Nunca me imaginé que esos dos mil pesitos que apostaba con Carolina cuando jugábamos al parqués, o la guayabita, los fines de semana en el apartamento, eran en realidad el inicio de la tragedia familiar que, veinte años después, me toca sufrir. Lo que yo veía como una inocente distracción, para mi esposa se fue convirtiendo paulatinamente en una necesidad compulsiva. Comenzó a jugar todos los días, hacía trampas con las cartas y cuando perdía (la mayoría de las veces) terminaba peleando conmigo. A veces nos daban las cuatro de la mañana y yo tenía que hacerme el loco y dejarla ganar para poder irnos a descansar.

Ese comportamiento anormal fue empeorando hasta que, hace cuatro años, mi esposa comenzó a frecuentar los casinos. Como iba con una amiga, yo estaba tranquilo y le decía: "Pilas, no juegues más de veinte mil pesos". Nuestra situación económica siempre fue cómoda gracias a los dos negocios de pastelería que atendíamos entre ambos. Las cuentas las manejaba mi esposa y ese fue el peor error que cometí en mi vida, porque la adicción al juego la llevó a incumplir totalmente sus obligaciones laborales para irse a apostar. Al principio lo hacía con la recaudación diaria, luego empezó a firmar cheques y a usar las tarjetas de crédito. Inventaba deudas y facturas de proveedores y falsificaba mi firma, pero lo más doloroso es que llegó al extremo de tener amenazados a mis tres hijos para que mintieran por ella. Cuando yo llamaba por la noche preguntando por su mamá, ellos me decían que había salido un momento pero en realidad estaba en el casino gastando el dinero de la familia.

Sus ausencias cada vez más notorias me llevaron a pensar que en realidad tenía un amante, pero Carolina me lo negaba. Estaba nerviosa, irascible con todo el mundo, casi no podía dormir y se aislaba cada vez más de los niños y de mí. En realidad lo hacía para evitar mis preguntas sobre el dinero que desaparecía sin motivos lógicos. La desesperación me llevó a reunirme con el contador para cerrar los negocios, pero él me decía que los gastos desmedidos se originaban en casa.

Hace dos años, cuando mi esposa se sintió estrangulada en la parte financiera, decidió contarme la verdad. Me entregó una carta en la que explicaba que había perdido mucho dinero en los casinos y empezó a darme cifras, deudas que superaban los treinta millones de pesos. Mi reacción fue de mucha rabia. Yo me entregué a ella totalmente y me engañó, pero a pedido de mis hijos, decidí darle una segunda oportunidad afrontando toda su deuda. Los adictos manipulan muy bien. Ella lloró mucho, pidió disculpas y prometió no volver a jugar. No podía seguirla a los casinos porque hubiera perdido mi independencia y mi libertad. Si quería irse con su otro marido, el juego, ¡que lo hiciera!

Y, lamentablemente, lo hizo. En abril pasado me vino con otra carta. "¡No fregués, Carolina, 15 millones más!". El dinero que estaba destinado a pagar la deuda anterior lo usó para seguir apostando. Incluso me confesó que le había robado a nuestra hija una plata que le mandaron de regalo por su grado. Había tocado fondo y necesitaba ayuda profesional. Recurrimos a una fundación donde está controlada por psicólogos y no maneja dinero, ni un peso, nada. Recién ahora me doy cuenta de que me casé con una adicta al juego. Mis sentimientos hacia ella cambiaron, ahora la veo como una amiga a quien debo ayudar, pero no como mi esposa. Compartimos el mismo techo pero ya no hay un permiso de mi mente para volver a estar con ella. La confianza se acabó. Ahora escondo el dinero y las tarjetas de crédito en lugares estratégicos de la casa. Mi vida cambió por completo. Pienso todos los días en lo que me hizo, en el engaño, y eso es muy duro. Me despierto a las cinco de la mañana preguntándome cuánta plata se habrá gastado, Dios mío… ¿Y si hipotecó la casa?

Tengo rabia e indignación, pero también soy consciente de que debo luchar para recuperarla como persona y como madre de mis hijos.

Si bien no soy muy creyente, me acerqué a la Iglesia y ahora, todos los martes, rezo una novena por ella. Carolina comenzó a sospechar y un día me dijo: "¿Usted tiene otra vieja?". "Sí", le respondí. "Se llama Marta y quiero que la conozcas. Es la virgen de los casos imposibles".

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