Soy muy enamoradizo.

Camino por la calle, veo una niña que me gusta y me meto una enamorada impresionante. Por eso me he casado tres veces: a los 20, a los 27 y a los 31. La primera vez, con Lía. Duramos siete años. Un año después conocí a Cristina Umaña y a las dos semanas nos casamos. Fuimos a un parque a tomar vino. Yo llevaba un discman con una canción que había compuesto y cada uno se puso unos audífonos. Le mandé hacer una corona de flores, y con una cuerda de guitarra eléctrica le hice un anillo. Prendimos una vela y tomamos fotos con una Polaroid. Sin notario ni nada, pero ahí nos casamos por primera vez. Ocho meses después le dije: casémonos en serio. Contraté la única zorra que debe haber en Nueva York, donde vivíamos, y adorné el caballo con mil bombas y flores. A los conductores les puse inmensos corbatines de papel, entapeté todo, puse cojines y hasta una lámpara. Ella se subió y su familia fue caminando detrás como en una procesión. Cada dos cuadras nos encontrábamos a un amigo mío con una guitarra, se subía y le cantaba una canción que yo le había compuesto. Cinco amigos después, llegamos a la casa y ahí yo le canté una canción en la que le pedía que se casara conmigo otra vez. Ese fue el segundo matrimonio. En Bogotá fue la boda oficial. La ceremonia incluía un lavatorio de pies y manos y tres regalos al estilo de los reyes magos (un faro como guía, un polo a tierra y un espejo para cada uno). Al final, le puse una corona de flores, evocando la primera vez que nos casamos en el parque. Por último, firmamos los papeles oficiales, lo único que según la ley nos casaba. Nuestro cuarto matrimonio no llegó pues la cosa se acabó. Soy un tipo complejo, y cuando estoy componiendo todo es un caos. Colecciono bolsas de vomitar de los aviones, pues ahí es donde escribo mis canciones: ambas cosas son sacar de adentro hacia fuera. Siempre estoy haciendo algo, muchas cosas al tiempo, todas para las que me alcance el cerebro; como ensayar con mi nuevo grupo, Almaparlantes, y hacer escopetarras. Pero no salir, y Cristina sí tenía que estar yendo a eventos y cosas. Una vez, como ella me estaba molestando tanto porque nunca la sacaba a bailar, armé toda una discoteca adentro de mi camioneta. Cogí el carro y tapé las ventanas, eché para atrás las sillas y pegué afiches en las paredes, puse bola de espejos y bar con licores, y contraté a un conductor para que nos paseara por toda la ciudad.

Ya me casé otra vez, ahora con Luisa, con quien espero no seguir la saga.

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