Vivir con mi esposa es maravilloso. Como buena colombiana, ella es una mujer bella e inteligente, pero todo tiene su pero. El de ella es solo uno. Su trabajo. Se la pasa horas en un cuarto donde no entra ni la luz natural y el aire no huele a nada. Allí, su atención está dirigida a unos millones de seres invisibles que salen del cuerpo y que, aunque ignoraramos, nunca dejan de asediarnos. Esa es su pasión y, quizá, donde empieza mi pequeña tragedia.

Ella recoge, guarda, saca, toca, huele, chupa y ve a través de un microscopio lo que nadie quiere recoger, guardar, sacar, tocar, oler, chupar o ver. En fin, lo que todos se preocupan por tener lejos, limpiar o desechar. Seguramente lo han adivinado. No, su trabajo no tiene que ver con basuras, funerales, animales ni con el ambiente. Al contrario, tiene relación con lo que producimos todos, pero que a unos pocos se les ha ocurrido cobrar por ello. ¿Ya adivinaron? Su objeto de trabajo son la sangre, los mocos, la orina, las bacterias. La caca. Sí, materias fecales y cualquier secreción corporal humana sujeta a análisis y examen.

Su trabajo ha puesto un límite tenue y oloroso a nuestra relación. Sobre todo cuando opera en casa como lo hace en el trabajo. Sus labores en el laboratorio le han desarrollado una sensibilidad a toda prueba, odiosa a veces y terrible siempre. Su nariz lo huele todo, incluso antes de que lo haga la nariz de Mateo, nuestro perro. El olfato de mi esposa es más sensible que el suyo y huele las cosas antes de que sucedan. Por ejemplo, los pedos. ¡Qué problema! Durante las tensiones de los partidos de fútbol, es inevitable dejar escapar uno de esos glúteos suspiros. A veces es mío el desliz, pero muchas otras es mi perro quien suspira en las novelas, en Factor X y hasta en los noticieros. Ahí sí falla su olfato y no distingue entre el pedo humano y el perruno. Como ven, esto hace sumamente difícil para mí ver televisión acompañado. Pero no tan difícil como lo fue para Mateo, que por cochino lo empezaron a bañar tan seguido que le dio carranchín.

Ahí no termina todo. Desde que entra a casa, su olfato está alerta. Husmea y dice: huele a podrido, a viejo, a feo, a pecueca, a basura, a rancio, a porqueriza… Pero para cualquier nariz mundana nuestra casa huele bien. Su nariz la lleva siempre a encontrar la comida pasada en el horno, el cunchito de leche en el computador o el trapeador sucio. Nuestro trapeador es más blanco que la leche. Es el más limpio del mundo, no huele a nada o, mejor dicho, huele al único glorioso olor que se permite en mi casa o en cualquier laboratorio: el hipoclorito. A límpido, el producto del "pajarito amarillo" . En casa hasta la empleada huele a límpido. Por algo gastamos un frasco por semana. De hecho, cuando hacemos mercado nos gastamos más plata en jabones que en comida. Ya hasta domino el tema de los jabones y soy capaz de distinguir entre ocho tipos distintos y para qué sirve cada uno.

Ella hace lavar la ropa todos los benditos días. Cuando llego de jugar fútbol tengo que entrar a la casa a escondidas, porque para ella la transpiración también huele feo. Siempre me deja un platón con jabón en el patio para que yo eche allí la ropa sudada, e inmediatamente debo ir a bañarme. Pero en el baño no es que mejoren las cosas. Si pudieran ver el jabón de la ducha pensarían que nadie se baña en mi casa. A veces creo que ella se baña primero y después lava el jabón. Y ay de que encuentre un pelo: ¡se arma un escándalo! Por eso cuando debo afeitarme lo hago como si fuera un ritual: poniendo atención que todo quede muy limpio y haciendo que hasta el último pelito se vaya por el desagüe del lavamanos. Para efectos de higiene, mi mujer tiene, entre muchas otras reglas, que tanto nuestras hijas como yo tengamos cada uno nuestro kit de limpieza personal e intransferible con tijeras y cortaúñas propios.

Cuando alguien tiene que entrar al baño la metodología se va complicando. Después de soltar el agua del inodoro hay que dejarlo cerrado para que el olor no se salga y se evapore por el respiradero. Pero aun así hay algo que todavía no entiendo. ¿Cómo es posible que una mujer que lleva quince años trabajando con 700 muestras diarias de desechos fisiológicos, que empezó en el área de orinas como prueba de fuego para su carrera, que en el área de mocos se dio cuenta de que las expectoraciones líquidas son lo más repugnante y que en el área coprológica haya aprendido que el color marrón sea el color de la mierda sana, le den náuseas cada vez que yo hago un sonido de ultratumba acompañado de una mueca vomitiva? De todas formas, si de algo debo estar agradecido con mi esposa es de que hasta el día de hoy no se le ha ocurrido llevar su trabajo a casa.

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