Jeny tenía muchas pañoletas: rojas, amarillas, verdes y una negra con visos rojos que usó en el entierro de mi abuelo Otto cuando ya estábamos casados y había vuelto a recaer. Esta, de un color azul profundo, era una de sus preferidas. No sé si se la regalé en el mercado de las pulgas. Allá le compraba anillos y ella me regalaba candongas de plata. Recuerdo que cuando la conocí no noté que su pelo largo castaño no fuera suyo. Se veía bien, muy bien. Me impactaron su carácter y alegría. No se hacía problemas. Tomaba, salía los miércoles de rumba a bailar lo que fuera. Recuerdo un concierto en Rock al Parque. Llovía duro, y pogueábamos embarrados como en Woodstock. A las dos semanas, nos fuimos a la finca. Nos prendimos, pero no me contó nada. Volvimos y por la tarde me dijo por teléfono: "Me vas a ver distinta y no vas a querer estar conmigo". Fui a verla y tenía el pelo cortitico. "Antes tenía peluca", me dijo. Pensé que era uno más de sus toques alternativos. "¿No sabes lo que tengo?". Me mostró las marcas de las inyecciones de la quimioterapia. La abracé y ahí la relación se hizo muy fuerte. .

Fueron seis meses espectaculares, pero un día empezó a sentirse mal. Recuerdo su cara cuando recibimos los resultados de la biopsia. Era como un castillo de arena que se derrumba. Se le opacaron los ojos y se le salieron las lágrimas. A los pocos días fue el terremoto del eje cafetero. Sentimos el remezón en el piso doce del hospital y no podíamos creer lo que pasaba: helicópteros, heridos, escombros... Jeny volvió a perder el pelo con la radioterapia y la quimioterapia. Como le quedaban motas, la rapé y debió volver a usar sus pañoletas multicolores. Me adelgacé por el estrés y, aunque ella me movía y daba fortaleza, por poco pierdo el semestre.

Conseguí mi primer trabajo y decidimos casarnos. A mis papás les di la noticia tres días antes de hacerlo. Ya habíamos tenido showers y todo, pero no les había contado pues habíamos tenido una pelea y apenas dormía en la casa. Al principio no me creyeron, luego sintieron una mezcla de impotencia y rabia. Nos casamos en la iglesia de la 100, al lado del World Trade Center. Ella de blanco y yo con sacoleva. Hubo una fiesta con familiares y amigos en la casa y no hubo luna de miel, pero nos fuimos una semana a un apartamento en La Candelaria, pues sabíamos que íbamos a vivir en la casa de los papás de ella, donde no habría mucha intimidad.

Allá estuvimos un año. Ella siguió yendo a la universidad, donde dejó una huella inmensa y la condecoraron. Empezó a pintar en madera adornos navideños para vender con el papá. Yo conseguí un trabajo en un cultivo de flores, ascendí pronto, pero apenas me ganaba lo suficiente para vivir ($1.600.000). La vida era una mierda. No la veía casi y cuando lo hacía la veía sufrir. De seis de la mañana a cuatro de la mañana iba al cultivo, manejaba a cincuenta personas, hacía ramos, cargaba cajas, cuadraba empaques e iba al aeropuerto a despachar cargamentos. Mientras tanto, Jeny seguía yendo a quimioterapias, radioterapias y se hacía exámenes. Sufría más despierta que dormida, había momentos en los que la menstruación no le paraba y debíamos ir al hospital para que yo le donara sangre y no se desangrara. Lo último que se hizo fue un transplante de médula y ya, entre cansada y molesta, un día le dijo al médico: no más. Decidió enfrentar el futuro sin hacerse más. Lo que pasara. Que fueran seis meses, un año, unos días...

Conseguí un trabajo normal y ya podía consentirla al llegar, rascarle las ronchas que la enloquecían todo el día, cocinar, ver televisión, ir a comer helado de vainilla, hacer mercado, comprar Red Bull para que no se cansara tanto y vivir nuestra vida íntima como cualquier pareja recién casada. "Quiero raviolis". Yo se los hacía. Se comía solo tres pero me sentía bien. Fueron dos meses felices sin pensar en la muerte, sin llorar y viendo cómo le salía el pelo de nuevo.

El último día se levantó más animada. Quería comer, salir de la cama y bañarse. A las dos de la tarde me pidieron que me fuera. Me imaginé lo peor. Cogí la primera flota que vi y sentí que no andaba, que nunca iba a llegar. Llegué a la casa, todos estaban ahí y me descontrolé por primera vez. Hablé con ella. Le dije cuánto la quería y le pedí que fuera fuerte en lo que fuera a pasar. Trató de luchar, pero a las nueve de la noche vino el golpe que nunca esperé recibir. Salí del cuarto, entraron los paramédicos y al regresar me dijeron: "Se acaba de ir, no la mires que te va a dar muy duro". Cuando yo estaba, ella luchaba más. Creo que quería que yo no la viera morir.

No le quiero meter religión ni sentimentalismo a esto, pero sé que su alma está con las personas que quiso. De Jeny llevo lo que aprendí a su lado (vivir con berraquera y pasión), una cadena de plata que me dio poco antes de casarnos que nunca me quitaré, un tatuaje que nos hicimos los dos, una carta y una foto que nos tomamos en el Foto Japón de Unicentro cuando éramos novios y que está muy vuelta mierda de tanto tenerla en el bolsillo de atrás del pantalón.

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