Ocho de la mañana. Todavía no se acostumbra a entrar por la trastienda de ese vetusto edificio medio moribundo que alberga al Ministerio de Educación, ubicado en el CAN de Bogotá, a pocos pasos del opulento Ministerio de Defensa.
"Es como entrar por el garaje de una casa," me dice. De una casa medio abandonada, agregaría yo. La entrada del Ministerio de Educación parece más la fachada de un edificio a punto de entrar en demolición que un recinto del Estado encargado de la educación y de la sabiduría. Los grandes ventanales están tan sucios que se puede escribir en ellos. Las pocas matas que sobreviven en el inmenso hall de entrada, están secas, sin aliento. Las paredes están sucias. Detrás de un inmenso mostrador de mármol sucio y mal mantenido hay una recepcionista.
La ministra Cecilia María Vélez, vestida de sastre, la saluda y entra al ascensor, protegida por sus "ángeles de la guardia", que además de ser sus guardaespaldas son dos de los pocos representantes del género masculino que hay por estos lares. Ocurre que la mayoría de los funcionarios de este ministerio, con algunas brillantes excepciones, son mujeres. Cuentan que somos tantas por aquí que cada vez que hay una plaza nueva, en el perfil de los candidatos prácticamente va implícito el tema de los sexos, pero en sentido contrario: "Necesitamos a un experto en educación. Mejor que sea hombre", es la broma que se hace.

Se levanta a las cinco de la mañana y tiene tiempo para todo: atender a los periodistas y resolver los problemas de 400.000 maestros desde su oficina en el CAN, en Bogotá.
Las reuniones comienzan desde temprano, pero la tarde está reservada para el tema de la política. Es juiciosa en las citas con el Congreso, aunque la tienen amenazada con una moción de censura por incumplir una.
Su hija Paula, de 24 años, acaba de regresar al país. En casa encuentran tiempo para conversar. La ministra suele llegar a las nueve, y dos horas después está dormida.
El ascensor se abre. Al lado izquierdo se ve a un policía que hace guardia enfrente de una sala. "¿Cómo está, cómo le va?", lo saluda la Ministra en un acento paisa que no ha perdido pese a haber vivido más en Bogotá que en Medellín. Más allá, una puerta. Luego otra más, que da a su despacho. Nada que nos suba el ánimo. Las paredes están empotradas en una madera que está vieja y rayada. Por el estado del inmueble es evidente que su sueldo no es el más alto del gabinete -no todos los ministros ganan igual aunque me dicen que esta brecha entre unos y otros se está subsanando-. "Quiero mejorar el ministerio porque, la gente le afecta este paisaje tan poco agradable", me dice, pero me imagino que su magro presupuesto se lo impide.
Del Estado recibe 11,1 billones de pesos, alrededor del 15 por ciento del presupuesto total de la Nación, cifra que difícilmente le alcanza para satisfacer las metas fijadas por 'la revolución educativa' planteada por el presidente Uribe. Ocurre que a todos los ministros de este gobierno, el jefe de Estado los tiene 'medidos'. Sin excepción, ellos y ellas están sometidos al cumplimiento de unas metas anuales precisas, las cuales deben cumplir impajaritablemente, so pena de terminar en la guillotina de la inquisición mediática que monta cada sábado el presidente en sus famosos consejos comunales, base fundamental de lo que en la literatura uribista se conoce como el 'Estado comunitario'. Al lado del ministro de Protección Social, Cecilia María Vélez es una de las ministras que menos 'capan' los consejos comunitarios, lo que equivale a decir que además de las jornadas intensas de trabajo semanal -comienza a las ocho y termina fácilmente a las once de la noche en su despacho- los sábados también los tiene hipotecados y solo le quedan los domingos para descansar y leer un buen libro. Su palmarés, sin embargo, es encomiable. De todos, es a la que mejor le va cuando el Presidente le pregunta por cifras, destreza en la que muy pocos aventajan al presidente. Las malas lenguas sostienen que el Presidente, siempre ávido de preguntarles a los ministros cifras insospechadas que con frecuencia los dejan muy mal parados frente a la teleaudiencia que observa la rendición de cuentas como si fuera un reality, no ha podido corchar a Cecilia María Vélez.
A lo mejor por poseer este handicap, el Presidente le permite a Cecilia María pedir whisky en el avión presidencial -privilegio que denota especial deferencia, sobre todo teniendo en cuenta que el presidente no permite que sus colaboradores pidan whisky en el avión presidencial ni que le fumen enfrente-. Falta que la ministra lo convenza para ver si al fin hacen una fiesta en Palacio.
Cecilia María se las ha ingeniado para cumplir las metas para este año: estirando y estirando el presupuesto ha conseguido cumplir con el aumento previsto en el número de plazas en primaria y bachillerato -la cifra es de 250.000-; un logro heroico, obtenido reajustando el sistema y recurriendo a los milagros de la reingeniería. Para el próximo año, sin embargo, las cuentas no le salen. "Nos va a tocar pelear para que nos den más adiciones", insiste esta mujer que tiene fama de plantársele al Presidente a la hora de pelear por el dinero para el sector.
Se levanta generalmente a las cinco de la mañana; pero como buena paisa le alcanza el tiempo para todo. Dos veces a la semana hace gimnasia a eso de las seis, pero acepta que no ha podido insertarse en la moda palaciega del Chikún, una técnica oriental concebida para liberar el estrés del cuerpo y del alma que ha puesto en boga dentro del equipo de gobierno la doctora Elsa Lucía Arango, la médica homeópata del Presidente.
La ministra se sienta en la cabecera de una sala de juntas amplia y generosa. Ella es una mujer de baja estatura, pero con temple. "Perfume bueno viene en empaque chiquito", podría ser su refrán de esta veterana en el manejo del Estado, viuda a temprana edad y una mujer acelerada, sin duda, con claras convicciones feministas, que prefiere el bajo perfil antes que la aparatosa notoriedad de un Fernando Londoño. Cecilia María Vélez ha sido funcionaria del sector energético y tecnócrata del Banco de la República, encargada de la parte cultural. Anda metida en el tema de la educación desde que Enrique Peñalosa la sorprendió al ofrecerle la Secretaría de Educación, al inicio de su alcaldía, puesto que siguió ocupando en la administración de Antanas Mockus hasta que el presidente Uribe, a quien tampoco conocía muy de cerca, la llamó y le ofreció el ministerio. De eso hace ya cerca de ocho años.
"En realidad", advierte la ministra, "en el campo de la educación siempre hay muchas mujeres trabajando", me dice cuando le pregunto el porqué de tanta mujer por todo lado y tan poco hombre. Y yo pienso que cuando ella arranca a hablar de los problemas de la educación, de los altos índices de deserción masculina en la primaria y secundaria, de la necesidad de mantener la calidad en la enseñanza, inconscientemente lo hace recordando a su madre, doña Gabriela White, de profesión maestra, de geografía y sociales para más veras, toda una pionera en la educación y en la lucha por los derechos de la mujer, además de haber sido una de las primeras diputadas-mujeres que fueron elegidas el año en que se aprobó el voto femenino. Lástima que por esta violencia insensata que ya nadie entiende en Colombia, doña Gabriela hubiera terminado asesinada por las Farc, como también lo sería años más tarde su hermano, de profesión finquero, quien luego de un largo y tedioso cautiverio en manos de esa guerrilla apareció muerto hace unos meses. Sorprende la manera parca de llevar su duelo. No quiso que la prensa se ocupara de su caso. La revista Semana la iba a sacar en carátula como una víctima de una tragedia nacional, pero ella se negó. Ella prefiere hacer el duelo como lo hacen tantos colombianos y confesar que, a pesar de desempeñar un cargo público, se encuentra ante la paradoja de sentir una sensación de indefensión que inexorablemente atrapa a las víctimas de la violencia. Solía conversar sobre la suerte de su hermano con la poeta fallecida María Mercedes Carranza, cuyo hermano también fue secuestrado por las Farc. Recuerda que ella siempre se mostraba indignada y furiosa porque el Estado la había abandonado en su tragedia. Y sin embargo, Cecilia María, que en ese momento estaba al frente de la Secretaría de Educación y que representaba de cierta manera al Estado, se sentía igualmente abandonada.
Se sientan al lado de ella en la sala de juntas, la gerente y la encargada del contenido del Portal Colombia Aprende, un inmenso y ambicioso proyecto que se lanzó con bombos y platillos en mayo pasado, con la presencia de ministros de educación de varios de los países latinoamericanos. La gerente del portal, una mujer con acento ruso, oprime el mouse de su computador portátil y con sus dedos marca: www.colombia.aprende.com. Ahora se refleja el portal en un proyector que hay en una de las paredes. Desde que salió, tiene ya veinte mil usuarios y cerca de dos mil entradas diarias. Nada mal para ser un portal tan joven.
Otra historia es el tiempo que los ministros le dedican a cumplir las citaciones en el Congreso. En el caso de la ministra de educación el tiempo es considerable por no decir que extenuante. Las resiste estoicamente, aunque a veces no entiende la urgencia de muchas de ellas. Hace poco la citaron por haberle habilitado un diploma de contador público a un sujeto en Vichada. Valiente control político. Decidió no ir sino mandar a su segundo. Resultado: la andan amenazando con hacerle una moción de censura.
A las nueve y media, la viceministra, Juanita Díaz Tafur, le lee la agenda. Viene un profesor importantísimo. ¿Qué se puede hacer con él? El centenario de Pablo Neruda, el poeta que tanto inspira al presidente Uribe. Se le informa que el presidente Belisario en la última reunión sobre el tema propuso una idea 'romántica': como Neruda es el poeta de los enamorados, que se haga algo con las parejas entrando a la Iglesia (y pensar que Neruda era ateo).
De Neruda pasa a su otra obsesión, la cual no desampara ni de noche ni de día: la Red Nacional de Bibliotecas. Aunque el tema no está adscrito a su ministerio -lo tiene el de Cultura- ella no puede dejar de actuar como si fuera la madrina de ese programa. Desde que estuvo en la Secretaría de Educación de Bogotá y montó la Red de Bibliotecas del Distrito -la cual, hay que decirlo, era relativamente desconocida por los bogotanos hasta que ganó el premio otorgado por Bill Gates-, mantiene a estos centros muy cerca de su corazón. ¿En qué va el programa? ¿Por qué estamos demorados en esto? ¿En lo otro?
Aunque así de lejos se ve seria y muy puesta, la ministra tiene un sentido del humor que le da un realce inusitado dentro de un gabinete ministerial más bien poco dado a este tipo de recursos. Dicen los que la conocen que esta faceta, la del humor negro, le ha servido más de una vez, para desarmar los ánimos alevosos del sindicato -Fecode- con el que mal que bien mantiene una relación bastante aceptable. Incluso, a veces utiliza este recurso para tomarle el pelo al presidente, cosa poco recurrente en las relaciones algo acartonadas que mantiene el jefe de Estado con sus ministros.
Aunque es cierto que trabaja sin descanso como mandan los apostolados uribistas, también saca tiempo para cultivar su lado bohemio. Resulta que ahí donde la ven, Cecilia María Vélez White, en contra de los postulados uribistas, considera que la rumba también engrandece el alma y que para trabajar, trabajar y trabajar hay que hacerle campo al divertimento. Suele ser además el alma de la fiesta, porque siempre llega con su guitarra y sus canciones -es de voz afinada y quienes suelen escucharla en las veladas musicales que no perdona- insisten en que lo hace con sentimiento. Se sabe de memoria canciones viejas mexicanas que cantaba su madre camino a la finca para que no se marearan dentro del carro. Pero no se asusten: también es capaz de pasar de estas canciones de palabras alambicadas a una buena salsa cubana, con esa misma destreza con que maneja las llamadas inesperadas del presidente -por lo menos una diaria- y a los cerca de 400 mil maestros, quienes además y por las aulagas ya anotadas se han visto en el problema de tener que recibir más niños sin que haya plata para mejorar las aulas o contratar nuevos maestros.
No sé si tiene la misma habilidad de estirar el presupuesto cuando llega a su apartamento y empieza a oficiar de ama de casa. ¿Ama de casa? Difícil verla acometiendo este tipo de labores. Cecilia María Vélez no se complica mucho en esos menesteres. Acepta que antes cocinaba, pero que ahora prefiere aprovechar el poco tiempo que tiene para cultivar el alma, ir a un cine o a los conciertos de la Luis Ángel Arango. Trata, eso sí en lo posible, de salir a comer con sus amigos, que en general son gente del teatro, de las artes o intelectuales de izquierda, ambiente que desde siempre le ha sido muy cercano. No es extraño verla en algún restaurante un día departiendo con Carlos Gaviria -no el fotógrafo de las niñas de SoHo, sino el senador del Frente Social y Político- o con su amiga Fanny Mickey. Ella es una 'tecnócrata de izquierda', me dice un amigo que la conoce, capaz de devorarse una novela en un fin de semana, siempre y cuando no ande de gira por el país visitando Secretarías de Educación.
Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez es su hija, su única hija, Paula, de 24 años, que después de estar estudiando afuera, vuelve al país a hacer un curso de inmersión en la realidad colombiana, viajando del timbo al tambo. De tal palo, tal astilla. "Así fui yo, inquieta, curiosa, preocupada, ahora le toca a mi hija".
Son ya las doce del día. Llega la directora del convenio Andrés Bello. Quiere que participe en un semanario en Cartagena sobre el TLC y la cultura. Cuadran horarios.
Aprovecha los almuerzos para despachar temas. Hoy, por ejemplo, en un nuevo y agradable restaurante del centro, contiguo al Banco de la República, la ministra de Educación se encuentra con su colega de Cultura, María Consuelo Araújo y el historiador Jorge Orlando Melo, director de la Biblioteca Luis Ángel Arango, dos amigos entrañables. De nuevo el sexo masculino en minoría. "Ella -dice la ministra de Cultura señalando a Cecilia María- venía precedida de una inmensa reputación cuando yo y otros jóvenes inexpertos reclutados por Peñalosa en la Universidad de los Andes llegamos a la alcaldía. Era la dura".
De vuelta al Ministerio. Volvemos a entrar por la trastienda. Los mismos vidrios sucios. Las mismas paredes manchadas.
El turno es para los colegios privados. Los ha invitado para introducirlos en el tema del portal. Una reunión sin novedad, de esas tantas que debe hacer un ministro con su gremio. El resto de la tarde es para los políticos. El presidente siempre les dice que los políticos se quejan porque los ministros no los reciben, pero la verdad es que a veces por la tarde los ministros no hacen más que eso.
Por la puerta del despacho ministerial, a eso de las cuatro y media de la tarde, entra una ávida representante. "Estamos rogando por la reelección", es lo primero que le dice a Cecilia María Vélez, mientras le presenta a una mujer ya de edad, líder comunal de un recién creado municipio.
-Dígale a la ministra cual es su necesidad -le dice la congresista a la tímida abuela.
Ella cuenta que en su municipio no hay biblioteca y que los muchachos prefieren irse de bares a tomar por la calle. También le dice que hay en la zona muchos niños discapacitados con síndrome de Down.
La ministra queda en que va a estudiar el caso y a averiguar cuál es la biblioteca más cercana.
Llega la otra visita. Esta vez es un representante de la costa. Saluda efusivamente y se sienta a contarle a la ministra del debate que viene.
-¿No vieron lo que paso en la Cámara?
-No -respondió la ministra.
-Hubo tremendo debate contra la ministra del Medio Ambiente por cuenta de unos desechos tóxicos que hay en un pueblo de la costa. Al parecer se trata de fungicidas utilizados para controlar la plaga del algodón, los cuales habrían sido enterrados hace años, bajo tierra. Es un desastre.
La cara de la ministra parece decirle: "Al grano, representante, al grano".
Finalmente, luego del recuento del desastre ecológico de Codazzi, que aún hoy siguen sin reportar los medios, viene la 'inquietud':
-Hay un colegio que está en una tierra que ya está escriturada, ministra.
-Déjeme y yo averiguo si el colegio en efecto está en regla. Si está en regla es probable que podamos ayudar un poco, aunque al que habría que decirle eso es al gobernador del departamento.
Antes de despedirse el congresista la pone sobre aviso. "Aquí estaremos cuando ya esté lista la terna para rector de la universidad". Ella se ríe gentilmente.
Son las siete y media y la ministra aún no ha firmado todo lo que tiene que firmar. Mira el reloj. Hoy va a llegar temprano a su casa porque no tiene ningún compromiso. Acaba de llamarla un senador amigo -de la oposición- para decirle que no puede cumplir con la cita para ir a comer porque está en pleno debate sobre la reelección.
A las nueve llega a su casa. Tiene tiempo suficiente para comer algo, leer los reportes que tiene que tener listos para mañana y quedar lista para que a eso de las once termine en brazos de Morfeo. De seguro se acostará pensando en la calidad de la educación, en el impacto que el desplazamiento está teniendo en la alta deserción escolar que se está registrando. en las metas que tiene que cumplir. en el informe que va a dar mañana. en la educación de Finlandia.
Por estar tan ocupada, no sabe que está a punto de hacer historia: va a ser una de las pocas mujeres que va a salir vestida en la revista SoHo.

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