro de nosotros mismos. Desde luego, no soy ninguna paranoica. ¡Qué va!
Le pregunto por su castellano y parece sonrojarse.
-No es perfecto, que uno diga, ¡qué bruto! Desde luego tengo imperfecciones pero me defiendo -dice, y sonríe.
-¿Cuántos idiomas?
-Ucraniano, ruso, checo, polaco, y también un poco de inglés...
Elena cambia bruscamente el tema y vuelve a aquello que parece recurrente en ella: Édgar.
-Él es mi vida, es mi tesoro. Y yo soy muy afortunada y le agradezco al universo tener a un esposo y a un amigo como Édgar: persona sabia, inteligente. Muy noble.
-Y esa ingeniería mecánica.
-Todo depende de las oportunidades. A mí me gustaría ejercer mi profesión: ya se lo dije: inventar máquinas, diseñarlas para industrias pesadas, para conglomerados las líneas de maquinaria que deben cambiar continuamente. Yo dejé mi carrera, mi profesión, vine con mi esposo desde un país tan lejano, tan ajeno se dice, y me dediqué a adaptarme a un modus vivendi. Obviamente eso toma un poquito de tiempo. Pero pensándolo bien, sí tuve oportunidad de vincularme con la industria en Barranquilla, pero en esa época viajábamos muchísimo y preferí estar al lado de mi esposo, conocer más país. He vivido en el Caribe y en la selva, en los extremos. ¡Qué país! Las montañas son majestuosas como Colombia, y nuevamente: los ríos rojos a través de los valles, me imagino por tantas minas que hay en esta tierra, por tanto hierro, tanto magnesio; metales y yacimientos que no son ni apreciados ni bien explotados. Colombia debería ser una potencia mundial. Yo lo siento así. Lo veo así.
Justamente cuando le aletean en la cabeza cosas como estas, ella parece transformarse nuevamente en Lena Ivánovna Liájova, un ser que ve lejos: lo que se niegan a hacer los colombianos.

Según los registros de extranjería del DAS, de enero a agosto de este año han salido más extranjeros de los que han entrado. Ingresaron al país 436.809 (1.197 al día) y salieron 441.884, (1.210 al día) lo que arroja una diferencia de 5.075 a favor de las salidas.

El último anuario de entradas y salidas internacionales de Colombia, publicado por el DAS y la Organización Mundial para las Migraciones, OIM, certifica que en el 2001 ingresaron al país 615.623 extranjeros, de los cuales el 28,9% fueron de Estados Unidos, el 17% de Venezuela y el 9% de Panamá.
Según el último censo del Dane, hay 109.152 personas nacidas en el extranjero: 26.323 viven en Bogotá, 13.521 en el Amazonas, 8.995 en Antioquia y 11.677 en el Valle del Cauca.
El número de extranjeros nacionalizados provenientes de países que no son de Latinoamérica o del Caribe ha disminuido en más de un 50%. En el 2001 se concedieron 85 cartas de naturaleza; en el 2002, 81 y en el 2003 tan solo 28. La mayoría son libaneses y chinos. Las nacionalizaciones negadas se redujeron en más de la mitad (en el 2001 se negaron 34 y en el 2003 solo 15).
La embajada de Rusia estima que en Colombia hay más de 400 personas con nacionalidades de países que pertenecieron a la Unión Soviética, mientras que, según el DAS, podrían ser más de 2.000. Según la embajada, entre el 70 y 80% son mujeres provenientes de la disuelta Unión Soviética, que se casaron con colombianos que volvieron hace 10 ó 15 años de estudiar allí.
Según datos de País Libre y Fondelibertad, entre 1.996 y 2004 se han reportado 324 casos de extranjeros secuestrados.

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